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Hablando de primarias

Las primarias son un buen procedimiento si se entienden desde la perspectiva de democratización y dinamización de la vida interna de los partidos. Pierden todo su sentido si resultan ser un instrumento para la batalla orgánica, si no se acepta el resultado final o si acaban generando una ruptura entre vencedores y vencidos.

En 1998, el PSOE revolucionaba la democracia interna de los partidos celebrando primarias para la elección del candidato a las elecciones generales, candidaturas autonómicas y alcaldías de las principales ciudades. Aquel fue un hito en el que por primera vez la militancia de un partido político participaba de forma directa en la elección de las personas que debían liderar estas candidaturas. Un procedimiento de elección que, además, permitía el acercamiento de la organización a la sociedad dotándolo de una mayor legitimidad, despertando un gran interés tanto dentro como fuera del partido.

Las primarias como método de elección en el PSOE han evolucionado hasta ser incorporado como procedimiento también en el caso de dirigentes orgánicos, dejando de ser exclusivas para la elección de los carteles electorales. Una evolución de gran calado con la intención de democratizar la organización. El PSPV dio un paso más en el año 2014 celebrando elecciones primarias abiertas a la sociedad para la elección del cartel autonómico, posibilitando que personas sin carné del partido pudieran participar en estas elecciones, hasta ese momento limitadas exclusivamente al ámbito interno. De lo que no cabe duda es de que ha sido el PSOE quien ha abanderado este procedimiento democratizador de los partidos políticos.

Más de veinte años después desde aquellas primarias Borrell-Almunia, el PP está a punto de celebrar elecciones internas mediante voto directo de toda la militancia, en este caso para la elección de la persona que debe presidir la organización, aunque lo más probable es que la persona elegida acabe coincidiendo con el futuro cartel electoral. Llama la atención la baja participación que, al parecer, ha suscitado entre la militancia popular estas elecciones: la cifra de personas inscritas para votar se establece en torno a un 8 % de la totalidad del censo de militantes. Una cifra bajísima que hace pensar en varios elementos para tan escasa participación. Por un lado la poca democracia interna que ha venido caracterizando a este partido -recordemos que Manuel Fraga designó a José María Aznar tras el liderazgo fallido de Antonio Hernández Mancha, o como el mismo Aznar designó a Mariano Rajoy heredero de su legado. De otro lado, el posible hecho de que una buena parte de las personas inscritas en el censo sean falsos militantes, es decir, personas que están apuntadas al partido pero que ni participan ni, probablemente, paguen la cuota de afiliación. En cualquier caso, y a pesar de la poquísima participación, el hecho de celebrar elecciones primarias ya es un punto de inflexión importante.

Las primarias son un buen procedimiento si se entienden desde la perspectiva de democratización y dinamización de la vida interna de los partidos. Pierden todo su sentido si resultan ser un instrumento para la batalla orgánica, si no se acepta el resultado final o si acaban generando una ruptura entre vencedores y vencidos, en cuyo caso pueden acabar pasando de la legitimación social al descrédito.

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