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Las primarias las carga el diablo

El PP puede salir reforzado de este envite, pero también pueden darse las primeras condiciones internas para que una paulatina desunión agoste lo que fue su mayor acierto del mismo desde la transición: unir bajo unas mismas siglas a toda la diáspora del centroderecha español.

Porque el Príncipe de este mundo sabe, precisamente por viejo y por diablo, que cualquier cosa puede pasar cuando a la gente se le permite votar por unos o por otros en un partido político. Son los idus de cualquier mes de la precaria democracia interna de nuestras formaciones políticas, de algunas, como el caso del PP, más que de otras que ya llevan años acostumbradas a las sorpresas, mirlos blancos, urracas más negras que el carbón y espontáneos con los que nadie contaba pero allí estaban agazapados esperando su turno y enarbolando banderas que parecían de nadie.

Yo no sé naturalmente quién ganará esta primera batalla en el PP nacional. Ni en el autonómico. Luego quedan los compromisarios, que todo pueden alterarlo de cara al final del congreso de donde deberá salir el sucesor o la sucesora de Mariano Rajoy. Suerte a todos en la plaza. Yo no voto, no milito hace años, con lo cual veo la patulea desde el puente, aunque no desde la indiferencia.

Algo diré, no obstante. He oído muchas cosas estos días de presunta campaña electoral entre los candidatos a presidir el centroderecha español. Algunas mejores, otras no tanto. Pero lo que más me ha llamado la atención es lo que no he oído. Tal vez porque mi condición de exiliado del partido y outsider por vocación y trayectoria herética así lo permitían.

Uno esperaba alguna, no muchas pero sí algunas, razones sobre el porvenir de España. Es decir, qué tenía que decir a los españoles, y por ende a los valencianos, el Partido Popular, amén de yo soy mejor, tengo más experiencia, he sido tal, he puesto la cara, yo estaba en el gobierno, mi candidatura integra a todos los que sean todos para dejarse integrar y además soy joven y sin presuntas cargas, contaremos algo con los militantes, retomaremos las esencias del partido, volveremos al sentido profundo de las siglas, no volveremos a él, yo soy capaz y única para ganarle a Sánchez en unas generales... Todo eso está muy bien y forma parte de la liturgia de unas primarias.

Pero, ¿y nuestro país? ¿Y nuestra comunidad? La verdad es que la única candidatura que ha querido, con mejor o peor fortuna, hablar de ello ha sido la de José Manuel García Margallo. Inflexible en torno a la financiación valenciana, corredor mediterráneo y visión de alcance respecto a qué hacer con la Constitución, proyección de grandes acuerdos de Estado para modernizar España y situarla en el horizonte de los próximos quince años.

Así lo he visto yo y así lo cuento. Probablemente tenga pocas o ninguna posibilidades de salir elegido, tampoco creo yo que se presentara exactamente para ello, pero al menos y teniendo en cuenta su situación y trayectoria deja poso. Ya es mucho en las procelosas aguas de la política por las que transcurrimos.

Nuestros partidos tendrían que dejar a un lado la frivolidad. O ,al menos, si no lo desean, hacer volver a ver en aquel impecable blanco y negro de los 70 la magnífica serie de Narciso Ibáñez Serrador del mismo título: ´Historias de la frivolidad´, que tanto furor causó en la pacata España del momento.

Pero tienen obligaciones mayores: ayudar a concurrir en la formación de la opinión pública y orientarla, educarla, y hacerla mejor, a la vez que encauzarla de forma institucionalizada como lo son todas las libertades en democracia.

A ello se muestran particularmente más reacios porque hace mucho que nuestros partidos, los viejos, los nuevos, los novísimos y los de nueva planta se han convertido en maquinarias o agencias de colocación de propios, deudos, deudores, propios, extraños y hasta de un señor de negro que estaba en la acera de enfrente pero que al enterarse de que por la otra pasaba el candidato ganador infló la fila de los que ya gritaban para ayudarle en su nueva y encomiable labor.

Y claro, así no vamos ni iremos muy lejos. Sea quien sea la persona elegida para reconducir la nave, en este caso del PP. Y cuidado, no es baladí. Porque lo mismo que el poder cementa los afectos, las conductas, encauza los odios, las inquinas y ensambla los intereses, la oposición los desgasta, esquirla y finaliza por hundir los líquenes con los que los goznes partidarios se mantenían unidos.

Giulio Andreotti, el Demonio a fuer de democristiano, lo sabía bien cuando afirmó que el gobierno desgasta, pero la oposición mucho más. El centroderecha español puede salir reforzado de este envite, pero también pueden darse las primeras condiciones internas para que una paulatina desunión agoste lo que fue el mayor acierto del mismo, me refiero al PP, desde la transición: unir bajo unas mismas siglas a toda la diáspora democristiana, conservadora, liberal y transeúnte bajo el paraguas del centroderecha nacional.

Necesitamos políticos que crean en España. Y que lo demuestren con hechos.

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