13 de mayo de 2019
13.05.2019
De paso

Lo más triste, lo más alegre

13.05.2019 | 20:27
Lo más triste, lo más alegre

Sólo hay una cosa en el mundo más triste que el Marianismo: tener que resucitarlo. Hubiera sido mil veces mejor continuarlo. Habría salido bien. Como nadie sabe a ciencia cierta qué es el marianismo, habría bastado poner cara de circunstancias, ser discreto y saber aguantar chaparrones. Así se habría mantenido una continuidad con la debida discreción. Sin embargo, Casado se comportó como un aprendiz cuando asumió la lectura de España de Aznar, quien ya era un marciano para la sensibilidad general de este país cuando todavía tenía mayoría absoluta y se hacía fotos en Las Azores. Un político que asumió como dogma de fe la mirada de un tipo que no ha rozado el hombro de un español de a pie desde hace dos décadas, no merecía haber llegado donde está Casado, pero como dice la sentencia del Sileno, una vez que ya está ahí, debe irse a casa lo antes posible.

Casado fue presidente del PP por una carambola de odios. Quien esté en política sostenido por estas pasiones tristes, tendrá un camino corto. ¿Dónde está Cospedal? ¿Dónde Aznar? ¿Qué se fizo de aquel infante de Aragón que fue García Margallo? ¿Ha salido alguno a dar la cara por Casado? Sin embargo, ellos son los verdaderos responsables de que haya caminado a la mayor derrota. Unos, aupándolo; otros, dictándole la letra de su canción. Sin embargo, ellos no responderán de nada. Al pobre pupilo de los másteres trucados sólo le ha quedado una salida: dar un nuevo bandazo no se sabe hacia qué destino. El último de los errores. De la misma manera que desacreditó la elaborada política de Rajoy (elaborada aquí es una metáfora de lo que hacen los gusanos de seda cuando se encierran en el capullo), ahora se desacredita a sí mismo escupiendo sobre lo que defendió con firmeza.

Sánchez lo vio al día siguiente y le brindó una salida de Estado: si quiere recuperar la seriedad de un partido de orden, que se disponga a seguirle en sus reformas institucionales. A estas alturas no cabe extrañarse de la jugada, primero dirigida contra Rivera, cuya capacidad para pensar en términos de Estado ya se ha visto con la operación Valls; pero también dirigida hacia Iglesias, a quien puede ofrecerle pactar las políticas sociales. En verdad, la lección que se ha seguido de estas pasadas Elecciones es que el PSOE sigue leyendo el presente con más realismo que ningún otro partido. Sabe que Rivera es ya el único recién llegado indeseable, porque puede disputarle a la larga la centralidad del sistema político español. Esto quiere decir ante todo que Iglesias ya forma parte del sistema de Estado, que él ha ayudado a reconstruir tal y como lo conocimos antes de la crisis. Detrás de él están apoyos reales, las fuerzas de los dos sindicatos principales. Y si Sánchez pone en la balanza las mejoras laborales que los satisfagan, ellos darán por buenos los 42 escaños de Podemos y serán los primeros en considerar que se puede prescindir de entrar en el Gobierno.

En todo caso, lo que tenemos por delante es un interés general en que esta legislatura sea lo más larga posible. El PP, para recomponerse; Ciudadanos, para desgastarlo; Podemos, para ultimar el proceso de identificación con la vieja IU; y el PSOE, para ensayar acercamientos hacia lo que puede estabilizar el sistema político español durante décadas, de nuevo bajo su hegemonía: el asunto catalán. Algunas líneas de fuerza comienzan a percibirse con nitidez. Si Vox alcanza protagonismo, la gente se movilizará a favor de la opción PSOE. No se movilizará a favor de Podemos. Una vez consumada la ruptura con Errejón, con quien podía haber aspirado a tener una cuarta parte del electorado (si son certeras las encuestas), la tendencia de Podemos a la baja es sustancial y no puede sino incrementarse. Cualquier negociación que Iglesias logre que Sánchez le acepte, será mérito de Sánchez. No rendirá beneficios apreciables.

