01 de marzo de 2019
01.03.2019

Desde Costa da Morte

01.03.2019 | 21:20
Desde Costa da Morte

Rara vez interviene la razón en las cosas que se hacen por pasión. Durante mi estancia en Costa da Morte, he donado la totalidad de mi persona a la vivencia, creo que el valor tumba al miedo. Y así llegué a Galicia, con ganas de hablarle al mar...

Las más hondas comunicaciones suelen comenzar con una mirada. Al entrar en un furancho, experimenté la sensación de conocer a un mozo que allí estaba. Tales cosas nacen de los semblantes humanos. Con la poca diversidad de mesas, no me quedó más remedio que sentarme junto a él. Cuando el destino dispone, las circunstancias dejan de ser problema. A los cinco minutos de estar allí, aún no me habían traído la cena, Xosé se presentó y me invitó a compartir mesa. Acepté encantada: las miradas son preludios. Xosé es un joven percebeiro gallego: amable y muy lúcido. Desde la primera palabra se engendró un hilo de continuidad, siendo punto de partida para lo que estaba por venir. Al rato de estar allí, consideré que para entrar en comunicación era menester pedir vino: al final Xosé sentenció "una botella". No sé qué tiene la uva, rápido crea una nebulosa de cercanía. Con gesto estoico levanté mi copa y brindé con mi nuevo amigo. El padre de Xosé, según su relato, falleció con el alma metida en el mar. Y, por lo visto, para darle inmortalidad a su progenitor, decidió seguir con la faena. Regresó de Madrid, estaba estudiando filología hispánica, y se internó en el duros caminos del mar. Es curioso, todos los sentidos se conmueven al hablar de la muerte inmediata, la qué no se espera.

La evolución de la amistad no depende del tiempo. En una noche, dos esencias similares, pueden empatizar tanto...Xosé, sin ignorar mi propósito, hablar con el mar, me colmó de certidumbres, de lugares maravillosos para hacerlo. Nos montamos en su coche, y rodeada de incógnitas, comenzó a conducir. Llegamos a un lugar experto en deseos de huida, aunque me hubiera esforzado, hubiera sido imposible. La impresión me había dejado inmóvil... Era precioso, pero generaba respeto.

En un lugar así uno puede perder la cabeza. La sensación es imponente, sí, retumbaba el miedo con holgura por todo el cuerpo, elevando a las alturas la vida. Y también la muerte...

¿Qué hubiera sucedido si mis pies no hubieran tenido la adhesión justa? Es complejo imaginar nuestra ausencia... Privarle de nuestra presencia a las personas que nos quieren; en definitiva es forzarles a sufrir. El mar posee cantidad de razones para hablarle de las divergencias que perjudican nuestra existencia, entre ellas el miedo.

Ciertas inquietudes llevan al desasosiego, aunque a veces la pugna parezca ilógica, debemos tener presente siempre el valor. Xosé ciego de mi arrebato, se mantuvo en silencio, con un claro positivismo me miraba, sabiendo que entre las tormentosas olas se encuentran los percebes y los héroes. Al descender de camino al coche, me agarró la mano, y con el deseo al servicio de la gloria, me dijo: "El mar no entiende de humanidad. Te lleva con la luz oscura y no te devuelve".

En la mente están los armarios para vestir las ocasiones especiales...

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