30 de julio de 2018
30.07.2018

Estorninos

31.07.2018 | 00:19
Estorninos

Las crisis de orientación provocan filosofía», dijo Hermann Lübbe, un pensador conservador alemán, allá por el año 1979. Otro notable pensador ya fallecido, Odo Marquard, hizo una glosa complementaria en la que aseguraba que «la crisis de la expectativa es la hora de la experiencia». Si ponemos estas dos sentencias juntas, quizá podamos marcar la diferencia entre aquel tiempo en el que no había caído el muro de Berlín, pero ya se presentía agotada la estabilidad de la guerra fría, y nuestro presente, que parece añorarla por doquier. Hoy estamos más inclinados a pensar que las crisis de orientación provocan desorientación. Más certero parece el comentario de Marquard. La expectativa es un estado alucinatorio. Sólo su crisis constituye una verdadera experiencia. Si intentamos sintetizar las dos frases, tenemos que la crisis de la expectativa es la experiencia de la desorientación. De la filosofía como respuesta a las exigencias de orientación, ¿quién se acuerda? La desorientación se ha instalado en nuestras vidas como experiencia estable. Todo lo que nos proponen como posible salida, no es creíble. Y todo lo que es creíble profundiza en nuestro descarrío.
Hay dimensiones de la vida humana que si se presentan en una cierta medida son productivas. Pero si se intensifican, siembran la desolación. El temor, por ejemplo, estimula la deliberación; pero si se intensifica en terror, entonces paraliza el ánimo, confunde la mente, petrifica la musculatura y bloquea toda capacidad de respuesta. La desorientación puede hacernos reflexionar, pero cuando se eleva a errancia, genera esa vida frenética que se parece al delirio y que confunde los estados de ánimo con las realidades macizas. Entonces no se siente la necesidad de orientación, sino solo la urgencia de separarse de los monstruos materializados desde nuestra mente. Esos fantasmas son nuestras certezas y entregamos el alma al diablo con tal de librarnos de esa pesadilla. Esa es la base de todos los populismos, y por eso todos ellos implican algo parecido a un pacto con el diablo. Una vez sellado, todo dependerá del tipo de diablo del que se trate.
La crisis de la expectativa de Europa se ha gestado durante décadas, pero tras comprobar que no emergen energías de orientación por parte alguna, vivimos en un estado de alarma y de excitación que constituye la índole más básica de nuestra experiencia, el tono básico de nuestro estado de ánimo. Durante siglos, la filosofía fue una técnica especializada en producir distancias. Para ello, mantenía a raya las fulgurantes irrupciones del terror, las fantasías tenebrosas, las pulsiones apocalípticas, los poderes de la imaginación. Generaba una posición excéntrica que obligaba a verse desde fuera, que contenía las pulsiones de respuesta inmediata. El fruto de esta técnica era el buen juicio, esa distancia entre nosotros y la realidad que ajusta la distancia de la mirada. Hoy disponemos de una materialización de la imaginación infinitamente más poderosa que las producciones más indisciplinadas de la fantasía, un soporte material que lleva la hiperestesia al límite de la histeria. Los medios de comunicación de régimen continuo, de concentración dramática, de alarma insomne, nos asaltan con un potencial extremo de realidades siniestras.
De esta naturaleza son las imágenes de los incendios al norte de Suecia y al sur de Grecia, un círculo infernal que jamás se había dado en Europa desde que tenemos noticias. Unos amigos míos pasan largas temporadas en Suecia por motivos familiares; me dicen que cuando pasean por el bosque sueco, identifican el olor del Mediterráneo, como cuando subíamos al Alt de la Creu, en la Cova Alta de Atzaneta. Las fotos que mi hija me manda de los pastizales de Bremen no son diferentes del secarral que veo cuando bajo por Ermita Nova hacia Godella. Estas transformaciones del hábitat disparan las inquietudes específicamente animales entre las poblaciones. Por supuesto, ese malestar se aloja en estratos inespecíficos de la conciencia, pero contribuye a intensificar un malestar cuyo significado último es la experiencia de una crisis en la expectativa de lograr la omnipotencia sobre la naturaleza.
