21 de junio de 2019
21.06.2019

Boris Johnson no debe ser el próximo premier británico

21.06.2019 | 20:49
Boris Johnson no debe ser el próximo premier británico

Avanza el proceso de sucesión de Theresa May, como jefe del partido conservador británico. Entre los diez candidatos iniciales al puesto, algunos ya están descartados y la candidatura de Boris Johnson parece imparable.

Ahora bien, Johnson no debe ser elegido. De serlo, el país cometerá otro terrible error. Si sale elegido será porque sus electores se verán atraídos por su personalidad efervescente, por su fuerte optimismo y empatía pública y porque les habrá convencido de que es el único que puede sacar al partido conservador y al país del enorme embrollo en el que se encuentra y de que puede lograr un acuerdo con la UE mejor que el que consiguió negociar May.

Es más que dudoso que Johnson alcance dichos objetivos. Pues, aunque Johnson lograse negociar, como anuncia hará, algo parecido a un nuevo acuerdo (cosa dudosa pues los líderes europeos se muestran más que hartos de la situación y no parecen prestos a más actos sobre la cuerda floja), el problema que necesita solución, como apuntaba recientemente en esta Plaza Pública, ya no es el divorcio con la UE sino el propio divorcio en el interior del Reino Unido entre los partidarios y enemigos del Brexit «duro» o «blando». El desafío de Johnson (como el de cualquier otro sucesor de May) será encontrar la fórmula mágica que permita lograr una mayoría razonable en el Parlamento y un mayor apoyo de la ciudadanía que adopte una opción. Lo cual, como han mostrado los últimos seis meses en la vida británica, no es nada fácil. Y, aunque Johnson es el candidato más conocido, carismático y popular, su carácter no parece el más adecuado para las circunstancias. Tiene, es verdad, olfato político para adivinar la dirección del viento y adaptarse a ella y también es capaz de prometer mucho y luego decir, si algo falla, que no se le ha interpretado bien. Pero es considerado «mentiroso patológico», «impertinente narcisista», «desleal» y «provocador». Sin paciencia para construir puentes, su desfachatez, grandilocuencia y, especialmente, sus mentiras se han hecho legendarias. Como cuando alertó a los británicos de que, si el país permanecía en la UE, llegarían al Reino Unido 80 millones de turcos.

Como cuando defendió que, con las contribuciones que el país se ahorraría si se salía de la UE, dispondría de 350 millones de libras esterlinas a la semana para financiar el Servicio Nacional de Salud. Sus comentarios racistas, sexistas e islamófobos y sus insultos personales a otros políticos (como los expresidentes Obama y Clinton), han mostrado serios errores de juicio mientras era alcalde de Londres o Ministro de Asuntos Exteriores británico.

Tampoco sus logros parecen indicar una capacidad especial para resolver problemas complejos o ligar acuerdos fiables. Aunque presume de su labor como alcalde, su desempeño en ese puesto tuvo muchos claroscuros, con descuidos clave como no alcanzar los objetivos de construir viviendas asequibles o realizar recortes que redujeron notablemente los servicios contra incendios. Como Ministro de Exteriores, su desempeño fue mediocre y dado a las meteduras de pata, sin una estrategia y prioridades claras. Durante los debates del Brexit se ha colocado en el ala más dura, haciendo público su desdeño por su impacto económico sobre las empresas y ciudadanos y careciendo de respuesta creíble frente al crucial problema de la frontera entre las dos Irlandas. Con este dechado de virtudes no se auguran buenos tiempos ni para el Reino Unido ni para Europa, si Boris Johnson es el nuevo Primer Ministro británico. Todos pagaremos las consecuencias.

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