17 de septiembre de 2018
17.09.2018

¡Adiós, Merlín!

17.09.2018 | 20:23
¡Adiós, Merlín!

Los taxistas de Buenos Aires son como refinados académicos. Directos, discutidores, informados, rigurosos, invencibles en la discusión. Si la Universidad Rey Juan Carlos tiene que recomponer su claustro, haría bien en reclutar su plantilla en este caladero. Hasta Pablo Casado volvería a cursar de verdad un máster. Aprendería mucho. Son además divertidos, consumados actores y saben de fútbol más que todos los entrenadores españoles juntos. Es preciso recordar que mientras despliegan sus actividades intelectuales, van haciendo además su trabajo. Pero lo que de verdad les gusta es una buena conversación. Eso se ve en que, cuando se emocionan, dejan el volante y se lanzan con entusiasmo a argumentar. No hay experiencia intelectual tan intensa como un viaje con ellos en hora punta por la Circular de Buenos Aires.

El que me llevó a Ezeiza el jueves por la mañana era el colmo de la exactitud puntillosa. Cuando no tenía fresca una cifra (el precio del dinero en la última época de Cristina Fernández de Kichner, o el cambio del dólar la semana anterior a la devaluación), echaba mano a su teléfono móvil y le preguntaba. Una enciclopedia virtual le respondía con voz. Luego, aunque vaya a cien kilómetros por hora, se vuelve hacia ti y te lo muestra. Nada de hablar de oídas. Todo verificado, no como nuestros políticos. La última pregunta que le hizo al teléfono, qué valía en euros la pensión media de un jubilado tras la última devaluación, arrojó esta contestación: 177 euros. Cuando le pregunté cómo vivían, me dio esta respuesta con una objetividad weberiana: "Ahí, con los hijos, o se dejan morir".

Si alguien quiere saber lo que significa estar a merced de la especulación con la moneda, que vaya unos días a Buenos Aires en estas fechas. Antes de la crisis, el euro estaba a unos 20 pesos. Con la crisis, el peso valía la mitad. Yo compré unos pesos en las oficinas de Barajas. Me daban unos 40 pesos por cada euro. A mi regreso, tres días después, me sobraron unos pocos pesos. Pensé conservarlos de recuerdo, pero sentí curiosidad y los cambié, por tener esa experiencia. En la misma oficina, para comprar un euro, entonces ya necesité 66 pesos. Si el lector imagina que todo lo que tiene viniera expresado en pesos, de la noche a la mañana perdería dos tercios de su patrimonio. Mis colegas profesores de la Universidad de Buenos Aires, antes de las crisis, podían llegar a recibir un sueldo de unos 3000 euros al cambio. Ahora están en mil euros. Como me dijo el taxista: quien estuvo bien informado con antelación de la devaluación, pudo hacer una compra masiva de dólares. Si los convirtiera en pesos, ahora podría multiplicar por dos o por tres su fortuna.

Para evitar estas tentaciones, la inflación se dispara. De ese modo, el país no se pone en venta ante el que venga forrado de dólares. Tendrá más pesos pero también las cosas valdrán más, casi en la misma proporción. Por supuesto, quien paga el pato son los trabajadores y los pensionistas. Si el peso se devalúa al 50 % y los salarios suben al 20 %, el trabajador ha perdido el 30 % de su salario en un día. No se trata, por tanto, de pérdidas relativas respecto de otras monedas. Son pérdidas absolutas respecto del propio sistema económico. ¿Cómo no se va a contraer el consumo? ¿Y cómo no va a bajar el PIB? Y hundirse la recaudación. Y aumentar la deuda. El circulo infernal de la estagnación, palabra que ya aparece en los Anales de la Sociedad Rural Argentina (que por aquel entonces se editaba en la calle Belgrano), en el volumen 9 de 1875, en la página 350, en los números 133 y 135.