Así son las escenas del Mediterráneo poblado de balsas de emigrantes hacia Europa. Lo que hace de estas imágenes el despuntar de algo siniestro es la intensificación de nuestra imaginación. Este síndrome se disparó en Europa cuando vimos aquellas columnas de cientos de miles de sirios que subieron Danubio arriba, hace dos años. Ahí se generó la impronta que magnifica el sentido del rosario de barcazas que llegan a nuestras costas. Toda barca se pone a la cola de aquellas columnas, forma continuidad con ellas, configura nuestra imaginación según ese modelo, y nos alarma. La forma en que esos fenómenos se vinculan a la vida política es mediante un concepto que ha arraigado: el de alarma social. Creo sinceramente que la proliferación de este fenómeno tiene que ver con la intensa vivencia actual de desorientación.
Quizá desde Nietzsche, la manera en que se intentó reconstruir alguna forma de orientación fue recuperar las funciones antropológicas básicas necesarias para la vida. En ellas se supone que residen las prestaciones fundamentales de la razón. Este es el motivo básico del éxito actual de la antropología. Queremos saber qué hicieron los hombres y mujeres de Atapuerca, cómo vivieron y sobrevivieron. Eso nos fascina. Pero apenas pensamos en que ahí se manifiesta nuestra exigencia de orientación. La ciencia y la filosofía buscan esas dimensiones básicas aproximando las características de la especie humana a las especies animales. Así fue como Freud pensó que nuestros ancestros fueron una horda con macho alfa que sigue anidando en el inconsciente; o como Weber buscó el carisma del líder en el jefe de las manadas de lobos; o como Canetti identificó las formas de las masas totalitarias en las mutaciones de pánico, de caza o de defensa de los grupos animales. Nunca hemos estado más de espaldas a la naturaleza, pero nunca nos hemos visto más como seres naturalizados, que subliman desde nuestro antropocentrismo incurable formas de comportamiento animal.
Desde la fábula de las abejas de Mandeville y, mucho antes, desde los paralelismos fabulosos de la Historia Natural de Plinio, para comprender la vida social nos orientamos mediante comparaciones con la vida animal. Pero ahora, este aspecto siniestro y amenazante que presenta la realidad telúrica y social, con sus cambios y sus migraciones masivas, nos sorprende sin técnicas de producción de distancia. Ni las élites ni las instituciones ven a lo lejos ni son creíbles como estructuras de orientación. Sin filosofía de ningún tipo, vivimos como si sobre nosotros se cerniera un peligro inminente, cuya faz se refracta en mil amenazas cotidianas concretas. Así crece la perspectiva de estar dominados a distancia por un enemigo sin nombre que nos envuelve. No sabemos en qué consistirá la tragedia, pero presentimos que puede emerger en cualquier instante.
Dicen que los estorninos, una vez que han recuperado fuerzas, para emprender el vuelo se unen entre sí tanto como pueden. Sin duda temen que pueda irrumpir un depredador ignoto. Su defensa consiste en estar tan cerca, que ningún cazador pueda herir a nadie. Cada estornino tiene que estar pendiente solo del compañero que tiene a su lado y hacer exactamente lo que él hace. Por supuesto, esta capacidad de mímesis es prodigiosa, pues implica algo más automático que las decisiones y que el juicio. En realidad es mímesis en estado puro, capacidad de ocupar el espacio que el otro ocupa y hacerlo a una velocidad de vértigo. Es así como configuran estas formaciones de masa que nos admiran, capaces de cambiar de rumbo de forma instantánea sin perder la cohesión, y forjar esa armadura viva sin otro cemento que la mímesis. Lo más llamativo de todo es que el primer estornino carece por completo de capacidad de orientación. Así tienden a comportarse ahora nuestras poblaciones. Los Trump, los Salvini, los Le Pen, son los impostores que siempre llegan detrás.

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