14 de octubre de 2018
14.10.2018

Rebeldes y transgresoras

14.10.2018 | 22:11
Rebeldes y transgresoras

La conmemoración del Día de las Escritoras viene celebrándose el 15 de octubre desde hace ya tres años.Se trata de una inciativa de la Biblioteca Nacional de España (BNE), la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas y Empresarias (Fedepe) y Clásicas y Modernas, Asociación para la igualdad de género en la cultura (CyM). Se eligió esa fecha por ser el día de la onomástica de Teresa de Jesús (1515 – 1582), destacada figura de la literatura mística, a quien se recuerda con sus hábitos religiosos, reclinada sobre el escritorio de su celda del convento, con papel y pluma en mano. Ya se sabe que escribir fue durante mucho tiempo un oficio impropio del sexo femenino, de ahí que no sea una casualidad que antaño las escritoras hayan sido fundamentalmente religiosas o monjas como es el caso de Hildelgard von Bigen (1098- 1179) o la misma Teresa de Jesús. Sin embargo, a pesar de todos los obstáculos que tuvieron que vencer, en la historia de la cultura ha habido grandes escritoras. Podríamos citar muchas como Christine de Pizan, Mary Shelley, Germaine de Staël, Jane Austen, las hermanas Brontë, Virginia Woolf, Karen Blixen, Milena Jesenská, Silvia Plath, Marguerite Yourcenar, Simone de Beauvoir o Doris Lessing entre otras más. La lista es inabarcable de tantas como fueron y son. Escribieron y escriben poesía, filosofía, ensayos, epístolas, ficción, relatos breves, artículos periodísticos, novela y literatura infantil y juvenil. Aún así, muchas de ellas permanecen en el olvido y muy pocas figuran en los libros de textos o son reconocidas por instituciones oficiales. Lo terrible no es solo que no se les recuerde sino que hayan sido borradas. De ahí que sacar del desconocimiento a las mujeres escritoras es, además de un acto de justicia de género, un imperativo para tener una visión cultural de conjunto que no esté contaminada ni sesgada por el androcentrismo.

Todas sienten la pasión ineludible de escribir y dejar constancia de sus pensamientos y de sus sentimientos. Su protesta se eleva contra un orden establecido que las recluyó en el hogar y les prohibió escribir. Por eso el tema elegido para la celebración de 2018 ha sido: «Rebeldes y transgresoras». Todas, incluso aquellas que por ser aristócratas gozaron de una posición social elevada, tuvieron que hacer frente en mayor o menor medida a la lógica patriarcal dominante. De hecho las mujeres, con su quehacer como escritoras, cuestionaron que se les quitara la palabra para convertirlas en el «angel de la casa», con la única función de ser madres o esposas. Y aún hoy en parte es así, depende del área geopolítica en la que vivan, de si son o no autosuficientes económicamente y de si tienen o no reconocidos los derechos humanos. Para esta ocasión Joana Bonet, comisaria de este año, ha justificado y seleccionado los textos que tendrán lectura en público en varias instituciones, bibliotecas, entidades culturales y centros escolares el próximo quince de octubre. Son 21 textos entre los que se encuentran, por citar algunos, los de Aurora Bertrana, Filomena Dato Muruais, Magda Donato, Sorne Unzueta Lanzeta (Utarsus),Carmen Martin Gaite o Esther Tusquets.
Sin embargo como contribución propia a esta celebración quisiera destacar tres grandes escritoras: Concepción Arenal, Maria Campo Alange y María Zambrano. El caso de Concepción Arenal (1820-1893) es muy ilustrativo. Escribía con el nombre de su marido y cuando este murió siguió haciéndolo hasta que la Ley de imprenta obligó a firmar los artículos y, dado que en ningún periódico podía salir la firma de una mujer, fue cesada en su empleo. Sus méritos son hoy reconocidos pero no hay que olvidar que en 1861, cuando escribe La beneficencia, la filantropía y la caridad, envió ese texto a un concurso de la Academia de las Ciencias Morales y Políticas, y tuvo que firmarlo con el nombre de su hijo Fernando que entonces tenía once años. A resultas de ello, fue al niño y no a ella a quien le concedieron el premio.