EL triunfo del neoliberalismo, que quiere hacer de nosotros expertos en economía, que fuerza a que evolucionemos desde el homo faber al homo economicus, es casi total en Argentina. En el tiempo en que las cadenas de televisión españolas están cuidando la hipertensión de los ancianos o informan de la accidentada vida de los famosos, en Argentina están enganchadas a disquisiciones económicas de rango elevado. Sin embargo, por las noches, en el momento de la melancolía, la serie que triunfa es Merlí, ahora en la plataforma Netflix. Que los platenses sean consolados por una serie que narra las aventuras de un profesor de filosofía catalán desahuciado, tiene algo de compensación y de destino. Ya me lo había confirmado alguno de mis colegas: Merlí es un éxito argentino. Por supuesto, el taxista me recitó algunos episodios de memoria. No quise decepcionarlo y fingí que los había visto.

Pero más allá de los asuntos económicos y después de maldecir unas cien veces a Macri, mi amigo el taxista hacía las preguntas adecuadas. "Este país parecía ir bien hasta 1930", dijo. Entonces pensaban que algún día llegarían a mirar a Estados Unidos cara a cara. ¿Qué nos pasó?, se preguntaba una y otra vez. ¿Qué destino nos tiene presos? ¿Cuándo se quebró? Así nos entregamos a disquisiciones históricas sobre la Década Infame, la emergencia del peronismo, un fenómeno necesario. No prometía la grandeza que alguna vez acarició Argentina, pero al menos se esforzaba en la sustitución de importaciones, la politización de las masas, en mejorar la redistribución, y no gobernar para cinco familias, como hace Macri.

Tras un silencio, le dije: "La causa es la economía de dependencia". Nadie debía olvidar que desde la Década Infame, la dependencia exterior siempre ha beneficiado a las oligarquías locales. Perón buscó un realineamiento de la política internacional, pero su propio sentido de la soberanía impidió una verdadera política capaz de configurar un bloque iberoamericano. Este ciclo de políticas dependientes al servicio de oligarquías, y de soberanismo aislado, no puede conducir más que a un eterno retorno. Como se ha visto, un país solo no puede permanecer al margen de estos bandazos. Y mientras la clave de la política esté determinada por la deuda, no habrá solución a la dependencia. La cuestión es cómo impulsar una política capaz de fomentar el crecimiento sin caer en los ciclos de deuda. Esa era la cuadratura del círculo.

Así que eché mano de la erudición. Cuando el valenciano Medina Echavarría publicó su último trabajo en el Boletín de la CEPAL, sobre el papel de América Latina tras el final de la Guerra Fría, dijo con toda claridad que sólo un gran espacio iberoamericano de economía, con instituciones sólidas e independientes de control, podría romper lo que ya entonces era una maldición cíclica. Hablamos de finales de los años sesenta. Eso es lo que más bien que mal ha conseguido Europa. Mi amigo el taxista, tras mis palabras sentenció: "Sin Europa, ustedes estarían como nosotros". "Es verdad -añadí yo- pero todavía algunos de mis paisanos quieren tener soberanía monetaria. Para que en un mal momento, como este de Macri, una decisión soberana nos haga perder de un plumazo la mitad de lo que tenemos". Ya sea por una devaluación fulminante, ya sea por decisiones previas, menos observadas, de emitir circulante sin control.

Al final coincidimos en que la única solución era aprender la manera en que Europa lo había conseguido. Todos queremos lo que promete el soberanismo. No depender de un lejano centro imperial financiero. Pero si algo quedó claro en la conversación es que la vieja soberanía del Estado ya no es suficiente para lograrlo. Se requiere otras formas de poder más complejas, y eso implica más virtudes y capacidades. Nuestro insensato camino, dije yo, es que nuestros políticos hacen trampas hasta para obtener el título de máster. Al final, nos miramos como si compartiéramos un destino común, del que los españoles nos hubiéramos escapado por una casualidad. De momento. Con cierta tristeza se despidió de mí. Me estrechó la mano y me dijo: "¡Adiós Merlín!".

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