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Lo que perdura

La semana pasada hice una compra en uno de los muchos manteros que, de unos años acá, proliferan por la ciudad. Cada mañana en cualquier calle, sobre la acera, un hombre -estos manteros suelen ser hombres- dispone su mercancía sobre una sábana: viejas chucherías decorativas kitsch, alguna vetusta cinta de vídeo y, sobre todo, libros. Siempre me detengo a mirar el batiburrillo y rara vez dejo de encontrar títulos que están en mi biblioteca, que he leído, acaso, en la misma edición: obras literarias, históricas, clásicos anotados... Predomina el formato de bolsillo, como si los hubiera comprado una persona joven cuya economía no daba para lujos. Al principio me conmovía verlos en lugar tan poco lógico, ahora casi me he acostumbrado. Son libros que ya no caben en las casas, que hace tiempo acompañaron los años de formación de alguien hasta colonizar un cuarto, pero que ahora sobran. Además, ¿quién necesita tomos cuando un libro electrónico tiene capacidad para centenares de títulos? Inesperadamente, el libro electrónico arrasa entre la edad madura contemporánea, amante de los desplazamientos. No es que sean frikis de lo milenial: es que el peso físico del papel se vuelve excesivo para quienes comprenden que es preciso aligerar el equipaje.

En esos manteros he rescatado obras que en su día me perdí, dejé pasar o leí sin comprar. Esta vez le tocó el turno a Usos amorosos de la postguerra española, de Carmen Martín Gaite, análisis de costumbres de los veinte años posteriores a la guerra civil. En el prólogo cuenta la autora: «Desde los púlpitos, la prensa, la radio y las aulas de la Sección Femenina se predicaba la moderación. Los tres años de guerra habían abierto una sima entre la etapa de la República, pródiga en novedades, reivindicaciones y fermentos de todo tipo, y los umbrales de este túnel de duración imprevisible por el que la gente empezaba a adentrarse, alertada por múltiples cautelas». Quedaba prohibido mirar hacia el pasado. «Una retórica mesiánica y triunfal, empeñada en minimizar las secuelas de aquella catástrofe, entonaba himnos al provenir. Habían vencido los buenos. Había quedado redimido el país». Entonces se impusieron dos conceptos: restricción y racionamiento. Para los niños -Martín Gaite tenía trece años en 1939- merendar pan con chocolate se volvió algo milagroso, pero la restricción llegó más allá y se aplicó a todos los campos, incluidas las conductas. Una generación entera creció troquelada por aquel racionamiento vital.

Muy poco a poco, las circunstancias se suavizaron, pero muchos de aquellos críos conservarían toda la vida una oscura sensación de carencia. Quien crece en la abundancia material quizá de mayor prefiera una casa de estética minimal. La casa de un octogenario o nonagenario de hoy es probable que acumule de forma exagerada los objetos más variopintos; es un eco que aún resuena: el intento de compensar la incertidumbre y la escasez experimentadas en la infancia, imposibles de colmar.

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