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El día de la marmota

La vida es cíclica y volvemos a estar en periodo preelectoral. Otra vez. Siento el rechinar de dientes y el escalofrío en la espalda. En la película de Harold Ramis, un meteorólogo interpretado por Bill Murray visita el pueblo de Pennsylvania en donde, cada año, una marmota es la encargada de augurar cuánto le queda al invierno. Una tormenta de nieve obliga a un Murray engreído y algo tirano a quedarse en el pueblo. A partir de ahí, y por una misteriosa razón, el protagonista entra en un bucle del tiempo que provoca que todos los días sean iguales al anterior. Lo bueno es que tiene más posibilidades de seducir a Andie MacDowell.

Al igual que en la película, los ciudadanos vivimos un déjà vu y volvemos a ser receptores de las mismas iniciativas de siempre. Algunas son buenas, otras no tanto, bastantes son nefastas y muchas, la mayoría, van dirigidas a usar a los ciudadanos como un medio para rascar uno, dos o tres escaños. Apenas recordamos la última vez que fuimos tratados como un fin en sí mismo. Si es que esa entelequia existió alguna vez. Ha llegado el momento de las paellas masivas en barrios periféricos de los que solo se acuerdan unas horas cada cuatro años. Vuelven las promesas de ayudas económicas imposibles de mantener, de bajadas de impuestos inviables o de los lemas vacuos y genéricos del tipo: «Ahora es tu momento». Todo es válido para cazar un voto. El fin justifica sus medios.

En época preelectoral y de entre todos los colectivos, los políticos sienten especial querencia por los vulnerables, mayores o inmigrantes, por ejemplo. Hace años presencié un acto de campaña en una residencia. Un candidato entraba en la sala de terapia ocupacional, mientras sus ayudantes incentivaban el aplauso de los mayores de mirada perdida. Al finalizar, el político vocalizaba con prestancia y sobreactuación: «¿Recordaréis que éste es el color de la papeleta que tenéis que elegir el día de las elecciones?». Todos asentían, salvo la monitora y yo, que echamos un par de lagrimillas por tener que asistir a esa indecencia moral. Pablo Casado se arriesgó a hacer campaña usando el cuerpo de las mujeres inmigrantes embarazadas. Es fácil concluir que a Casado no le interesan demasiado ni las mujeres, ni sus hijos, ni el Derecho. Concretamente, el Humano.

Todos los grupos políticos ven en la mujer una gran baza electoral. Por eso, Pablo Iglesias ha decidido ejercer de padre y, por supuesto, ha desarrollado estrategias de marketing para hacérselo saber al mundo. Y, ya que hablamos de niños, que éstos no falten en una campaña. En todas, sin distinción, nos prometen modelos educativos que serían la envidia del finlandés. A pesar de los compromisos y las promesas, no hay septiembre en el que un grupo de pequeños alumnos no empiece un nuevo curso dentro de un aula prefabricada y a una temperatura sofocante.

Idear y proponer medidas que realmente redunden en el bien común debería ser una de las obligaciones de los políticos. El bienestar, el desarrollo de los ciudadanos y el mantenimiento y protección de nuestros derechos debería ser otra. Considerarnos un fin y no un medio es un valor imprescindible, una condición necesaria. Cualquier otra iniciativa suena a día de la marmota. Aunque sin gracia y sin Andie MacDowell.

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