29 de octubre de 2018
29.10.2018

Muerte en la sinagoga

29.10.2018 | 21:35
Muerte en la sinagoga

Algo muy profundamente relacionado con los orígenes de la nación norteamericana se cuestionó este fin de semana cuando Trump sugirió acabar con el problema del antisemitismo mediante el extraño procedimiento de armar las sinagogas. Fue una reacción fulminante a la conmovedora noticia de que un republicano radical entrara en la sinagoga El árbol de la vida de Pittsburgh disparando treinta balas por segundo con su fusil automático. Esta arma es la versión civil –así lo llaman allí– de un fusil de asalto, un arma de guerra. Quien lo disparaba era un conocido antisemita, usuario de redes sociales radicales. Como muchos comentaristas razonables anunciaron al principio de la era Trump, cuando el supremacismo racista asomaba las orejas, parecía imposible difundir estas ideas sin que prendieran en los portadores del racismo más viejo y constante del mundo, el antisemitismo.

La masacre, además, tiene el componente fundamental del odio. No solo se ha querido matar a seres humanos, sino que se ha querido profanar lo más sagrado para un grupo social que ha encontrado consuelo milenario en sus ceremonias. Se ha querido interrumpir el clima de serenidad de un Sabbath y violentar el espacio de estudio y oración de una sinagoga. Y frente a esto, en Pittsburgh, en la tierra del cuáquero William Penn, que fundó esta Commonwealth de Pennsylvania, uno de los primeros sitios donde se promulgó la libertad religiosa, y cerca de los lugares donde sobreviven los pacíficos amish y los menonitas alemanes descendientes de los anabaptistas europeos, Trump solo tiene una ocurrencia: que se lleve armas en los lugares sagrados. Antes ya había dicho que se lleven también en las escuelas. Al final, el ser humano del futuro parece que no podrá desprenderse de las armas.

Lo más significativo del caso es el argumento que ha dado el presidente de Estados Unidos y que no creo que pueda convencer a nadie sensato. El problema no son las armas; el problema es que vivimos en un mundo muy peligroso y violento, ha dicho. La pregunta adicional, y que podría hacerse hasta un niño pequeño, la de si no vivimos en un mundo peligroso y violento precisamente porque hay demasiadas armas, esa pregunta, ya es un tabú. Desgraciadamente sabemos que ese tabú no tiene nada que ver con el inconsciente. Está relacionado con el negocio de la venta de armas, el lobby más influyente en las elecciones de un presidente republicano. Lo más tenebroso de la recomendación del presidente es que fuerza a una escalada. Cuanto más violento sea el mundo, más gente armada, y por eso más violencia, y más gente armada; y así, hasta el infinito.

Se trata de los esquemas propios de la intensificación de la prevención. Esta hace más probable la situación que se quiere evitar. En el límite, lo que se desmorona es el monopolio de la violencia legítima del Estado. Con ese desmoronamiento se impone, no podemos dudarlo, la ley del más fuerte, del mejor armado, del que puede comprar las mejores armas, del que puede pagar a los mejores armados. Las relaciones privadas de los ciudadanos reflejan así las políticas públicas. Ese «primero los americanos como nación», se refleja en el «primero yo» propio de quien está presto a usar las armas.

Podríamos decir que es la modernidad lo que está en juego, pero la verdad va más allá. Lo que está en juego es el regreso a la violencia endémica que, por ejemplo, conoció Europa cuando se disolvió el orden carolingio y se instauró la anarquía en los años de hierro de la Alta Edad Media. Fue precisamente como reacción a aquel tiempo, cuando se forjó una institución que se llamó Paces y Treguas. Fijaban días y lugares en los que no se podía ejercer la violencia. La condición de lugares de asilo de los templos se renovó entonces. La prohibición identificó también a tipos de personas que no se podía atacar: mujeres, niños, viudas, ancianos, y desde luego los que oraban en los lugares sagrados. Fue el inicio de una paulatina neutralización de la violencia que, a pesar de todos los retrocesos producidos por las guerras totales, ha ido ganando espacios de los que la violencia ha sido expulsada.

El Estado no es sino el paulatino resultado de ese largo y complejo proceso de neutralización. Y ahora eso exactamente es lo que quiere desmontar Trump sugiriendo que todos los espacios de la vida social vuelvan al estado natural de lucha con las propias armas. Y promueve esta guerra total social para favorecer un miserable comercio de armas cuyos efectos se ven con toda claridad en México, donde los clanes de la droga cruzan diariamente la frontera de San Diego para comprar las mejores armas con las que acabar con los clanes rivales, sembrando el pánico por doquier y llevando a los distritos federales mexicanos a la barbarie.

También la estructura de la modernidad está amenazada con este curso de las cosas. Esta se construye cuando se diferencian distintas esferas de acción, cada una con su sentido especial, con su lógica peculiar. Una de ellas, es la religión. Como tal, viene caracterizada por la aspiración que, con mayor o menor conciencia, tiene mucha gente de alcanzar una experiencia personal de sentirse asentado en un orden trascendente, y así, en compañía de otros seres humanos que comparten ese sentido, tienen la seguridad de que transcienden el breve tiempo de la propia existencia. El interés de quien participa en esos actos es vivir en contacto con esa realidad que les transciende. Sea cual sea la realidad objetiva de esta creencia, asegura subjetivamente a muchos grupos humanos.

Me pregunto cómo se puede culminar esta experiencia, a la que los seres humanos tienen derecho como fruto de la libertad con la que prestan sentido a su existencia, estando pendiente de las armas, ante el miedo de que irrumpa un asesino disparando treinta balas por segundo. ¿No resulta evidente que el acto religioso mismo queda destruido si la atención máxima se dirige a la seguridad? ¿No parece claro que la seguridad, y no la garantía de conectar con el orden trascendente de las cosas, se eleva aquí a valor absoluto? Si la religión puede significar para muchas gentes, con las limitaciones de sentido que se quiera, un estado de excepción de la dureza de la vida cotidiana, ¿no se le priva así completamente de su funcionalidad de serenar por un tiempo nuestras vidas?

Las preguntas podrían continuar, pero no me resisto a hacer la última. Si por una tragedia civilizatoria se cumpliera el proceso al que está induciendo Trump, ¿qué rumbo tomaría una religión cuya liturgia se tuviera que realizar con las armas en la mano? No será inevitable, desde luego, pero esa religión tendría una mayor probabilidad de desplegarse como la legitimación de la violencia, y de transformar la idea de Dios a la que sirve en el sentido que ya tuvo en otros momentos de la humanidad, como protector de los combates, inductor de la victoria, o como dios de las batallas. Y entonces, ¿qué diferencia habría entre esos actos religiosos y los que hemos visto en los días en que Estado Islámico lanzaba su ofensiva desde las mezquitas de Oriente Medio, cuando un imán esgrimía un fusil parecido al de este fanático de Pittsburgh? Ante este horizonte, sólo queda una cosa: restringir tanto como sea posible el número de armas en manos de ciudadanos privados; y restringir tanto como sea posible la venta de armas a los Estados que los fanatizan. Europa debe tomar cartas en este asunto de forma radical. Si quiere convencernos de que ha dejado atrás la vieja razón de Estado, entonces ha de tener en este asunto una política clara y unánime.

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