01 de julio de 2019
01.07.2019
De paso

Poder y gobierno

01.07.2019 | 20:42
Poder y gobierno

A un cargo del nuevo equipo de gobierno de la UCM se le oyó decir en la toma de posesión del nuevo Rector: «Hemos ganado por una décima, pero gobernaremos sin complejos». Todo para el ganador, sugería esta voz autorizada. Lo traigo a colación no tanto para apoyar mi impresión de que el sistema de las grandes universidades parece ya albergar los defectos del sistema político, sino para sugerir que este hábito quizá inspire la lógica de nuestros políticos en esta fase de formación de gobierno. Ya que lo traigo a mención, diré que la Universidad no podrá dar el salto que necesita sin cambiar un modelo de gobernanza y administración que ha tocado fondo. Pero dado que el sistema político parece impotente para dotarse de unas reglas de juego que respeten a la ciudadanía, apenas cabe esperar que le dé unas reglas mejores a la Universidad.

¿A qué se debe esta forma tan primaria de entender el poder? Por supuesto a la inseguridad y la desconfianza justificadas por la incompetencia. Sólo nos sentimos bien cuando tenemos la sartén por el mango. Y eso parecen buscar nuestros políticos. Consideran que la respuesta de los ciudadanos es provisional y, en lugar de respetarla, la interpretan en vistas a lograr lo que todos anhelan: tener las manos libres, aunque sea por una décima. De ahí que desprecien la opinión de la ciudadanía cuando fragmenta su voto. Su aspiración es posicionarse de tal modo, que en la próxima puedan aumentar su poder sin que el otro pueda rechistar. En realidad, sólo se sentirán seguros cuando hayan maniatado al rival. Da igual la ventaja. Por supuesto, ningún actor piensa en el chantaje que de esta forma se hace a la ciudadanía. Todos parecen decirle: no acepto vuestro voto hasta que no me lo deis de tal forma me pueda quedarme con todo.

En realidad solo saben gobernar cuando se aproximan a una especie de dictadura democrática. Esa es, en el fondo, la lógica del bipartidismo. A eso parecía aludir la voz autorizada de la UCM: entre dos, la regla es «todo para el que gana», aunque sea por turnos. De este modo, la vieja brutalidad está garantizada. Si alguien hubiera estado presente en la discreta conversación entre Casado y Sánchez, no le habría sido difícil identificar la lógica de lo que allí se hablaría: yo me como a Vox, tú a Podemos, y entre los dos a Rivera. Y pronto salió Sánchez humillando a Podemos con darle directores generales, y resucitó el portavoz Alonso asegurando que el electorado se daría cuenta de que los votos a Vox ya no son útiles, y se agitaron las aguas de Ciudadanos hasta el extremo de que su líder tuvo que retar a los críticos a formar un partido nuevo. Más o menos lo que pasó tras Vistalegre II.

¿Hasta cuándo se van a regir nuestros políticos como unos caudillos abencerrajes? Yo estoy por decir que hasta que tengan suficientes agallas para entender la relativa autonomía de un sistema político moderno. No sugiero que quienes ponen las líneas rojas estén en otro sitio y que por ello los líderes políticos se conduzcan como si tuvieran que obedecer leyes escritas en bronce sobre su frente. Me inclino a pensar que su comprensión de la relación entre política y poder es la propia de un niño malcriado. Sólo entienden por poder aquello que hacen ellos personalmente. Por eso tienden a liderazgos en los que quede claro que ellos son los únicos actores. De la relación entre política, poder e influencia, de eso, apenas dicen nada. Si no son ellos los protagonistas visibles y exclusivos del poder, entonces hay que buscar la manera de que nadie pueda actuar. Esa negatividad es la que se ha instalado en esa tropa. Así que no necesitamos disponer de moción de censura negativa. Ahora les basta con no facilitar nunca la investidura.

Quizá esta situación se deba a que sólo padecen las influencias, y por eso necesitan aparentar que ejercen el poder. Así, unos porque aspiran a liderazgos fuertes de futuro, y otros porque aspiran a resucitar los tiempos del bipartidismo, todos se han empeñado en imponernos una pedagogía a sangre y fuego cuya divisa dice: «Con el bipartidismo vivíamos mejor». Sin embargo, debemos prestar atención. Lo más probable es que todo ciudadano al que se le imponga esa dura pedagogía, si tiene un mediano sentido de la dignidad, acabe perdiendo todo respecto a los maestros. Y esto no significa solo que haga novillos. Es más peligroso el voto caprichoso, arbitrario, cínico. Así que Sánchez no debería amenazar con ese juego, que deja demasiadas evidencias del ideal de país con el que parece sentirse cómodo, él y en general la clase política estructural del Estado. Hay demasiados ciudadanos que le prestaron su voto en abril y que, si no hay gobierno socialista, ya no le echarán las culpas unilateralmente a Iglesias. Esos ciudadanos no pueden ser convencidos de que lo deseable es que Rivera se abstenga. No creo que los votos que en abril volvieron al PSOE desde Podemos quieran algo de Rivera.

Así que todo lo que no sea ver que el país votó en abril por un gobierno de PSOE y Podemos, es jugar con fuego sobre el lomo de una ciudadanía escaldada. Aquí es donde no me cansaré de repetir que poder y gobierno son dos cosas diferentes. En estos días de bolos con mi libro Imperiofilia, hablo con frecuencia con su editor, Jorge Lago. Una idea que me ha impresionado es que él defiende que en España se confunde gobierno y Estado. Y es verdad. Es lo que antes se llamaba dictadura de gobierno, un sistema donde el ejecutivo tiene todos los resortes del Estado, como sucedía en las viejas monarquías. Añado que eso implica creer que el poder únicamente se tiene si se tiene el gobierno. Creo que esta es una idea poco refinada, y tan poco constructiva como la que identifica poder con la capacidad de obstruir, derribar y destruir.

Poder es también influencia, definición de agenda, confección de programas, perenne control, y sobre todo capacidad de persuadir y de cambiar el rumbo del Ejecutivo. Iglesias no ha deseado explorar esta vía. Sin embargo, es posiblemente el político mejor dotado para ensayarla. Él tiene alma de Tribuno del pueblo, y en esto es posiblemente en lo que no le ha ganado nadie en nuestra historia democrática. Lo suyo, se ha visto bien, no es la política en el sentido convencional de batalla interna, regate corto, negociación, tramoya, mesa camilla y partida de mus. Sin embargo, debemos recordar que los Tribunos eran poderes de suma influencia, aunque no de gobierno. Ellos tenían la capacidad de reclamar leyes y la capacidad de vetarlas, que no es poca cosa, y en sus manos podían amenazar con la secessio plebis, por supuesto. Pero no eran cónsules ni podían serlo. Por supuesto, hubieran considerado una humillación que los cónsules le ofreciesen a su familia cargos menores de la administración. Esa oferta es propia de quien no tiene talento ni finura. Es verdad. La voz de un genuino Tribuno no se puede comprar con cuestores. Pero era propio de estos grandes líderes definir con los cónsules un programa de gobierno legislativo y quedarse fuera del senado, muy atentos para levantar la voz cada vez que los intereses de la gente menuda no eran atendidos. Entonces su dignidad se mantenía intacta, su talento encontraba la figura adecuada, y su presencia se agigantaba por encima de esos amantes del turno que son los cónsules. Y si alguien hubiera dicho que carecían de poder, no habría hecho sino manifestar su completa ignorancia de los asuntos políticos. Los mejores de ellos están en la historia y son inolvidables.

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