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Caminar

Para ser moderadamente feliz, me bastan un par de deportivas. Y, si están desgastadas, mejor. Significa que me han llevado de aquí para allá. Una campaña muy chula de Camper fue aquella que nos aconsejaba: Walk, don't run. La simplicidad es revolucionaria. Ir caminando a los sitios, también. Requiere de tiempo, eso que ahora apenas tenemos.

Estamos sometidos a convocatorias y correos electrónicos. Hay que responder a los mensajes y atender a las notificaciones. Vamos con el reloj pisándonos los talones y vivimos en un constante atasco. Algunos pasan media vida sentados en una silla y solo usan las piernas para desplazarse al lavabo, para acercarse a la impresora o para salir a correr de manera compulsiva. La ciudad, los pueblos y todo lo que sucede en sus calles pasa desapercibido para muchos. Somos adictos al coche. Sí, lo somos; a pesar de que las consecuencias nefastas del cambio climático ya no son una amenaza, sino una realidad. Lo usamos para ir a comprar los domingos (entre semana ya no hay tiempo) y cuando quedamos para comer, cenar o ir a la playa exigimos poder aparcar delante. El coche ha inutilizado nuestro cuerpo.

Médicos y trabajadores sociales gallegos se han unido para promover la iniciativa del paseo diario. Un programa que comenzó siendo piloto y que ahora es una rutina institucionalizada. Cada día, a la misma hora, un grupo de personas de un barrio queda para pasear. Y lo hace durante horas. El resultado es la mejora de la forma física de los participantes (a quienes, entre otras cosas, les han bajado los niveles sanguíneos de muchas cosas malas malísimas) y la consolidación de las relaciones sociales entre vecinos, casi todos mayores y aquejados del mal del siglo XXI: la maldita soledad. Nietzsche decía que caminar le provocaba un profundo estado de inspiración, maestro y discípulos peripatéticos filosofaban mientras deambulaban por jardines, Kierkegaard escribió que lo más importante era no perder el deseo de andar y los flanêur se iluminaban mientras vagaban por las calles de París. Y yo, que soy muy de creer a pies juntillas lo que dicen los sabios, he empezado a practicarlo seriamente.

Si vas a trabajar caminando, llegas de mejor humor y gestionas el tiempo más eficazmente. Si andas, socializas. Antes o después, la calle se convierte en un lugar de encuentro y no solo en un espacio de paso. Si criticas la dejadez de las empresas de limpieza, lo cerdos que son algunos ciudadanos o el mal estado de aceras, papeleras y contenedores, lo haces con conocimiento de causa. Ves la diferencia social entre los barrios y la cantidad de pequeños comercios que han echado el cierre. Al caminar constatas que grafiteros y algunos propietarios de perros necesitan un cursillo acelerado de urbanidad. Que los bares han invadido el espacio público con su mobiliario, que faltan zonas verdes, bancos y que los semáforos nos dejan poco tiempo para cruzar. Sufres las bocanadas de aire caliente de las salidas de los aires acondicionados y te percatas de que hay fachadas, con cortinas raídas, que esconden inframundos. Solo si caminas, descubres un rincón de higueras flanqueado por el cemento. Los representantes públicos deberían ir al trabajo caminando. Sería una buena escuela y comprenderían algunos problemas de los ciudadanos de a pie. Y un consejo: háganlo con deportivas.

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