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El ademán eterno

Raphael no es que no se jubile sino que, cuanto mayor se hace, más activo se muestra. Tras meterse por el cuerpo una gira americana y otra española en la que ha reunido a 12.000 espectadores en la parada madrileña, tiene cerrados unos cuantos conciertos por Europa, desde San Petesburgo al Albert Hall para 2019, con sesenta años de carrera a las espaldas. Dentro de un montón de abriles, no sería de extrañar que los que acudan a su funeral permanezcan clavados, convencidos de que no se irá sin hacer un bis.

Con veinte años justos más que el cantante, mi madre irá a verlo la próxima semana. Sus hijas llevan invitándola por sorpresa las últimas tres décadas. Alterándola con impresiones de este sesgo es lógico que la mujer enfile tan campante la recta centenaria. No obstante, fue el primogénito el que encendió la mecha. Ocurrió cuando el redactor jefe me envió en aquel primer verano de curro a cubrir el concierto del galán en los Festivales de España y surgió la posibilidad de obsequiarle un asiento. En la Hispania de la época, Raphael se había convertido en uno más de la familia. Aunque los ademanes interpretativos tiraran de espalda a más de dos sirvieron para que los chavales se lo pasaran bomba imitándolo con El pequeño tamborilero. Así nació El robabombillas. El chansonnier de Linares pasó su travesía con la irrupción de los nuevos esquemas cuando aún no había dado tiempo a que se difuminase su imagen sonriente rindiendo pleitesía al palco en que Carmen Polo presidía con sus collares cada Navidad la gala benéfica. Pero este superviviente no solo se recompuso del duro trance. Portador de una especie de hechizo, se convirtió en el hada madrina de parte de la movida madrileña. La readaptación del personaje dio paso a una miniserie sobre su vida y la gran noche se puso de largo bajo los focos de Álex de la Iglesia. A día de hoy es superventas y superdescargas y ha dejado atrás la fragancia destilada por la diabólica loción franquista. Casado, no; rompopopón, rompopopón.

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