Otra línea de fuerza que resulta clara es que si el Estado se pone en cuestión de verdad, la gente no se entregará a los aventureros neofranquistas, sino a los defensores del Estado democrático. Los españoles han demostrado tener memoria democrática, tan lejana de la pulsión autoritaria ahora explícita en un sector de la derecha. La lección para los independentistas catalanes es doble. Por una parte, que la solvencia democrática del Estado es mayor de la que ellos pensaban; por otra, que España es un socio europeo muy sólido y fiable, porque está en condiciones de contener antes que los demás a la extrema derecha en márgenes no peligrosos. En la actual situación, eso constituye todo lo necesario para que España sea un Estado central en Europa. Sabido esto, los independentistas pueden estar muchos años manteniendo el conflicto, pues tienen poder para hacerlo, pero tendrán que medir si recogen algunos beneficios de la operación que se traían entre manos, o si esperan desgastarse hasta recibir una oferta que no puedan rechazar. Ahí, como es natural, todo dependerá de su capacidad de negociación y de su inteligencia. Pero cualquier actor racional se olvidaría de la independencia en esta coyuntura.

Falta sin embargo el campo de juego de las regiones. Alguien podría decir que nada relevante. Sin embargo, este sería un juicio precipitado. Lo que suceda en las regiones y en las nacionalidades españolas es de máxima importancia para el futuro de este país. Ahí se percibe antes que en otros sitios el cansancio y la erosión de los partidos y constituyen un laboratorio incuestionable en un país que será cada vez más urbano y federal. Ahí es donde se pueden ensayar fórmulas de participación política alternativas, maneras nuevas de entender la representación política, esquemas para politizar a poblaciones que hasta ahora no se habían decidido a la actividad pública, plataformas para evadir la arterioesclerosis de los partidos convencionales. Ahí es donde anda el futuro. Lo sabemos. Imaginemos el PSOE sin Sánchez y preguntémonos qué queda. Funcionarios fieles y competentes. No es poco. Pero no puede ser todo. Por el contrario, en las ciudades y en las regiones, y desde la crisis de 2008, han crecido actores políticos que tienen otro perfil. No controlan aparatos de hierro, no han sembrado jerarquías burocráticas, no han perdido el pulso de movimientos ciudadanos, y ahí están, dispuestos a explorar formas de trabajo político constructivo, sin estridencias, con humildad. Madrid, Barcelona, València, Zaragoza y Murcia pueden ser los ejemplos de otra política más fresca en España.

Iglesias suele decir que los problemas de Podemos fueron por los sillones y por los cargos. Si eso fue así, al menos ya sabemos quién se quedó con ellos. Si quienes los ocupan con disciplina militar se consideraban tan desprendidos, podrían haberlos cedido o compartido. Pero no lo pensaron. Tienen su forma de hacer política y quizá sea necesaria.

Los que lucharon por cuestiones políticas, sin embargo, despreciaron plegarse a los dictados de la jefatura; si se hubieran plegado, les habría valido para mantenerse en todos sus cargos. Prefirieron comenzar el juego desde cero y se lanzaron a la arena en la más desvalida de las posiciones, sin partido y sin apoyo de nadie. Pero quien cree en sus ideas no le teme a la posición más desventajosa. Le teme a traicionarlas. Instalado allí, en la intemperie, quizá sea el mejor sitio para hacerlas visibles con nitidez. Lo más cercano a la intemperie del mundo es el barrio de Orcasitas, de Madrid, donde en los años 60 los emigrantes andaluces se amontonaban en hogares precarios. Mi querido tío Félix fue uno de ellos. Tiene noventa años, pero nunca vio un político de cerca. Que esos vecinos cuenten como los del barrio de Salamanca, es la esperanza. En todos sitios. Cuando es verdadera, la esperanza no tiene prisas por ser ya el presente. Pero cuando se anuncia, produce la más incontenible alegría.

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