11 de julio de 2018
11.07.2018

La movilidad en València

11.07.2018 | 04:15
La movilidad en València

Los problemas de movilidad en la ciudad de València y sus repercusiones en toda el área metropolitana son, para muchos, nuestra principal asignatura pendiente. La política del equipo de gobierno municipal en esta materia muestra que, cada vez, la peatonalización y los carriles-bici van a tener más protagonismo en detrimento del coche particular. No entro a alabar, ni a criticar esa política, pero considero un error monumental que antes no se mejore de manera rotunda el transporte público. El panorama actual es un ejemplo clarísimo de empezar la casa por el tejado.
Mejorar el transporte público pasa, evidentemente, por una combinación de muchas medidas, pero el problema de más difícil solución es la reanudación de las obras de la T2 del metro, ahora rebautizada como Línea 10. Una obra en la que se lleva casi 200 millones de euros invertidos y que se calcula que puede acabar costando el doble, paralizada desde 2011, y a la que el Gobierno central no ha dedicado hasta la fecha ningún tipo de ayuda, al igual que para el resto del transporte metropolitano de Valencia. Es una vergüenza que tengamos que ver cómo sí que se subvenciona áreas menos pobladas como Sevilla, Málaga y otras, y a nosotros se nos ningunee de esta manera. Ahora, con fondos propios y otros procedentes de Europa, retomaremos las obras, pero habrá que seguir denunciando el agravio comparativo que, una vez más sufrimos los valencianos.

El problema no sólo lo padecen los tres cuartos de millón de habitantes de nuestra capital. Los habitantes de las pedanías y el millón de ciudadanos de la corona metropolitana lo tienen mucho peor. De casi nada les sirven los planes de peatonalización o transporte en bicicleta, pero sí sufren, y mucho, los inconvenientes de la reducción de carriles en las calles principales del centro de València. Así, por ejemplo, un residente en algunos barrios de Paterna tien hasta Llíria una frecuencia de paso de tren de 40 minutos, en pleno siglo XXI, y pagando el mismo precio de billete que los usuarios de líneas mucho más modernas y mejor dotadas, en pleno descontrol de la gestión de Metrovalencia.
Otro problema al que no se aportan soluciones es que apenas existen aparcamientos disuasorios junto a las escasas estaciones de tren en la periferia de la ciudad y líneas de autobús que conecten con el centro. La alternativa práctica y real al vehículo privado, para un habitante del cinturón metropolitano, es prácticamente inexistente.

La evidente reactivación económica de los dos últimos años ha provocado un importante aumento del tráfico en automóvil, en particular en las horas punta de entrada y salida de los más de cien parques empresariales de nuestra periferia, sin que nuestras autoridades hayan reforzado ni una sola de las líneas de transporte en tren y/o autobús vinculadas a estos desplazamientos. Ni tan siquiera se ha realizado algún mínimo refuerzo en horas punta.

Podría seguir con muchos otros ejemplos, pero concluyo insistiendo en que, sin un transporte público de calidad, bien gestionado, va a ser un desastre la política capitalina de movilidad, que ve al coche privado como un enemigo. Consigamos que el ciudadano restrinja al mínimo sus desplazamientos en coche, pero porque tiene alternativas públicas de calidad, y reivindiquemos todos juntos para València lo que muchos otros españoles ya tienen.

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