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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

Del "fake" al poder del dinero

Es viable una sociedad que premia al político que miente? Nigel Farage es el favorito en las elecciones europeas (antieuropeas, sería mejor) en el Reino Unido después de haberse erigido en el rey de las falsedades en el funesto referéndum del Brexit. A pesar de este pasado, el pueblo lo encumbra de nuevo, si las encuestas aciertan. No ya por lo que representa, dicen las crónicas a pie de urna (en Gran Bretaña se votó el jueves), sino por castigo a los partidos de siempre, incapaces de encontrar una salida razonable al laberinto en que se metieron. Los británicos piensan que no se juegan nada en una votación sobre algo tan lejano como el Parlamento Europeo, pero aún así, una sociedad refleja síntomas de cansancio democrático cuando vota para castigar.

«En este país lo primero que hay que tener es dinero», dice Tony Montana (Al Pacino) en El precio del poder. Estos dos meses largos de elecciones y campañas en la Comunitat Valenciana dejan dos grandes estrellas: las fake news (el temor a ellas y a sus efectos sobre los votantes al calor de la nueva extrema derecha) y el poder económico. En concreto, su inusual desenmascaramiento como agente político. No ha habido día prácticamente sin que la patronal haya recibido a candidatos de uno u otro pelaje y en algunos casos, como ayer, incluso las dos grandes organizaciones empresariales valencianas han hecho doblete. El día grande de la patronal fue además una gran concentración política. La escenificación de poder ha parecido excesiva, con sectores que incluso se han descarado y han dicho a las claras que no quieren que su reino quede en manos de Podemos y, a ser posible, tampoco de Compromís (o, al menos, del último conseller de Economía y su equipo), que ya han tenido bastante con cuatro años de sentirse los villanos de la función.

Si lo unimos a que se ha deslizado que la primera consellera del Gobierno anterior alejada del nuevo ha sido aquella que se negaba a abrir su despacho a los empresarios y a que Podemos ha hecho campaña de sus escrúpulos a las donaciones a la Sanidad pública del millonario señor Inditex (el altruismo no debería ser un problema en una sociedad civilizada si no reclama contraprestación), el escenario resultante de estos dos largos meses ha sido, como poco, de preludio de una confrontación estéril. Ni el mensaje sobrentendido del poder del dinero de «dejemos claro quién manda aquí» ni los incendiarios discursos antiempresa de la izquierda radical cuando aspira a tocar gobierno construyen. Solo ofrecen orgullo y prejuicios.

A Ximo Puig le toca arar el surco entre una sociedad subsidiada y una plutocracia. Entre aquella tan proteccionista donde el ciudadano pueda tener la tentación de sentirse compensado por salirse de las clases productivas (el riesgo siempre de los gobiernos de izquierda radical), y aquella donde los grandes empresarios sientan que el poder político está a su servicio porque la riqueza depende de ellos. El margen es amplio, pero de lo uno y de lo otro se han visto tentaciones.

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