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Picatostes

Hi ha en El Cabanyal

Escuchando estos días la reedición de The Rolling Stones Rock and Roll Circus, un concierto-espectáculo realizado a finales de 1968 por el grupo británico, entre los temas del álbum se encuentra Over the Waves o Sobre las olas como reza su título original. Se trata de un vals del compositor mejicano Juventino Rosas Cárdenas, que como ha sucedido en otras ocasiones de la historia de la música la composición ha seguido viajando en el tiempo mientras el autor ha pasado al gran Salón de los Olvidados. Escrito a finales del siglo XIX el vals mejicano acabó dando la vuelta al mundo y desde su edición han sido muchos los músicos que han querido dejar su versión. Entre las últimas, la del músico y compositor Victor Trescolí, que haría las delicias de la banda sonora de cualquier película de Tim Burton.

A parte de mi sorpresa inicial: Escuchar el vals Sobre las olas en un concierto donde se juntan, además de los Rolling Stones como maestros de ceremonia, The Who, Jethro Tull, Taj Mahal, John Lennon, y los cantos inolvidables de Yoko Ono -a juzgar por el interés mostrado por mi perro- la composición me ha trasladado a otros tiempos y otra versión, ésta a cargo de Joan Monleón y el grupo Pavesos que en su momento popularizaron por plazas de pueblos, escenarios efímeros, celebraciones reivindicativas, etc. En unos tiempos en que las señas de identidad valencianas comenzaban a ser un campo de minas o arenas movedizas agitadas desde la coctelera de la derecha in extremis, el vals mejicano en versión autóctona y transformado en canción popular, El Cabanyal, conseguía hacer las funciones de improvisado himno unitario mucho antes que Alfonso Guerra y Abril Martorell sellaran El abrazo de Fu Man Chu y acotaran nuestras aspiraciones nacionales.

Este Over The Waves o Sobre las olas, gracias al ingenio popular se metamorfoseaba en su versión local, El Cabanyal, en una crónica satírica sobre las vicisitudes de una joven del barrio marinero y las consecuencias de su relación con un forastero: Hi ha en el Cabanyal / una casa que fa cantonet / la xica d’allí / festejava en un xic foraster… Aunque la canción ha ido volando en el imaginario de varias generaciones de valencianos, no creo que hoy en dia forme parte de ninguna play list, más allá de su uso por parte de alguna charanga o formación musical en épocas festivas. Estos últimos meses que he andado ocupado con la elaboración del documental Monle, Món, Monleon, el tema de El Cabanyal ha reaparecido como invitado sorpresa fundiéndose entre las fotografías en blanco y negro y el VHS descolorido de los archivos del showman televisivo.

El documental Monle, Món, Monleon es un proyecto de la fundación que dirige Amadeu Fabregat, primer director de Canal 9, sobre el showman y actor Joan Monleón cuando se cumplen diez de su muerte. Como recordaba Fabregat en este diario a Joan Carles Martí el programa El Show de Joan Monleón acabaría siendo un revulsivo en la València de los 90. Y descolocando a izquierda y derecha. Como participante de aquella aventura televisiva, confieso que nadie de los que estábamos en el inicio del programa -empezando por el propio Joan Monleón- se nos pasó por la cabeza el posible éxito y fenómeno mediático que llegaría a convertirse el programa. Las claves del éxito de un programa se me antojan difíciles de adivinar, a no ser que tengas a Isabel Pantoja desnutrida en medio de la selva las 24 horas del día. Recuerdo el inicio del programa radiofónico Bikini Club, un proyecto gamberro para las veladas nocturnas, aquí tampoco nada hacía prever, más allá de la energía volcada y las ganas de pasárselo bien, que aquello se convertiría en uno de los programas insignia de la debutante radio autonómica. El documental Monle, Món, Monleon, que rememora ese momento áureo de la televisión autonómica, cuenta con la experiencia de Àngel Martínez al frente de la dirección y producción y un equipo técnico que ha puesto toda su sabiduría en el proyecto entre grabaciones en València, Madrid y Barcelona en medio de un buen puñado de entrevistas, como se suele decir, para todos los gustos y sensibilidades.

En estos momentos de zozobra televisiva para À Punt y con el share en los talones, quizás alguien haya pensado en una posible puesta al día de la fórmula monleonísima, si es que la hubo, como botiquín de urgencia. Personaje irrepetible, «el Monleón Style» nació, triunfó y murió con el propio personaje. En esta primera temporada de À Punt he seguido algunos de los programas que ha protagonizado al principio del arranque de la cadena Pep Gimeno Botifarra junto a Miquel Gil. El cantaor de La Costera apuntaba aquel punch o poder de comunicación, de conectar con el espectador que en su momento tuvo Joan Monleón. Quizás los dos, uno desde el mostrador de la horchatería y el casal fallero y el otro, desde ese paisaje «d’on comença l’horta i acaba el secà» de la canción raimoniana han crecido tocando tierra, empapados de esa cultura o filosofía popular que no se aprende en las Facultades de Ciencias de la Información ni Escuelas de Marketing. La ciencia tangible del «senyora l’ha tocat la clotxina» y «A ta mare l’han vista/ en el Barranc de l’Assut/ en les cames obertes/ i mostrant la palput», nos guste o no, forma parte de nuestra singularidad junto con el meninfotisme y la paella de pollo y conejo. No sé si en el futuro Pep Gimeno Botifarra volverá a tener otro vehículo televisivo, pero los spin doctors de À Punt no estaría mal que invirtieran un poco de tiempo en las posibilidades de «El Mètode Botifarra».

Estos días la ciudad de València celebra una nueva edición de los populares conciertos de los Jardines de los Viveros. La programación siempre ha tenido un poco de cajón de sastre, quizás este eclecticismo sea a fin de cuentas su propia naturaleza artística. Borrados en el tiempo han quedado aquellos lejanos ochenta con Ricard Pérez Casado y el dibujo en el mapa local de un Festival d’Estiu siguiendo el modelo de otras ciudades europeas. Los vaivenes municipales y mezquindades politicas acabarían arruinando aquel proyecto- y otros- y los recortes presupuestarios le darían la puntilla. Ahora, en estas noches de julio con nostalgia de terraza de verano y muros perfumados de jazmín, vuelvo a escuchar aquel vals que recaló en el Cabanyal para transformarse en canción popular: Hi ha en el Cabanyal…

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