Por su parte, ya en el siglo XX, María Campo Alange (1902-1986) fue la gran desconocida. Su capacidad para la crítica de arte deslumbró al propio Eugenio D´Ors y su libro «De Altamira a Hollywood» (1853), un breve tratado del arte desde sus orígenes hasta las vanguardias, es aún poco conocido. Escribió además sobre las pintoras que impactaron su sensibilidad y a quienes situó en el centro de una nueva figuración que pasaba por la mirada pictórica de las mujeres ( María Blanchard, Pepi Sánchez,Carmen Arozena, Ángeles Ballester y Liliane Lees-Ranceze). En cuanto al debate feminista, el pensamiento de Maria Campo Alange guarda coincidencias con dos de las grandes figuras intelectuales del siglo pasado, como fueron Simone de Beauvoir y Betty Friedman. Por fortuna la investigadora de la UJI, Inmaculada Alcalá García, con fuentes documentales avaladas y contrastadas, la sitúa en la dinámica de la constitución de los estudios universitarios de género, en un libro de próxima publicación donde analiza toda su obra, haciendo mención especial de su contribución al feminismo.

Finalmente no podía faltar María Zambrano (1904-1991), más conocida desde que se convirtió en la primera mujer a la que se le concedió el Premio Cervantes. Pero durante mucho tiempo se restó importancia a su obra por considerarla vinculada sin más a la de Ortega y Gasset. Desde luego, la filosófa no renegó de su maestro pero sí mostró sus discrepancias con las que forjó su propia filosofía y se distanció de él. Lo hizo desde muy temprano cuando le presentó su ensayo Hacia un saber del alma, que se publicaría en la Revista de Occidente en 1934, pero que no fue del gusto de Ortega, que lo criticó con dureza e hizo salir llorando de su despacho a una jovencísima María Zambrano. Si su maestro leyó con reticencia este ensayo fue porque consideró que aquellos saberes del alma, a los que aludía su alumna, se apartaban de la senda razonable de la filosofía. Pero María no había descarrilado sino que proponía otro tipo de logos. La filósofa argüía que al unir y relacionar la filosofía con la vida, ha de considerarse aquello que no trata ni la razón teórica ni la ciencia. A su parecer, hacía falta prestar atención a aquellas razones del corazón, a aquellos saberes del alma, que no nacen de la claridad sino de la penumbra y de las tinieblas, que moran en las entrañas de un ser encarnado. Son esos saberes que el racionalismo platónico había desestimado pero que habían logrado manifestarse en la poesía, en el arte y en las religiones. Sabedora de la vulnerabilidad y de las dolorosas caídas y recaídas que todo ser humano sufre en el trascurrir del tiempo, cuestiona un sujeto de la conciencia que accede al conocimiento de las cosas sin atisbo alguno del padecer. Y es en este punto preciso donde hay que resaltar su crítica a Ortega y Gasset.

Es cierto que el filósofo habló de la situación del «naufragio» como la más propicia para que surja el pensamiento y que comparó el pensar con el nadar. Pero si María Zambrano se distanció de su maestro es porque, como ella misma dice con fina ironía, éste afirmó que las «circunstancias», casi siempre sumergidas en las que está el sujeto, pueden revelarse con toda claridad a través de «un sujeto en trance de ganar la autenticidad». La filósofa se consideró su discípula pero se apartó de él al centrar su propia filosofía en la razón poética, al interesarse por temas como el amor y la muerte y al haber destacado que la condición permanente del ser humano es un padecimiento, un mutismo, un no ver o un estar sumergido en el desconocimiento. Por ello, nada mejor que terminar, con las palabras de María Zambrano que Joana Bonet ha elegido para leer en la celebración del día de las escritoras de 2018. Se trata de aquellas que escribe dirigiéndose a su amigo Agustín Andreu, en una carta que le envia desde su estancia en el exilio en La Pièce y dicen así: «Mas mi cabeza en tanto que tal ni es de mujer ni de hombre, es Mente. Albergue del Logos, movida por el nous poetikós». Sea, pues, el día de las escritoras motivo de gran júbilo y a la vez expresión del reconocimiento que merecen.

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