28 de febrero de 2019
28.02.2019


Manuel Muñoz Ibáñez/Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos

28.02.2019 | 20:49
Manuel Muñoz Ibáñez/Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos

Desde hace semanas se halla expuesta en el imponente vestíbulo del Museo de Bellas Artes, una escultura de Claes Oldenburg (Estocolmo, 1929): Bottle of Notes, desplazando con su sugestiva y poética presencia, el interés de las demás piezas alojadas previamente allí, que lucieron como ejemplos de la habilidad y de la verosimilitud. Se trata de la maqueta que el IVAM adquirió en 1989 de una obra muy significada de uno de los grandes maestros del Pop-art norteamericano, país en el que el artista sueco desarrolló su trabajo artístico.

En 1993, Claes Oldenburg (que desde 1976 trabaja en equipo con su esposa, Coosje Van Bruggen), instaló en Middlesbrough, al noreste de Inglaterra, una escultura gigante que remedaba una botella abandonada en la arena. En realidad, evocaba el cuerpo-contenedor de un sugestivo mensaje arrastrado por el mar, que, en vez de estar elaborado con vidrio, lo construyó formado por una grafía poética elaborada con acero pintado de un blanco roto, tomando un texto del famoso capitán Cook; y en su interior (insinuando el contenido), un poético escrito en azul, casi ilegible, en espiral hacia arriba, compuesto por la propia Coosje. Pocos objetos icónicos del Pop-art alcanzarán la magnitud sensible y emotiva de esta obra, a mi juicio, muy apropiada para invitar a descubrir el contenido de un museo de bellas artes, enfatizando el hecho de que, lo que se atesora allí, es el fruto de la creatividad humana en cada una de sus encrucijadas y de sus coyunturas, resueltas con una enorme diversidad de lenguajes.

Además de esta pieza, en el interior de las salas, se alternan durante un tiempo con las obras clásicas, creaciones de Dieter Roth, Gerhard Richter, Manolo Valdés, Markus Lüpertz, José María Sicilia€, es decir, una importante sucesión de creaciones contemporáneas, insistiendo en los conceptos que ya se dejan ver desde el acceso.
Esta experiencia, coincidente en el tiempo con las gestiones del proyecto museográfico del centro, pendiente del concurso definitivo de convocatoria nacional que debe promover el Ministerio en breve plazo, invita a reflexionar sobre determinadas cuestiones acerca de sus límites y de sus contenidos.

Según los datos que se han aportado hasta el momento, el descartado proyecto inicial, ha dado paso a uno nuevo, integrador, tutelado por el propio Ministerio, con una secuencia cronológica en la que se muestran las relaciones entre los distintos procesos creativos siguiendo el curso de las colecciones; sin embargo, al parecer, el propósito discursivo concluye en 1950, es decir, en un periodo que, percibido desde la evolución estética, orilla la modernidad valenciana. Cabe recordar a este respecto, que el periodo autárquico de la dictadura terminó poco después, en 1951, con el regreso de los embajadores, siendo pues, a partir de aquel momento, cuando los alumnos de la Escuela de Bellas Artes tuvieron capacidad para relacionarse con el exterior, adquiriendo las experiencias suficientes para integrarse definitivamente en la Vanguardia. Y esto es así, hasta el punto, de que solo Eusebio Sempere fue capaz, muy poco antes, en 1949, de realizar una muestra no figurativa en la Sala Mateu de la ciudad.

La celebración del último Patronato del Museo, que tuvo lugar el pasado día 12 de febrero y a la que asistió Román Fernández-Baca, Director General de Bellas Artes del Ministerio de Cultura, me dio la oportunidad de exponer en el pleno estos aspectos y otros más, con la intención de que no se corte el discurso en aquel tiempo inicialmente previsto, de tal suerte, que el proyecto de una Institución tan relevante pueda servir de puente para que los visitantes gocen de las evoluciones coherentes entre lo que se ha venido entendiendo convencionalmente como un arte vinculado a la figuración (evolucionada en mayor o menor medida), y el no-figurativo; habida cuenta de que fue precisamente en los años posteriores, cuando aparece en València no solo una integración inmediata, sino una eclosión creativa, cuyos factores desencadenantes han sido ampliamente estudiados por la literatura científica. Cabe recordar tan solo al Grupo Parpalló (1956); al movimiento Estampa Popular Valenciana y Equipo Crónica (1964); Antes del Arte (1968), y otros más.

Es oportuno a este respecto, recordar, que en 1968, durante el periodo en el que Felipe Garín fue director del museo, el Estado adquirió un extenso conjunto de obras contemporáneas de Sempere, Manolo Gil, Michavila, Yturralde, Hernández Mompó, Equipo Crónica, Equipo Realidad, Teixidor, Anzo, e incluso, con posterioridad, de artistas foráneos: Antoni Tàpies y Guinovart, que descansan en sus almacenes.

Si tenemos en cuenta que el IVAM tiene una estructura museística, pero, en la realidad, es un Instituto de investigación, en el que se aportan iniciativas, reflexiones, asociaciones y propuestas acerca de la modernidad, y solo excepcionalmente, vínculos con las tradiciones precedentes, es en el espacio de Bellas Artes donde se debe descubrir una secuencia histórica que favorezca y procure esa integración estética; de tal suerte, que sirva, no solo para exponer lo acontecido, sino para que las nuevas generaciones puedan valerse de ello para entender la coherencia por encima del lenguaje, al uso que también proponen otros museos relevantes.

De hecho, la acertada presencia de la Botella de Notas de Claes Oldenburg, que hasta dentro de unas pocas semanas seguirá en el vestíbulo, pretende afirmar, entre otras, la realidad de estas cosas. Si dependiera de mí, la dejaría allí para que testimoniara la actualidad de toda la génesis estética, mostrándola junto a las otras, indefinidamente.

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