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Arde Franco

Arde Madrid. Arde Franco. La serie de Paco León y Anna R. Costa que estrenó Movistar+ el pasado jueves incorpora de forma subrepticia la solución a todo el follón que se ha montado respecto de la exhumación de los restos del dictadorísimo Francisco Franco. Es otra más de las virtudes con las que esta ficción deleita al espectador, que se suma a su magnífica realización, su guion tenso y bien resuelto o el calado tragicómico de sus personajes. En la España de comienzos de los 60 Anamari y Manolo, personal doméstico de la residencia madrileña de Ava Gardner, encabezan un retrato en blanco y negro de la pequeña España que salió de la cabeza y los fusiles de un personaje pequeño.

Porque detrás del despertar al sexo de Anamari, detrás de las juergas flamencas de Ava Gardner, la Sección Femenina y los clanes gitanos, aparece Francisco Franco como un personaje de «atrezzo», como una figura mínima, más ridícula aún que el mismísimo Juan Domingo Perón y su mujer Isabelita, más irreal que Carmen Sevilla. Franco como un demiurgo risible, un sello amplificado, el líder de un movimiento universal y eterno que enrojece como un adolescente pajillero ante los pechos descarados de una actriz de Hollywood bellísima y ordinaria.

En la edición de lujo en donde se publique la serie se podría regalar una reproducción del cuadro desde el que el dictador mira a Manolo y Anamari consumar su matrimonio ficticio, pero, ya que arde Madrid, podría arder también Franco convertido ahora en el extra de un DVD. ¿No era una nube de humo todo este empeño de Pedro Sánchez por sacar los restos del dictador del Valle de los Caídos? Pues que sea el humo de un crematorio. Incineremos los restos y ofrezcámoslos como regalo de acompañamiento con la caja de la edición de lujo del Blu-Ray. Franco como cameo en una serie de Paco León. Franco como merchandising de «Arde Madrid». Qué final tan justo.

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