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O conmigo o contra mí

Corren malos tiempos para los matices. Para los términos medios, los grises y los puntos de encuentro. O eres del color blanco o eres del negro. Y, lo que es peor, si eres de uno has de estar en contra del otro. Mejor si lo detestas. O eres un fan acérrimo de Rosalía o, simplemente, la odias. Se acabó aquello de que te gustan unas canciones y otras no tanto. Ahora, o la escuchas hasta la saciedad o la pones a parir. Y, por supuesto, lo haces en público e insultando al que opina diferente a ti.

La cronología de las redes sociales se divide entre los que llevan lacitos amarillos y los que lucen banderas españolas. O eres catalán o eres español. O conmigo o contra mí. Nos adoramos y nos detestamos a partes iguales. Un partido político es el salvador del universo y el otro es la encarnación de Satanás. Ni reconocimiento, ni respeto, ¿para qué?

Ahora toca gritar. Y faltar al contrario. Sin misericordia. O te posicionas del lado de las mujeres o te sientes agredido por nosotras. O eres listo o un idiota redomado. O defiendes la Constitución del 78 o la fulminarías en un plis plas. O eres usuario y defensor del sector del taxi o lo eres de Uber. Además, ve con ojo a la hora de proclamar tu afinidad por alguno de los dos porque te expones a ser apaleado. O guapo o feo, simpático o antipático, fan de Star Wars o friki de Star Trek, amas a James Rhodes o te parece un plasta cursi, perteneces a la casta o eres una persona guay. O compartes mi identidad o no estás en mi bando.

Escupimos la palabra facha a la mínima de cambio. Tan pronto intuimos que el de al lado no piensa como nosotros, ¡pumba! A base de repetirlo, la palabra pierde su verdadero sentido y los que realmente sí son fascistas (y peligrosos) campan a sus anchas y se mueven como pez en el agua. Todos sabemos de todo. Tanto da opinar sobre los supuestos efectos nocivos de la leche de vaca, como de las consecuencias de la aplicación del artículo 155. Hablamos y creemos que lo que decimos es infinitamente mejor que lo que opina el contrario. Para demostrarlo, no argumentamos, desacreditamos. Como una mala partida de pin pon.

Andamos sobrados de polarización. La desigualdad, la precariedad, la frustración por un futuro que imaginamos en números rojos, la sensación de injusticia social, el descrédito de los partidos políticos podrían ser algunas de las causas por las que nos mostramos en continuo desacuerdo los unos con los otros. La radicalidad y el extremismo parecen ser los lugares en los que algunos se sienten seguros y creen encontrar respuestas. La demagogia es fácil de hacer y sienta bien a quien la recibe. Argumentos emocionales, apasionados, manipuladores y nocivos provocan descargas de placer en los insatisfechos. Que son muchos. Qué miedo.

Sumemos y contribuyamos al bien común en vez de desacreditar. Que cobre protagonismo el término medio, el gris, el matiz, la capacidad para comprender el desencanto del otro, la habilidad para incluir las diferentes opiniones, que retorne el respeto, el reconocimiento, la fineza y la educación. No bajemos la guardia y defendamos pertenecer a una sociedad que merece esa altura de miras.

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