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Ciudades globales

El economista Tyler Cowen se preguntaba en su columna de Bloomberg hace unas semanas si uno de los efectos colaterales de la globalización no es una pérdida del carácter propio de las ciudades. Su respuesta fue categórica: de ningún modo. La influencia estandarizadora de las grandes multinacionales -de Apple a McDonald's, de Starbucks a Coca-Cola- ha ido reduciendo la singularidad de determinados espacios. Los establecimientos comerciales se adaptan a los nuevos gustos; el precio de los alquileres se dispara -en parte impulsado por plataformas digitales como Airbnb-, expulsando a las clases medias del centro de las ciudades; triunfa una comida menos autóctona y más adaptada a los paladares internacionales con la fusión de distintos sabores. En realidad, nada nuevo. La sobrasada llegó a Mallorca desde Sicilia y nadie diría que la 'nduja no sea una especie de sobrasada calabresa; el pulpo a la gallega depende también del pimentón (que no es gallego), del aceite (que tampoco) y de la patata (que llegó de América). La gastronomía es impura, mestiza, como las culturas o las ciudades.

Por supuesto, Cowen es consciente de que actúan fuerzas uniformizadoras y de que, hasta cierto punto, lo que podríamos denominar el tipismo se encuentra en retroceso -más en unos lugares que en otros-; sin embargo, el autor del artículo observa que "las grandes urbes son las principales vencedoras. Si las visitas, te aseguro que nunca antes han sido más interesantes o más diversas". Sospecho que tiene razón y no sólo por la diversidad. Capitales como Madrid, Málaga o Palma -por citar tres ejemplos cercanos- ofrecen una oferta cultural, gastronómica o comercial difícil de imaginar quince o veinte años atrás. Pero de nuevo, si nos desplazamos de una ciudad a otra, más allá de lo que es común a todas, permanece un carácter distintivo, una fisonomía difícilmente replicable. La Roma de las Vespas, los gatos y los sombreros Saturno sigue ahí junto a la dolce vita de las terrazas y el irrefrenable caos de sus calles. Cambian los olores, la lengua, el clima, el color de las fachadas, el respeto a las normas, la música que suena en los bares, la eficiencia de las instituciones, el estilo personal, la predilección por el transporte público o el privado, por el taxi o por los VTC, por una marca de coche o por otra. De las grandes metrópolis se dice que ya no se oye en sus calles el idioma nacional y, sin embargo, ¿no sigue siendo Londres el epítome de lo inglés o Madrid de lo español? La pulcritud japonesa sigue definiendo una capital como Tokio y en la modernidad china sigue latiendo el poso de una cultura muy antigua. Algo hay de irremediablemente italiano en la Little Italy de Nueva York y de club de jazz en el viejo Harlem, al igual que Filadelfia mantiene un estilo vieja Europa que no se encuentra en otras ciudades de los Estados Unidos, quizá sólo en Boston.

Así como en la condición humana se dan permanencias antropológicas que no desaparecen por más que se empeñen los ingenieros del alma, tampoco los sesgos culturales de la sociedad se difuminan tan fácilmente. Ninguna civilización sobrevive contemplándose sólo a sí misma, sin abrirse a la novedad del mundo. Lo que se pierde sin remedio por el camino se recupera mediante una fecundación distinta. Es el fruto de la libertad que nunca se sabe hacia dónde soplará. Un mundo más interconectado no significa necesariamente un mundo menos singular ni menos diverso.

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