10 de noviembre de 2018
10.11.2018

El Grau: otra inexplicable ausencia de urbanidad

10.11.2018 | 20:26
El Grau: otra inexplicable ausencia de urbanidad

A propósito del PAI, me han precedido otros artículos de opinión donde se recoge información imprescindible y se vierten argumentos críticos con la propuesta urbanística que comparto en mayor o menor medida y que aquí no repetiré para evitar reiteraciones innecesarias. En consecuencia, ya que el espacio disponible es necesariamente reducido, y consciente de las limitaciones que ello conlleva, dejo al lector curioso o simplemente interesado que haga sus propias pesquisas.

Según el diccionario, un delta «es un depósito aluvial formado en la desembocadura de un río entre los brazos en que este se divide; tiene forma triangular aunque sufre modificaciones debido a la acción de las mareas». Del concurso inicial, suscribo la sugerente idea de asimilar o recuperar como parque urbano la desembocadura del Túria como el delta que posiblemente fue y del que Nazaret formaría parte. No comparto, sin embargo,el intento de asimilar la gran extensión verde de la desembocadura del Túria a un delta fluvial que termina abruptamente en los diques del puerto y salpicada por rascacielos; es decir, un delta privatizado.

Tampoco comparto la arrogancia con la que el PAI ignora las raíces históricas de área; el desdén hacia su pasado ferroviario e industrial vinculado al puerto. Sirva como muestra el destino de los terrenos de la estación de la línea València-Grao, tercer ferrocarril inaugurado en la península ibérica en marzo de 1852, de cuya memoria no queda ni rastro, a excepción de la terminal de viajeros cuya protección viene impuesta por el Plan General.

El viario propuesto no es una red relacional entre los barrios situados a norte y sur de la intervención. Se configura como una nueva barrera entre ellos, al servicio exclusivo de los nuevos edificios que se implantan en sus bordes; con un absurdo final para las avenidas de Francia y la Alameda, que se interrumpen abruptamente en un eje norte sur -el único de nueva planta en toda el área planificada-. Esta pseudoavenida, que ´conecta´ el final de la avenida del Puerto con las espaldas de Nazaret, tritura a su paso y reduce a una condición residual los terrenos destinados a equipamientos docentes y servicios públicos ubicados entre las avenidas del Puerto y de Baleares; igualmente sucede junto al borde oeste -la calle de Ibiza- donde, además, se ignora el imperativo del Plan General de València de prolongar el soterramiento de la línea ferroviaria, optando en su lugar por la copia de la versión barcelonesa de la High Line Park neoyorquina. Para entendernos, el plan se conforma sobre la base de una red viaria grandilocuente y escasa pero no contiene calles. Sin éstas no hay ciudad, porque la disposición de torres entre vacíos verdes no genera urbanidad.

La otra cuestión esencial es la referida a la tipología de los edificios escogida. En urbanismo se utilizan a veces conceptos prestados de otras ciencias como la medicina. En los años 60 se puso de moda entre los urbanistas, especialmente los ingenieros de tráfico, asimilar las calles a las arterias del cuerpo humano, valorándolas exclusivamente por su capacidad para absorber tránsito rodado. En este caso, utilizaré otra equivalencia más extraída de la conducta humana: ensimismamiento. El diccionario lo define como «recogimiento en la intimidad de uno mismo, desatendiendo el mundo exterior». Es justo lo que sucede con estos rascacielos repetitivos y estereotipados del PAI desinteresados por el mundo exterior: están ensimismados.

A estas alturas, nadie duda ya de que la vida urbana se genera a partir de la calle y la plaza. Desde el ágora griega, el foro romano, el burgo medieval, la Florencia renacentista, el París de Haussman, la Barcelona del ensanche o la Nueva York de Manhattan no existe otra fórmula más eficaz para construir la ciudad. Uno de los proyectos ganadores -GMP- así lo entendió. Hoy no se sostiene que la tipología formulada por Cerdà, esté obsoleta porque es menos moderna que los rascacielos -¿de dónde surgen, pues, los rascacielos si no es desde la manzana y la calle?-; afirmar lo anterior es no entender el funcionamiento de la ciudad. Es poco riguroso renunciar a fórmulas de un pasado, que no lo es tanto, cuya eficacia está sobradamente demostrada, porque recomponer la ciudad o extenderla no es muy diferente a lo que nuestros antepasados hicieron para construirla.
En cuanto al río, ¡verde y azul en la cabecera, verde y azul en su transcurso y azul al final, por favor!

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