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Alfons Garcia

Operación masacre

A mí me gustaría escribir de Rodolfo Walsh y Operación masacre, un clásico de la literatura hispanoamericana poco conocido en España, de difícil alcance durante años y que ahora, por fin, acaba de ser reeditado (Libros del Asteroide). Una precuela desdentada y punzante del nuevo periodismo antes de los Capote, Wolfe y demás exquisitos americanos (del Norte del Misisipi).

Si yo fuera un periodista de raza (expresión que imagino hoy debe estar prohibida en las escuelas de comunicación por xenófoba), como Walsh, que murió con un revólver al cinto mirando a los ojos a los pistoleros de la dictadura militar argentina, escribiría de temas trascendentales. Escribiría de la tragedia del Museo Nacional de Brasil, del genocidio de los rohinyá, de la caza de brujas de Trump al traidor anónimo o de los indecorosos negocios de Tony Blair (por algo Rafael Blasco lo tenía en un altar) y sus reuniones con el radical Salvini para mantener el bolsillo bien lleno. Por poner ejemplos de algunos asuntos enjundiosos de verdad.

Como no paso de periodista mestizo baqueteado en distintas secciones, no puedo dejar de hablar del adelanto electoral (hipotético) que está en todas las conversaciones políticas valencianas. Ese asunto que todos aquellos a los que nos les viene bien descalifican como serpiente de verano (la nuestra está a punto de mudar de piel y desestacionarse) y los que desearían que se produjese pintan de debate sugerente e inevitable.

Mes y medio después de que el melón se abriera, el mapa de posiciones es claro: la dirección del PSPV está dividida, la de Compromís está radicalmente en contra y lo mismo la de Podemos, la del PP está encantada con la posibilidad y la de Ciudadanos dice que hagan lo que quieran porque a ellos no los van a coger descalzos aunque no tengan rostro aún para el cartel. Todos desbrozan argumentos muy aparentes (unos, la estabilidad del Botànic y la necesidad de finalizar proyectos en marcha; otros, la visualización de la fractura total del pacto de los progresistas), pero ninguno verbaliza si la jugada les interesa electoral u orgánicamente, un elemento que deberían admitir que, como mínimo, les importa tanto como las razones ideológicas que puedan incluir en sus argumentarios.

Así es la política en las tranquilas orillas de Occidente, y tampoco está tan mal si se compara con la que tuvo que vivir Rodolfo Walsh. El periodista y escritor argentino destapó un escándalo de sangre y fuego protagonizado por las fuerzas de las que hasta ese momento se sentía más cerca y ya no pudo parar de hacer la revolución.

Mes y medio después de dar cuerda al juguete, sigo pensando que el president, Ximo Puig, continuará sacando brillo al botón de la disolución de las Corts, pero no acabará accionándolo mientras los socios mantengan las formas. Superada, más o menos, la última crisis de verano, la línea roja que puede amenazar la paz botánica es la elaboración de los presupuestos de 2019. Puig no es un héroe de película, pero puede ser un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de película, como el primer editor de Operación masacre, impresor de una humilde hoja gremial.

No obstante, todo pinta a que habrá que incluir un factor nuevo en la olla: la posible coincidencia de las elecciones valencianas con las generales. Pedro Sánchez ha dejado caer que adelantará comicios si no le aprueban los presupuestos generales de 2019 y, si miran el calendario del Gobierno, ese momento, más después de la última zancadilla de PP y Cs en el Congreso, se va a retrasar hasta posiblemente febrero del año próximo.

En los círculos de poder de Madrid ya se comenta una posible cuatrivotación el 26 de mayo: generales, europeas, autonómicas y municipales. Parece legal, aunque existen dudas. Si eso pasa, desde una óptica valenciana significa que Puig, Oltra, Bonig y quienes sean los demás pueden irse de vacaciones porque la apisonadora comunicativa española va a devorar todos los debates.

Si, como dice el jefe del Consell, es necesario que la C. Valenciana se singularice y se visibilice, ya hay otra razón para adelantar la llamada a las urnas. En todo caso, pase lo que pase, nadie va a soltar la calculadora electoral en lo que queda de legislatura. Una brújula tan respetable como cualquier otra, aunque los partidos prefieran manejarla en privado.

Si yo fuera Walsh, dejaría el ajedrez y los debates de salón, pero qué quieren, ya no tengo edad para engañar a nadie, empezando por uno mismo.

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