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Fascistas con ritmo

No hay atrocidad que las clases medias no puedan cometer y nunca hay que menospreciar el poder de la propaganda. Más que explicar la victoria del fascista Jair Bolsonaro en Brasil -ya lo harán quienes tengan un conocimiento directo del país- me interesa responderme a cuestiones que no suelen venir en las crónicas. ¿Cómo es posible ese odio reconcentrado, del que Bolsonaro sólo es un espejo aumentativo, contra un dirigente, Lula da Silva, y un partido que alentó el crecimiento económico y la reducción de la pobreza y al que votaron, con entusiasmo, tantas veces? Pues creo que por lo mismo que se pide la cabeza del entrenador después de unas cuantas derrotas: como el fuego del infierno la ira del la mujer despechada, pero no veas el despecho del hincha. Si no hay goles, tienen que rodar las cabezas.

Luego está el tema de la corrupción que no pretendo minimizar, pero mucho más corrupto que Lula y Dilma Rousseff era Michel Temer, su sucesor, que no sufrió ni la mitad de dolores de cabeza que los travallistas y, desde luego, no acabó en la cárcel ¿Curioso, no? Por lo visto, la gravedad de la corrupción depende de quien la cometa. Si es de ralea principesca o pertenece al dinero antiguo, se disculpan los excesos más fácilmente que si el ladrón es uno de los nuestros, uno que venia de la calle ¿Qué se habrá creído? Déjà vu. A Felipe González le pasó algo parecido.

Podrían haber votado a una derecha serena, al menos tanto como lo es Lula en el bloque de la izquierda, pero eso es menospreciar el poder del resentimiento aliado con la ponzoña de las redes sociales, las vomitivas sectas evangélicas, el cambio de chaqueta ante una perspectiva beneficiosa y la visión selectiva de muchos magistrados. Se quedaron con la mala bestia. Como en Estados Unidos, otro país grande que hace las cosas a lo grande. Allí, en Estados Unidos, los votantes de Donald Trump ya envían bombas para comentar un editorial que no les ha gustado y tirotean a los judíos con la acusación de que son «globalistas». Hitler y Stalin llamaban, a los judíos, «cosmopolitas». Huele a mierda parda.

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