27 de noviembre de 2018
27.11.2018

Acción y reacción

27.11.2018 | 21:14
Acción y reacción

A toda acción le sigue una reacción. Esta afirmación resume la tercera ley de Newton y se formula del siguiente modo: «Todo cuerpo A que ejerce una fuerza sobre un cuerpo B, experimenta una fuerza de igual intensidad en la misma dirección pero en sentido opuesto». Con este encabezamiento quizás parezca que mi pretensión sea hablar de los principios que rigen la mecánica newtoniana. Y no es el caso porque más que tratar del desplazamiento de los cuerpos en el universo físico, quiero referirme al movimiento que se produce en el universo social en respuesta a las conquistas del feminismo actual. De hecho a todo avance que subvierte las reglas patriarcales, se responde con una fuerte reacción negativa. Se trata de una reacción similar al whitelash que se da cuando los logros de las personas negras provocan resentimiento y revanchismo en la población blanca. En esa misma línea puede hablarse de un backlash patriarcal cada vez que el movimiento feminista da pasos hacia adelante y consigue afianzar los derechos de las mujeres en igualdad con los varones. Esta reacción negativa, en ocasiones desproporcionada, es mayor cuando mayores son los derechos reconocidos.

Recientemente este tipo de respuestas toma la forma de los incel que son una subcultura de jóvenes misóginos que hacen apología de la violencia contra las mujeres a través de las redes virtuales por las que se comunican. Son heterosexuales pero se definen como célibes involuntarios porque se sienten frustrados al ser incapaces de relacionarse sexualmente con sus parejas y algunos de ellos han llevado su revanchismo hasta el extremo de cometer asesinatos masivos en EEUU y Canadá. Los incel (involuntary celibate) son un ejemplo más del machismo supremacista que se difunde en Internet y que llega a sus puntos álgidos cada vez que el feminismo abre caminos en la conciencia social, cuestionando los roles tradicionales de género. Estas reacciones violentas de desquite merecen ser condenadas pero no hay que olvidar que son el mejor indicador de la derrota que el patriarcado está empezando a sentir en sus cimientos. Podría decirse que si ladran es porque cabalgamos. Aún así no deja de resultar paradójico que este tipo de misoginia tenga esta lectura, máxime cuando el modelo tradicional de masculidad asociado a creencias sexistas de menosprecio hacia las mujeres, ha producido tanto dolor y violencia. Sin embargo es fácil entenderlo si lo consideramos como un exponente más de cómo el feminismo avanza de manera imparable a nivel global a pesar de los impedimentos y los problemas que todavía tiene que sortear.

No cabe duda que las reivindicaciones feministas tienen presencia cada vez más en la sociedad. En unos países más que en otros, a un ritmo mayor o menor, con más o menos determinación, es un hecho que el despertar de las mujeres es un movimiento irreversible hacia adelante que no admite volver atrás. En esta cuestión España ocupa una buena posición según el informe de 2017 de la Universidad de Georgetown y el Instituto de Investigación de Oslo, que miden el índice global de Paz y Seguridad de las mujeres. Situada en quinto lugar, una posición nada desdeñable, le adelantan Islandia que ocupa el primer lugar, luego Noruega, Suiza y Eslovenia. Por el contrario otras instituciones, como la ONU, el Foro de Davos o el Instituto Europeo de la Igualdad de género, la sitúan peor en relación a la puntuación global referida a la brecha de género producida por la situación del empleo o desigualdad salarial. No obstante es una buena noticia que España se clasifique en quinto lugar por ser uno de los países donde los años de escolarización de las mujeres es alto (una media de 9.9), donde el porcentaje de seguridad ciudadana para las mujeres es elevado (80,3%) y donde la violencia de género es del 13%, frente a una media del 25% que se da en los países desarrollados.

Estos porcentajes no deben menoscabar la labor que el activismo feminista ha llevado a cabo con el fin de demandar políticas de igualdad. No hay que minimizar que fue España el único país que convocó una huelga general para reivindicar el Día Internacional de la Mujer el pasado 8 de marzo de 2017. En aquella fecha las mujeres españolas protagonizaron una movilización sin precedentes que, gracias a la gran repercusión mediática que tuvo a nivel mundial, ha quedado fijada en la historia reciente del feminismo. Tampoco hay que olvidar que fue España el primer país europeo en aprobar en 2004 la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Una ley que afrontaba la violencia machista cuando aún no existía ninguna consideración jurídica al respecto. Y que unos pocos años después, en 2007, aprobaría la Ley Orgánica para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Leyes que a lo largo de los años han sido revisadas para atender ciertas consideraciones como, por ejemplo, que se aplique el agravante de género en los casos de maltrato hacia las mujeres, sin necesidad de que medie una relación sentimental entre el agresor y la víctima.

Y en esa dinámica de avance progresivo del feminismo, el 25 de noviembre se convierte en una fecha de referencia para movilizarse contra la violencia que sufren las mujeres como consecuencia de la socialización de género que legitima la desigualdad entre los sexos. Es esa cultura patriarcal, conocida también como cultura de la violación, la que impide aún que las mujeres que han sido víctimas del sexismo alcen la voz para denunciar sus experiencias puesto que lo habitual es que les hayan hecho sentirse culpables del acoso que han sufrido, o bien no se les crea, o reciban amenazas o simplemente no se reconozca que han sufrido violencia machista porque tales abusos han sido normalizados. Por desgracia la prensa informa cada día de sucesos en los que sus temores se han cumplido. Sin embargo algo se mueve hacia adelante. El feminismo de hoy es un movimiento amplio e imparable, cada vez más transversal e intergeneracional, que aboga por políticas públicas para conseguir una ciudadanía inclusiva. De tal modo que el resurgimiento del machismo que ha tomado el poder con Trump o Bolsonaro, entre otros más, ha de leerse en clave de reacción al temor que les producen los avances de las mujeres. Nadie abandona de forma gratuita y de buen grado una situación de ventaja o de poder. Por eso mismo, el recrudecimiento de las actitudes hostiles hacia las mujeres han de seguir combatiéndose con la misma perseverancia que antaño pero, sobre todo, con el ánimo renovado y la energía que proporciona saber que nos movemos y avanzamos.

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