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¿Y si perdonamos ya a Woody Allen?

Se publica en español el texto de Moses Allen en el que relata los maltratos de Mia Farrow a sus hijos

Hace unos meses, la estatua de Woody Allen se salvó por los pelos del derribo. No la querían echar abajo por su escaso valor artístico, ni por considerar que el director carece de méritos para tener su figura esculpida en medio de Vetusta. Esas causas hubieran sido totalmente legítimas, pero no fueron las esgrimidas. El motivo era que Woody Allen se había convertido en símbolo del machismo internacional, en el enemigo número dos del #MeToo, tras el condenado Harvey Weinstein. No solo se le reprochaba que le gustaran las jovencitas, sino que, además, su mujer, Mia Farrow, le había acusado ante los tribunales -que por cierto lo absolvieron- de abusar de su hija Dylan, cuando tenía siete años. Es un vicio generalizado entre nosotros, los periodistas, ofrecer las acusaciones y pasar por alto las exculpaciones. Mientras la demanda contra Allen fue noticia de primera página, la defensa de su hijo Moses -testigo con 14 años de los pretendidos abusos- no mereció más que nimios ecos de sociedad. Es más, hemos tenido que esperar todo un mes para conocer el texto íntegro de Moses Allen Farrow en castellano. Daniel Gascón y Ricardo Dudda lo han traducido y lo han publicado en la revista minoritaria, pero muy prestigiosa, "Letras Libres". El texto no es exactamente una defensa encendida del padre, lo que podría entenderse en una familia tan caótica como esta. Nada de extraño tiene que los hijos, según sus intereses, tomen partido por el padre o por la madre. Lo extraordinario de la historia es la minuciosa descripción que hace de la infernal vida cotidiana en la casa familiar, la "disfunción fatal" del clan, en sus propias palabras. Los castigos de Mia Farrow a sus hijos eran de película de terror. Un niño parapléjico encerrado en un cobertizo. Un niño ciego y otro discapacitado arrastrados por las escaleras y enclaustrados en armarios cerrados por fuera. Golpes a Soon Yi (actual pareja de Allen) con todo tipo de objetos, desde el teléfono hasta un centro de mesa. La hermana Tam, que murió en extrañas circunstancias con solo 21 años, tras una discusión con su madre. El hermano Tadeus, que se pegó un tiro dentro de su coche, cerca de la casa de su madre. La hermana Lark, enferma de sida y muerta en la indigencia. Por no hablar de las tremendas palizas y vejaciones recibidas por el enclenque Moses. Por cierto, tras todas estas circunstancias nadie se ha planteado denunciar a Mia ni se ha cuestionado si estaba capacitada para la adopción, a la que tan aficionada se muestra. Estoy convencido que tras su crueldad se esconde un desequilibrio que se remonta a los abusos de su padre, el muy borrachín John Farrow, o su hermano, también John, aun encarcelado por abusar de menores. Déjenme recomendar a los periódicos que la próxima vez que hablen de la familia Allen-Farrow publiquen un árbol genealógico. Sería de gran ayuda. Aclara Moses que todo cambió cuando Woody Allen comenzó su relación con la hija de Mia Soon Yi. Y defiende a capa y espada a la pareja desmintiendo la oleada de rumores: no es hija, ni hijastra, ni adoptada, del director; no tenía problemas de madurez y entendimiento mental (incluso aprobó un máster por la universidad de Columbia); y no era menor de edad cuando empezaron a salir. Somos una sociedad de alimañas agazapada a la espera de que el vecino cometa un error, o parezca haberlo cometido, que da lo mismo. Somos de los de primero disparar y luego preguntar. Seguro que encontramos razones para tirar todas las estatuas de Oviedo, hasta la de la inocente Mafalda, porque a nosotros no se nos escapa ni una. Pero vamos a tranquilizarnos un poco, vamos a ver las cosas con un poco de frialdad, de distancia, porque una vez que hemos echado a alguien a la hoguera ya no podemos recuperar más que sus cenizas. Woody Allen no tiene necesidad de que nadie le defienda. Probablemente ni se lo merezca; y además ya se defiende él solo. Pero hay que tener muy presente que si hoy le pasa esto a él, mañana nos puede pasar perfectamente a usted o a mí.

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