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Cenas navideñas

Hace muchos años, en 1911, en una cena navideña, el padre de Franz Kafka empezó a hablar a sus hijos de las penalidades que había tenido que soportar cuando era joven. A los diez años tenía que tirar de un carrito por las aldeas, en pleno invierno, muy de mañana, pasando hambre y con llagas abiertas en las piernas. Durante toda su infancia tuvo que soportar esta clase de calamidades. Y acto seguido, el buen hombre se preguntaba gesticulando teatralmente: «¿Quién sabe hoy estas cosas? ¿Qué saben los hijos? ¡Nadie lo ha sufrido! ¿Lo entiende un muchacho de hoy?» Kafka, que entonces tenía 28 años y no era un jovenzuelo -y mucho menos en 1911-, aunque seguía viviendo con sus padres, se quejaba en su diario de las protestas histriónicas de su padre. «Todas esas calamidades no le permiten sacar la conclusión de que yo he sido más feliz que él, y de que, por el simple hecho de no haber pasado esos mismos sufrimientos, debo estarle agradecido».

Imagino que en muchas cenas navideñas se han repetido estas mismas escenas. Padres, abuelos, tíos -carnales o lejanos- repitiendo con gestos teatrales, sobre todo después de la cuarta o quinta copa de cava: «Ah, vosotros los jóvenes no sabéis lo que es pasar calamidades», «vosotros no sabéis lo que es una dictadura», «vosotros no tenéis ni idea de la vida y os quejáis sin motivo». Y supongo que cientos -o miles- de jóvenes de 28 ó de 38 años, que aún están obligados a vivir con sus padres porque no pueden pagarse un alquiler ni tienen un trabajo decente, se habrán sentido tan dolidos como se sintió Kafka en aquellas navidades de hace más de un siglo. Es cierto que esos jóvenes no han conocido las mismas penurias que sus padres ni abuelos, pero eso no evita que esos jóvenes se sientan también desdichados a su manera. Ni mucho menos les obliga a sentirse agradecidos a quienes lo pasaron mucho peor que ellos en otras épocas más siniestras y más injustas que ésta. Cuando alguien se siente desdichado o tratado injustamente, nada ni nadie podrá hacerle cambiar de opinión, por mucho que los hechos demuestren que las cosas eran mucho peores hace cincuenta años. Las sensaciones gobiernan nuestra vida mucho más que los hechos, y la sensación de infelicidad es la sensación más poderosa de todas, sobre todo en una época obsesionada con alcanzar la felicidad al precio que sea.

Es evidente que Kafka nunca pasó frío, como su padre, ni tuvo que tirar de un carrito por las aldeas, en las gélidas mañanas de invierno, con las piernas llagadas y la tripa vacía. Pero nada de eso le hacía sentirse feliz ni agradecido a su padre, un hombre dominante y despótico que lo trataba con frialdad y que no entendía sus aspiraciones artísticas. Cuando he leído ese pasaje de los diarios de Kafka, he visto que en cierta medida estaba retratando la situación actual de muchos ciudadanos de la Europa próspera -en especial de los jóvenes- en su relación con el Estado del Bienestar, que es una especie de padre frío y distante para ellos, pero del que dependen para casi todo si quieren sobrevivir de forma digna. Por muy bien tratados que estén -y de momento lo están-, esos ciudadanos se sienten desdichados y olvidados, y peor aún, no se sienten de ningún modo agradecidos. Y por mucho que haga el Estado -en materia de pensiones, de sanidad, de gasto público, de ofertas de empleo-, esos ciudadanos, y más si son jóvenes, sienten que es muy poco para lo que ellos esperaban. Sobre todo porque muchos de ellos -hay que repetirlo todas las veces que haga falta- siguen viviendo con sus padres por falta de un trabajo seguro o de una paga suficiente para pagar un alquiler. Lo que ha pasado con las protestas de los chalecos amarillos en Francia no se explica si no entendemos esto. Muchos chalecos amarillos eran agricultores, y si hay un grupo social que haya sido protegido y mimado por el Estado francés a base de subsidios y privilegios -a costa de sus vecinos españoles e italianos-, ese grupo es el de los agricultores. Pero muchos de ellos «se sentían» despreciados y olvidados, así que quemaban neumáticos y cortaban carreteras y gritaban de rabia porque€ porque€ bueno, porque se sentían despreciados y olvidados, aunque a lo mejor no tuvieran ninguna razón de peso para sentirlo.

Este es el fenómeno con el que tendremos que enfrentarnos en estos años. Una protección real del Estado de Bienestar que nos parece insuficiente e injusta; una sensación de desdicha y de desamparo que no tiene una base real pero que nos parece incuestionable; y por último, un Estado del Bienestar cada vez más endeudado e impotente para afrontar los gastos que se le exigen. Y así tendremos que vivir en estos años que vienen, en los que las percepciones y las sensaciones han sustituido por completo a la realidad.

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