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La vida y la muerte en la campaña electoral

Il naufragar m'è dolce in questo mare» (el naufragar me resulta dulce en este mar), es el último verso del poema El infinito del escritor romántico Leopardi. Oír su recitativo, la lúcida sinécdoque que revela ese naufragio, fue el último deseo que solicitó en el lecho de muerte Rafael Sánchez Ferlosio, a quien debemos respeto y asombro los que andamos martirizando la lengua española con el oficio de escribir.

Ferlosio falleció esta misma semana que ahora pasa, a los 91 años, bajo la sombra de un poema, cuando las palabras toman el sentido de lo sensible, la más sutil de las inteligencias. Ahora que la literatura se ha convertido en un argumentario de sexo y suspense a la que solo le falta un show talent televisivo, la renuncia de Ferlosio al famoseo de la cultura tras sus dos jóvenes novelas de éxito, es un verdadero ejemplo de compromiso con el aprendizaje sobre el significado de la vida.

Aislado en la extremeña Coria con sus pantuflas, la obra de Ferlosio se dirigió al conocimiento más profundo del idioma, el español, una lengua de enorme desarrollo narrativo gracias al periodo barroco, inseminada por los giros sintácticos y léxicos del resto de las literaturas y hablas de las periferias peninsulares así como por la aventura indiana en las américas.

Sin embargo, para el filósofo Martin Heidegger, tutor de la tesis del chileno Víctor Farias sobre las aportaciones hispánicas a la historia del pensamiento, el idioma español no da para filosofar porque carece de la estructura conceptual y flexible del alemán. Hasta que se escribieron los ensayos y opúsculos periodísticos de Ferlosio con sus infinitas frases subordinadas, quien, por cierto, no soportaba a Ortega y Gasset.

Traigo a colación el episodio poético final del autor de Industrias y andanzas de Alfanhuí para rendirle homenaje, pero también para subrayar ese momento término, justo cuando ha entrado en campaña electoral el debate sobre la eutanasia, precedido en jornadas anteriores por la controversia sobre el aborto, lo que ha terminado por conferir a los próximos comicios un componente moral insospechado. Al parecer ya no importa tanto la economía ni el secesionismo catalán, ni los programas fiscales ni la sostenibilidad del sistema público de salud, ni las pensiones. La vida y la muerte se han colado en la política española de sopetón. España se ha vuelto metafísica, ¡quién lo iba a decir!

El principal defensor del derecho a la eutanasia fue Salvador Paniker, el intelectual de origen hindú y hermano de un reconocido teólogo católico, Raimundo. Cuando le visité me contó que, desde hacía tiempo, guardaba en su mesita de noche las pastillas, legalizadas en México, para morir plácidamente si le sobreviniera el momento. Era consecuente. Durante muchos años había presidido la asociación para una muerte digna, e intervino en multitud de debates sobre la cuestión.

Obviamente, la problemática de la eutanasia no alude a la posibilidad de ingerir unas pastillas al modo en el que Sócrates se tomó la cicuta con la que se le condenó a morir. Suicidarse, aunque sea una actitud condenada por la religión, es un acto totalmente libre y a disposición de la conciencia individual. Nadie lo impide aunque sea reprobado.

La eutanasia se vuelve un conflicto cuando se hace necesaria la intervención de un segundo individuo. Familiares, médicos, enfermeros€ corren el riesgo de ser condenados por las leyes españolas vigentes si colaboran induciendo a la muerte de otra persona. Las penas pueden llegar a ser de prisión e incluyen la inhabilitación profesional, y ciertamente, parece a priori muy injusto que la sociedad trate así a los que, según nuestro imaginario, ofrecerían comprensión y compasión a quien sufre una insoportable servidumbre vital.

El dilema ético sobre la vida y la muerte es ahora mismo constante en las salas de nuestros hospitales. La medicina actual es capaz de mantener con sus mínimos vitales a cualquier enfermo pero suele ser incapaz de dilucidar ante muchísimos cuadros clínicos la irreversibilidad de la situación y sin que el paciente sea consciente para tomar una decisión al respecto de su propio destino. Decidir hacia qué lado inclinar la balanza es angustioso. Basta con ver alguna de las series sobre médicos y hospitales que tanto triunfan en los canales televisivos.

Las líneas divisorias son, pues, altamente difusas. Y aún lo podrán ser más en la medida en que la medicina alargue la vida y los hospitales se vayan transformando en geriátricos. No falta mucho para ello. Lo comentaba alertado el periodista Enric Juliana en una tertulia televisiva: podemos no tener dudas sobre la consideración de la eutanasia como un nuevo derecho del ciudadano, pero su legalización sin más puede dar lugar a situaciones peligrosas, entre otras la tentación de utilizarla como un cruel modo de control demográfico.

El debate, en tales fronteras, se parece al del aborto, que en términos simplificadores es reivindicado como un derecho de las mujeres a disponer libremente de su propio cuerpo. Al que se anteponen los sectores más ultrareligiosos, pero también librepensadores como Sánchez Dragó, quien así lo explica en su última entrevista y sin caer en las grotescas comparaciones con los neardentales de Suárez Yllana.

Al fin y al cabo, reflexionar sobre la vida y la muerte nos acerca a la construcción moral que constituye la condición humana. Y que podamos discutir de tales cuestiones, tan delicadas y profundas a un tiempo, y hacerlo de modo sereno y respetuoso dará la medida adulta tanto de nuestros políticos como de sus electores. El idioma da para ello gracias a Sánchez Ferlosio, aunque el creyera que vendrían más años malos que nos harán más ciegos.

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