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Meditación de la criolla

A partir de una obra de Ortega y Gasset

Quien empiece a leerme y sea seguidor de Ortega y Gasset estará pensando en la caradura que tiene el despachado autor de este artículo robándole a don José el título de unas conferencias radiofónicas que dio en Buenos Aires a finales de los años treinta del pasado siglo.

Y que, en efecto, se dedicaron durante tres noches consecutivas a meditar sobre la criolla.

Ahora, cuando proliferan másteres y todo tipo de cursos-camelo plenos de charlatanes que venden el humo de su pedantería, nadie ha tenido la idea de obligar a docentes y discentes a leer un par de páginas cada día escritas por el citado pensador español. Solo para aprender a razonar y a escribir. ¿Qué tal si, antes de empezar un máster en Business Intelligence y Management y perecer entre doctrinas enflautadas y un magma de afectación, nos leemos por ejemplo la "Meditación de la criolla"?

Para saber por ejemplo que en la criolla, superlativo de la mujer, "hay siempre algo de corza, para ventura de ella, para derrota nuestra, una corza que se estremece maravillosamente sobre sus finos cabos, vuelve desdeñosa la deleitable cabecita y parte veloz en fugitiva carrera". Ser criolla es como ser "mariscal de campo de la feminidad" al atesorar varias virtudes que Ortega desmenuza con lucimiento de lenguaje y una catarata de imágenes relucientes y afortunadas, auténtico fuego artístico avivado con los leños adustos del Diccionario.

Porque el malabarista de la palabra, así Ortega, selecciona los leños que la Academia ha puesto en orden los jueves con rutina gramatical y los convierte en caprichos, caricias, formas suaves... Puro ardid gustoso. Y es que de la gramática a la lengua hay la misma distancia que existe entre el sistema de notación y el sonido de la música en la sala de conciertos.

Pero volvamos a Ortega para decir que, para él, la criolla es vehemente porque "vive en constante y omnímodo lujo vital"; representa el grado máximo de la espontaneidad femenina, porque para ser criolla se necesita "ser un genio, la cima de lo femenino", emperatriz de la vida, una gran brisa; de otro lado, atesora toda la gracia en "su ser, en sus ademanes, posturas, expresiones, fervores y travesuras"; en fin, la criolla simboliza la molicie pues es muelle al gozar de un vigor elástico, "es muelle su cuerpo, lo son sus movimientos, es muelle su voz, hecha con el reposo y el silencio de las estancias y de los ranchos".

Meditemos: entre los géneros de la comunicación humana que estamos expulsando a base de dogmatismos, asperezas, conjuros progres y exageraciones variadas se halla el piropo que era un inocente proyectil relleno del plomo derretido de la galantería. Dicho de otra forma, la galantería enviada por telegrama.

Pues bien, como el telegrama, el piropo ha muerto y algún día alguien nos explicará a quién hacía daño cuando se formulaba con respeto y con ingenio. O cuando se era capaz de expresarlo de la forma suprema, vibrante, egregia y cantarina que Ortega empleó para meditar sobre una mujer, la criolla, que tan cachondo le ponía.

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