22 de abril de 2019
22.04.2019
De paso

Empate estructural

22.04.2019 | 20:28
Empate estructural

Cuanto más enredada está la situación política, menos signos de solvencia dan los partidos. No se ponen de acuerdo ni para organizar un debate. La razón es una percepción de debilidad tan intensa que no pueden permitirse ceder una hipotética ventaja al rival. Sin embargo, ellos mismos intensifican esa debilidad al reducir la riqueza interior de su tropa al mínimo posible. No somos un régimen presidencialista, pero los jefes de partido se empeñan en que lo seamos. ¿Quién sabe cuál es el número tres de cualquier lista? ¿Quién sabe algo de cualquier lista que no sea la de Madrid? ¿Hemos escuchado hablar a alguno que no sean los primeros espadas? Ahí ha quedado la revolución feminista para los partidos políticos. Ahora no solo conocemos al jefe de horda. También conocemos a la primera mujer de las listas. Incluso se ha oficializado la situación al ofrecernos un debate con «ellas». Que no era trascendental para nadie se comprobó en que su preparación no fue conflictiva. Pero este minimalismo democrático no es lo que demanda un país serio.

La manera en que se han hecho las listas condena a los participantes a ser meras comparsas del jefe. Buscar celebridades para formar las candidaturas es más bien ridículo si luego no se les da cancha más allá del acto de la presentación del fichaje. Y en cierto modo no se les da cancha porque su capacidad política puede ser inversamente proporcional a su celebridad. Se ha visto con Álvarez de Toledo. Es una periodista notable y sus artículos tienen fuerza y energía. Su oralidad no es buena y su capacidad de dar un mitin inédita. Estas son cosas que se maman, se forman lentamente y solo quien se haya soñado desde muy joven en la situación de dirigirse a una masa, llegará un día a conmover a la gente. Y sin embargo, el mitin es la forma fundamental de comunicación política. Un solo mitin hizo de Melenchon una referencia europea y un acontecimiento inolvidable. Si alguien fuera capaz de dar un gran mitin, seguro que arrastraría a muchos indecisos. Así que estamos en una política en la que los jefes no dejan crecer la hierba bajo sus pies, pero carecen de lo mínimo que se puede pedir a un líder: la capacidad de conmover, convencer y orientar a su gente.

Nunca se pensó que las primarias sirvieran para fortalecer el cesarismo. El grado de conciencia política que puedan tener los candidatos segundones se mide por la confianza que tienen en sus propios méritos para ser elegidos. Un aspirante a diputado nacional debería ser elegido por su esfuerzo. Que tengan que ponerse en la foto tras el candidato a presidente revela una comprensión minimalista de la política, que la reduce poco a poco en su estructura representativa. Eso es lo que va convirtiendo a los partidos políticos en grupos humanos aburridos y sin ideas, predispuestos a reducir sus expresiones a lo que permiten las nuevas formas técnicas comunicativas. Por supuesto, el cesarismo de los jefes se adapta perfectamente a los grandes grupos centralizados de televisión. En suma, tenemos todos los supuestos de una política determinada por realidades ajenas a ella misma.

En estas condiciones, es lógico que el personal esté indeciso. Lo que en las últimas elecciones generales fue diagnosticado como empate catastrófico, se ha convertido en una empate estructural. El bipartidismo ha desaparecido, pero el dualismo de bloques no. La representación se ha graduado de derecha a izquierda, pero respecto de las grandes cuestiones -recentralización o federalismo- la dualidad sigue ahí, lo que implica que los nacionalistas pueden ayudar a configurar un gobierno, pero solo con ellos no se puede renovar un pacto constitucional sólido. Ellos pueden matizar o apoyar un pacto más amplio, pero no pueden protagonizarlo ni decidirlo sin que se quiebre cualquier consenso posible. Por supuesto, la gradación con dualidad ha sido la consecuencia del fracaso de la transversalidad. Ahora estamos en un sistema más estabilizado y podemos decir que el gran estabilizador ha sido el posicionamiento de Unidas Podemos en la línea de IU.

La batalla hace cuatro años era por un nuevo sistema político en España. La batalla ahora es que en la Moncloa no se instale el mismo pacto que gobierna en Andalucía. Esa diferencia es sustancial y todo indica que no permitirá que España entre por fin en una fase de clarificación productiva. Todos los partidos tendrán que corregir el rumbo tras las elecciones, pero en determinados escenarios las correcciones pueden ser drásticas. Si Casado no gobierna, tendremos que ver cómo evolucionan las relaciones del PP con Vox. Los encausados por la trama Gürtel, los encarcelados por corrupción del viejo PP, todos los que hicieron sus fechorías bajo la dirigencia de Aguirre y Aznar, no perdonarán fácilmente a un partido que los dejó en la cárcel a pesar de estar en el gobierno. Esas cuentas no están saldadas y veremos cómo evolucionan.

Al menos algo me parece probable. Sánchez no puede pactar con Ciudadanos salvo que se registre un terremoto radical en el partido naranja, algo que no es previsible a pesar de lo que pueda bajar en estas elecciones. Su radicalización, derivada de su competencia con Vox en el asunto catalán, indispone a C's para asociarse con Sánchez, quien no puede cambiar bruscamente la agenda que le ha llevado a ser la primera fuerza política del país. La posición hacia Cataluña los ha dejado en trincheras enfrentadas. Sin embargo, que Ciudadanos vuelva a ser el partido reformista que comenzó diciendo que quería ser, es poco creíble. Para ese viaje también está gastado, pero resistirá como partido propio porque una convergencia de Vox y PP le deja un claro terreno de juego, el de una derecha formalmente presentable. En todo caso, lo que marcará el rumbo de las transformaciones será la hegemonía de ERC sobre las fuerzas independentistas. Cada grado que se rebaje la tensión en Cataluña, forzará a cambios proporcionales en las demás fuerzas.

Lo ideal para lograr este objetivo, que es el fundamental, sería que Sánchez formara gobierno sin necesidad de los votos de ERC. Sólo entonces podrá haber un diálogo franco que comience a desatascar la situación sin dar impresión de debilidad, lo que es necesario para no producir reacciones de bandazo ni fortalecer la demagogia de Vox y el PP. El papel del PNV y de Compromís aquí es de una responsabilidad histórica que apenas se puede exagerar. Por supuesto, la campaña de Iglesias es funcional para este objetivo y nadie le puede negar sus esfuerzos y su dedicación. Su última entrevista publicada el domingo en El País testimonia la conquista de una forma expresiva sobria y madura. Su mensaje me pareció razonable y persuasivo, salvo cuando habló de los problemas organizativos de los partidos.
En el lento y complejo desmontaje de una muy probable involución española, que ahora es el objetivo fundamental, pues además vendría a fortalecer una renacionalización de Europa, una catástrofe que habrían favorecido las opciones independentistas con suma irresponsabilidad, una buena representación del bloque federalista es una cuestión perentoria. Sin embargo, para mantener la fidelidad de los votantes, ese bloque federalista tiene que disponer de una profunda dimensión social, pues la reforma futura de la Constitución del 78 ha de significar también una reforma de la constitución económica que heredamos del franquismo. Podemos será un actor indispensable en la lenta configuración de ese horizonte de reajuste. Pero Podemos también, cuando acabe este ciclo electoral en mayo, tendrá que asumir las transformaciones inevitables si quiere recuperar a muchos de sus votantes. Porque el empate estructural está lejos de decidirse.

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