16 de marzo de 2019
16.03.2019

Engalanar la calle con la falla como centro

16.03.2019 | 20:11
Engalanar la calle con la falla como centro

Tal como escribe Xavier Monteys en su ensayo La calle y la casa. Urbanismo de interiores, «cuando se engalanan para alguna celebración, algunas calles se decoran hasta convertirse en salones; es entonces cuando se invierte el papel entre la calle y la casa, y esta última se transforma en un apéndice de la calle» [€] «La gente de estas calles comparte el salón –que no es otro que la calzada- con sus vecinos». [€] «Aunque es obvio que se trata de casos y situaciones excepcionales, no dejan de ser una forma de poner a prueba la capacidad de algunas calles para convertirse en un lugar habitable».

Y es que, como manifestación cultural que pone a prueba el espacio público urbano, la festividad de fallas supone la ocasión perfecta para el análisis en la colonización del espacio urbano por los vecinos y demás agentes que pretenden ocupar y engalanar la calle. La ciudad puede convertirse en una escuela a través del juego, donde se alteran las relaciones entre la calle y la casa, lo privado y lo público. De esta manera,se conforma una suerte de museo-ciudad que esparce esculturas y demás elementos satélites en el espacio público, reinvirtiéndolo y transformándolo temporalmente. La calle ya no es un lugar de paso sino el centro, el escenario y salón de toda representación.

Como es lógico, esta ocupación que tanto nos enseña, manifiesta numerosos problemas y carencias. El diálogo entre los distintos elementos genera una psicología del espacio confusa. Las esculturas falleras, epicentro de la celebración, pasan en muchas ocasiones desapercibidas por las enormes carpas, los decibelios de las verbenas y un sinfín de trastos inútiles desparramados de forma incapaz por las calles. La ciudad alterada no siempre es capaz de mejorar nuestra experiencia ciudadana, en una ocasión única para conseguirlo.

El elemento de la carpa es el más elocuente en esta traslación del salón a la calle. Esta «casa temporal» posee una arquitectura impersonal, tosca, invasiva. En ocasiones, elimina puntos de vista únicos de las esculturas falleras, impidiendo nuestra experiencia contemplativa, aquella que el regalo de las fallas nos altera y nos ofrece. Sus límites opacos confunden,actúan de barrera; el espectador se siente ajeno a lo que sucede en su interior, reducido habitualmente a grupos de gente conocida. Por tanto, la carpa, en tanto que soporte necesario –por logística y tamaño- al tradicional casal, requiere de una necesaria reflexión sobre su arquitectura efímera, con el cometido de imaginarla y proponerla repensando sus límites.

Por otro lado, el diálogo que sí establecen en escala las fallas con la arquitectura adyacente, viene también distorsionado por las vallas que las rodean. Esa descuidada frontera sólo es una muestra del escaso valor otorgado a lo que hace tan especial a esta celebración: la falla. Vallas publicitarias que impiden contemplar las escenas inferiores en la distancia y que en muchas ocasiones acaban siendo la imagen de la fiesta, aquello que irremediablemente se fotografía e inunda la red; marcas de cerveza, alcohol. Ése es nuestro rastro, hecho que no deja de ser una representación fiel de la reducción a la que sometemos este regalo que nos brinda la ciudad y su historia.

Además, este desinterés mostrado por la falla como elemento protagonista en la ocupación del espacio urbano, se visibiliza también en la actual situación de la ciudad del artista fallero. Se trata de un lugar en decadencia, un trocito urbano que es una oportunidad constantemente perdida: la de una ciudad temática que podría ser referencia en Europa. Qué lejano queda imaginar ese recorte urbano como un lugar de trabajo abierto, colectivo, de oficio, de intercambio de ideas y punto de referencia basado en los valores locales. Lo cierto es que hoy es poco menos que un espacio antihumano del que los artistas falleros huyen (apenas existe ya un 30% de ocupación de las naves destinada a la producción de fallas).
En este contexto, se hace necesario valorar la falla como pieza artística, como no-lugar donde, pese al desconocimiento supino de muchos agentes culturales valencianos, se han sucedido en los últimos años algunos ejercicios de enorme valor artístico, con suma riqueza estética y de contenido, además en un espacio capaz de conectar transversalmente con todos los estratos sociales, en edad, ideología y formación. Obras que habitualmente se refuerzan con la edición de cada vez más llibrets de gran interés literario e ilustrativo. Por tanto, el potencial comunicativo de la celebración es total y único.Cuidemos este regalo, mientras trasladamos la casa a la calle, acompañándolo de ese despertar de la responsabilidad ciudadana que, ojalá, haya llegado para quedarse.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook