12 de noviembre de 2018
12.11.2018

Festival de filosofía

12.11.2018 | 21:31
Festival de filosofía

Tiene lugar en Madrid el II Festival de Filosofía. La idea es de Basilio Baltasar, presidente de la Fundación Santillana, y este año se ha organizado con el Departamento de Filosofía y Sociedad de la Complutense y con el Ayuntamiento de Madrid, y su red de bibliotecas públicas. La estética del festival determina su modo de proceder. En el cartel se presenta como encuentros de esgrima, y en realidad se quiere que haya algo de eso. Se pretende echar a pelear dos puntos de vista muy opuestos, como por ejemplo el puritanismo y el hedonismo. Digo esto porque fue el primero de los combates, en el que intervine con Marina Garcés. Yo hacía el papel de puritano, algo que habrá imaginado el lector.

Pero también se contrapusieron el economicismo contra el humanismo, o la ciencia médica contra la industria de la homeopatía, o el metoo con las libertinas francesas. La última sesión que resta tratará de la libertad de expresión en las artes frente a la autocontención. Como se ve, el formato permite que un tema de la conversación cotidiana se eleve a una reflexión polémica, de tal manera que muestre sus razones frente al adversario. La aspiración es dotar a los diversos puntos de vista de la posibilidad de explicarse, pero sobre todo ofrecer a los ciudadanos una consideración más reposada y exhaustiva de lo que a veces es una mera información fragmentada. La filosofía así quiere descender a la vida cotidiana, mostrar su capacidad de interlocución con las conversaciones que en ella se generan y reconocer la complejidad de los temas en los que nos movemos.

La contraposición dialéctica ya fue elaborada por Kant como el método adecuado para abordar las cuestiones que no tienen fácil solución. Por lo tanto, no se trata de ser concluyentes ni de aplastar al enemigo. Como diría Heine, son dioses en lucha, inmortales, parciales, pero invencibles. Sin embargo, mediante su enfrentamiento se consigue lo más importante que puede hacer la filosofía, que no es, como se temen algunos, adoctrinar conciencias, sino generar un sano escepticismo, una distancia, una resistencia a dejarse arrastrar por posiciones absolutas. Por supuesto, el escepticismo es enfermizo cuando se separa de la vida. Nadie quiere esto. Cuando hay que tomar decisiones, el escepticismo cede. Pero incluso esas decisiones hay que tomarlas con plena conciencia de lo que se hace y con la cautela propia de la fragilidad de nuestras razones.

Y es verdad. La filosofía es la única actividad preparada para descargarnos de las posiciones absolutas, y la única que toma plena conciencia de que el ser humano es demasiado frágil para disponer de puntos de vista absolutos. En este sentido, podemos decir respecto de ciertas cuestiones que lo mejor que podemos hacer es seguir pensándolas, no darlas por cerradas; para eso nada más adecuado que escuchar las razones del otro. La destrucción de la tradición filosófica, y sus estrategias para enfrentarnos a toda situación con la seguridad de la inseguridad, es lo que ha llevado a un repunte del fanatismo, del dogmatismo y de la bárbara cerrazón mental. Sea cual sea la ventaja que pueda dar una cierta formación religiosa (y se me ocurren unas cuantas), esta jamás podrá sustituir el específico ennoblecimiento del alma que puede brindar la filosofía. El mayor de los disparates educativos ha sido relacionarlas como una alternativa, cuando sus funciones son completamente diferentes.
La filosofía es un hábito de no dejarse arrastrar por nada, pero sobre todo por uno mismo (que es la corriente más poderosa), y de volver a la orilla si el agua te lleva. Es ante todo una voluntad de independencia y libertad, sobre todo de ti mismo. Como actividad que pretende identificar los esquemas de orientación última de la vida (algo en lo que no tiene competidor), todavía tiene que estar en condiciones de asumir que el camino de cada cual es único e irrepetible, singular, y que por eso nadie puede entregar su criterio a otro director a la hora de recorrerlo. Aunque hayas decidido ir al mismo sitio que otros y aunque compartas creencias con otros, siempre tendrás que hacerlo tú y darte tus propias razones. Por eso, la filosofía anima sobre todo a organizar la propia experiencia y debe estar en condiciones de escuchar los argumentos que brotan de ella, con toda su concreción.

En este aspecto, hablamos más bien de la actitud filosófica, que brota en todo aquél que, en su circunstancia concreta, haya ejercido la inteligencia y la atención. No hace falta ser filósofo profesional. Como dijo Santi Alba, en una de las intervenciones más lúcidas del festival, muchas veces la filosofía es tan especializada que parece uno de esos panaderos que fabrica pan sólo para otros panaderos. Como ya he dicho, el festival quiere reconectar la filosofía con el mundo de la vida cotidiana, proyectar un momento de detención sobre sus conversaciones y afinar así la convivencia matizada que se deriva de saber que todo es más complicado de lo que parece, y que cuando algo lo vemos sencillo puede que nos estemos volviendo estúpidos. El valor de los encuentros se alcanza cuando confiamos en que algunos de nuestros contemporáneos todavía se resisten a la estupidez. No se les puede escuchar sin imitarlos.

Ese valor pedagógico se cumplió de forma memorable en el encuentro que enfrentó a Fernando Vallespín con Íñigo Errejón el pasado miércoles en San Blas, cerca del Metropolitano Wanda. Excepto para ir a ver al Atlético, no creo que se haya acercado por allí tanta gente como ese miércoles. La amplia sala estaba abarrotada y cuando ya no cabía más gente de pie, se tuvo que cerrar. Los dos intervinientes se prepararon a fondo para la esgrima. Eran dos generaciones, desde luego, un destacado y reconocido científico senior de la política dedicado al análisis, y el mejor y más joven analista de los políticos españoles. El tema no era el populismo, una palabra que no apareció en la conversación, para consuelo de todos. El tema era Europa, y los dos sabían muy bien qué publico tenían. Vallespín se avino a descender a los intereses de quienes no son meramente contemplativos y Errejón a no ser brillante solo en los seminarios, sino a ganar en las elecciones.

Lo más emocionante del acto fue que ambos dieron razones en situación, razones vivas, razones con ejemplos, en las que lo general y lo concreto se daban la mano. Dos horas, y el público ni se movió. Una crónica del contenido de lo que allí se dijo nos llevaría demasiado espacio, por lo que invito a buscar la grabación. Pero destacaré dos ideas, una de cada uno. En mi opinión, Vallespín fue muy persuasivo al defender que el neoliberalismo no es una ideología, sino un dispositivo automatizado que está configurando nuevas formas de poder, de las que Europa debe defenderse. Ya no es el dispositivo generador de libertad que vio en él Foucault. Ahora se dota de estrategias para conocer esta libertad y por eso llamó a la necesidad de controlar los big data. Errejón contraatacó con otra idea brillante: es preciso luchar contra el prejuicio de la omnipotencia del poderoso. El poderoso tiene poder, pero no es omnipotente. Se le derrota a veces, y hay que elaborar una mística y una épica de los triunfos. Todo menos perder la batalla central: que nazca una generación sin memoria de las luchas comunes por una soberanía cívica, por una comunidad nacional democrática abierta, y por un pueblo europeo dotado de instituciones públicas que puedan configurar una subjetividad capaz de asumir el cuidado de los débiles como virtud. Cuando se cumplen cien años de la guerra de los imperios europeos, nada parece más urgente y actual.

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