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Memoria

Tuve el privilegio de compartir lazos familiares con uno de los supervivientes de una de las cárceles a las que fueron a parar miles de represaliados de la Guerra Civil. Allí, según me contó, se hacinaban por centenares, durmiendo entre letrinas y con el miedo metido en las entrañas cada noche en que había sacas. Una de sus camisas debió acabar agujereada y sepultada envolviendo el cuerpo de un compañero de presidio que no volvió del paseo y que se la había pedido prestada. Sobrevivir cuando se entra en esta clase de rifas macabras puede parecer una fortuna, pero no es difícil imaginar que todos cuantos salieron de aquel infierno por su propio pie y continuaron con sus vidas debieron incorporar de alguna forma y para siempre cierto aliento de esas otras vidas que no pudieron ser completadas. Él había de llevar la suya hasta una edad avanzada y aún en esos últimos años, y con paz de espíritu pero con las ideas inalteradas, recordaba con claridad los detalles de aquél tiempo de desasosiego, en que con frecuencia la justicia se resolvía con un tiro frente a una tapia o en un arcén.

La memoria persiste, aunque nos empeñemos en socavarla, en enterrarla de cualquier modo como un desecho, sepultada en un hoyo una maraña de cuerpos violentados, inertes como muñecos de trapo, que hasta unas horas antes de ser asesinados tenían un hogar y seres a los que amaban y cuidaban y hacían crecer como solo se saber hacer cuando se quiere a alguien. Cómo no iban a pretender al cabo de los años, estos seres amados que les sobrevivieron, elegir su propia forma de duelo, dar al alma ese consuelo de que la muerte de sus familiares fue injustamente real. Mi abuela conoció a su padre brevemente, porque fue uno de los muchos que todavía hoy continúan desaparecidos. Se lo llevaron de la casa de noche junto con otros y nunca más se supo, nos decía. En el pueblo corrió la voz de que los habían ejecutado junto a las vías del tren, que siempre parece un lugar metafórico para esta clase de vilezas, pero nadie los buscó porque hasta esos estragos íntimos causaba la represión atroz. Ella, que era una niña, creció sin su compañía y cuando se hizo muy vieja aún conservaba en su interior clavada la espina de no saber adónde habían ido a parar sus restos. Hasta el final de su vida se ilusionó con la idea de que pudieran aparecer en alguna de las excavaciones que ahora se están llevando a cabo o se proyectan para sacar a la luz el testimonio de esos crímenes. Murió sin descubrirlo y pienso a menudo en eso.

El pasado, cuando no puede cerrarse como debe, sigue removiéndose como un manantial que desea brotar entre las rocas. Hay un silencio de ocho décadas en la superficie y una verdad que se revuelve en cada una de las fosas, como dos placas tectónicas condenadas a replegarse la una sobre la otra y a formar un costurón impenetrable. Pero también hay ahora una férrea voluntad de culminar un fragmento de nuestra historia que todavía duele porque ha costado mucho reivindicar algo tan sencillo en apariencia como el derecho a recordar colectivamente, y no solo en silencio como tuvieron que hacerlo todas aquellas personas a quienes, de repente un día, se les arrancaba de los brazos a un padre, una madre, unos hijos, el hermano o hermana, un tío y no les dejaban volver a saber de ellos jamás, bajo la amenaza de correr la misma suerte.

No es posible que imaginemos un horror tan vergonzoso hoy aquí, en nuestro entorno más cercano, aunque podemos verlo, con solo querer mirar, en otros lugares del mundo donde la gente vive oprimida y es masacrada por tiranos y genocidas, en regiones del planeta de las que las personas huyen exponiéndose a riesgos que calculan menores que el de quedarse, como hicieron también aquí algunos antepasados nuestros. Por eso es por lo que quienes ahora vivimos en libertad tenemos que defender y exigir que nunca más nos gobierne ese tipo de miedo, el que va cercenando los derechos y dilata las fronteras de los deberes para borrar voluntades. Por eso es bueno que se derriben monumentos consagrados a ese terror y que se escarbe tierra adentro para devolver a los despojos su nombre y su condición humana, y para que la memoria florezca y recupere su propia voz sin más temor. Hay que hacerlo porque no es ya una cuestión de vengar a los muertos sino que se trata de restituir a la historia su dignidad y con eso, también, el derecho al recuerdo colectivo, ese que llamamos memoria.

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