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Nada por la fuerza

Las cosas más absurdas, y por ello más absurdas de ser aceptadas, son sostenidas por los teólogos y los predicadores. Por ciertos teólogos y ciertos predicadores, que defienden la existencia de un ser, una idea o un principio superior a nosotros mismos. Aquellos predicadores de mi juventud que durante años me tuvieron sumido en la duda, porque sus planteamientos y sus paralogismos y su pretensión de dar por demostrado lo que apenas era el enunciado del problema, ofendían a mi espíritu geométrico. Los principios de pureza y el sectarismo siempre actúan en contra de las ideas que sostienen. Le pregunté a Darío Fo, cuando le otorgaron el Nobel, sobre lo que pensaría el Papa de Roma al enterarse de su galardón y me respondió que seguramente estaría encantado, porque quienes en realidad estaban predispuestos contra él eran los cardenales que lo manejan todo, no Su Santidad. También dicen que, una mañana de 1890, cuando a León XIII le anunciaron la muerte del pensador francés Ernest Renan, el Papa preguntó si lo había hecho en penitencia y al comunicarle que no, respondió que al menos había tenido el mérito de la sinceridad en vez de tanto afán por la escolástica y que había sacudido a más de uno de su pereza. Muchos discursos, fecundos y estériles, se cruzan siempre entre las monjas que fuman y las putas que rezan. A mí me parece increíble que fuera hace sólo cinco años que la situación de las viejas estructuras políticas y la de los que las sostienen en España se hiciera insoportable, que vendiéramos el país por décimo cuarta vez al capital bancario y la gente se lanzara a la calle a protestar bajo el yugo coercitivo del partido de gobierno más corrupto de todos los partidos políticos corruptos que hayamos tenido, que son dos. Que la capital donde se forjó el espíritu de la protesta haya perdido el mando a favor de la derecha por el tradicionalismo capitalino que ya hizo expresar en 1761 a Carlos III «mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava» y, en efecto, el intento de rebajar la tasa de contaminación ha hecho que la cultura del coche, ese invento concebido por las empresas americanas para hacer creer que la modernidad consistía en la comodidad de no caminar, aumentara el número de defensores que prefieren morir intoxicados a hacer caso a las recomendaciones sanitarias. València debería mirarse en el espejo de Madrid para reconducir los lazos y la identidad de los políticos con los ciudadanos, porque hay que mantener una relación de confianza entre los representantes y los representados. El voto y la confianza se prestan, y es ahora cuando en nuestra ciudad se va a necesitar mucho más la cooperación que los procesos internos, que sólo producen dolores personales y agotamiento de las vías donde fluyen las buenas ideas. Y cooperación no significa cerrar filas, como se ha hecho siempre en los partidos tradicionales, sino abrirse a las potencias particulares de lo necesario. Un ejemplo, que creo que a nadie se le ha escapado, ha sido el caso de À punt, uno de los procesos más extraordinarios en el campo de lo audiovisual que se conocen en el mundo y que sin duda merecería para explicarlo la ayuda de la psiquiatría y la obstetricia, desde su nacimiento político a su fallecimiento, pasando por su renacimiento y acabando en su desfallecimiento. No es el único caso: quedan sin resolver casos como el Cabanyal, barrio donde ha aumentado la abstención a pesar de las enormes inversiones públicas del Ayuntamiento y los discursos de urbanistas; el caso de la cultura valenciana, que ha cabalgado a lomos de los cinco gurús de cabecera que siguen sin conseguir que despegue la valía intrínseca de todas las inteligencias culturales no abonadas con el reconocimiento mutuo para salir en busca de valores sostenibles. También ha habido fallos de carácter personal, porque el ego está demasiado valorado en una ciudad donde el uso de peinetas llega a estandarizar mediante pelo falso si es preciso, delatando que la herramienta no nace por la necesidad, sino por demostrar que se puede llevar aún sin tener la utilidad por la que fue concebida.

En comparación con Madrid, donde parece que ha habido que disputar con algunas voluntades sectarias, el éxito de la gestión en València, en opinión de muchos, ha sido la negociación, que lo es todo en política. Se ha sabido desde el primer momento eludir los falsos problemas planteados desde generaciones como las tradiciones, el idioma o las banderas para dejarlos en su lugar, un merecido tercer plano. Ante las provocaciones y los bulos, se han tomado el tiempo para dejar que se cayeran por su propio pie o acabaran aburriendo para responder a ello con calma al día siguiente. Algunos cambios hechos a regañadientes, como ocurriera en su día con la polémica ley anti-tabaco, llegarán a ser tan naturales como no encender un pitillo en la sala de espera de un hospital. Como dijo el célebre teresiano catalán, San Enrique de Ossó, que siga en vigor este lema que debería ser escrito en letras de otro en el balcón del Ayuntamiento: «Todo por amor, nada por la fuerza».

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