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El enigma Trump

Cuando ha pasado algo más de año y medio desde su sorprendente victoria electoral, se puede hacer un primer balance de la gestión del actual ocupante de la Casa Blanca, el controvertido Donald Trump. Y, pese a su fama de poca fiabilidad y previsibilidad, puede afirmarse que está aplicando buena parte de lo que prometió (si nos centramos en el exterior): poner patas arriba el orden creado en 1945, bajo liderazgo estadounidense.

Precisamente, lo que está en retroceso es ese mismo liderazgo. Trump actúa como un neoaislacionista («America first»), despreciando y, si puede, rompiendo cualquier clase de acuerdo multilateral en el que esté implicado EE UU (sea la lucha contra el cambio climático o el trabajoso pacto nuclear con Irán, impulsado por su antecesor, Barack Obama).

También aplica (con vaivenes, pero con un objetivo claro) su programa económico proteccionista, dispuesto a combatir la «invasión de productos chinos y de coches alemanes» con elevados aranceles, obviando los riesgos que puedan derivarse para la buena marcha del comercio mundial (o, incluso, para los mismos productores estadounidenses, que también se pueden ver perjudicados por las represalias que ejerzan los países dañados por los aranceles norteamericanos).

Desde el punto de vista de las élites políticas, económicas y mediáticas europeas (o de las costas este u oeste de Estados Unidos) todo ello puede ser absurdo, pero Trump responde a la lógica de quienes le votaron (su popularidad actual es del 42 %, no muy lejos del 46 % que le dio la victoria en 2016) y la única incógnita reside en saber si una recesión le impedirá repetir triunfo en 2020. En caso contrario, el cambio de 180 grados impulsado por Trump puede ser duradero.

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