21 de julio de 2019
21.07.2019

Una mirada dominante

21.07.2019 | 17:11
Una mirada dominante

Esto de hacerse retratos viene de muy atrás. Los faraones llenaban las riberas del Nilo de pinturas y estatuas gigantescas con su efigie y descripción de sus hazañas, y los emperadores romanos hacían otro tanto en los confines del imperio. En ambos casos se trataba de proyectar poder y majestad y eran instrumento de propaganda y de dominio. Algunas religiones como el cristianismo, el budismo o el hinduismo (a diferencia del Islam o del judaísmo) utilizaron la pintura y la escultura para trasladar a masas ignaras la majestad de la gloria celestial con "retratos" de la divinidad en donde, entre nosotros, dios padre aparece como un simpático (o iracundo) viejecito de barba blanca. Tanto se abusó de estas libertades artísticas que se desencadenaron las rebeliones iconoclastas.

Con el paso de los años los artistas, sin dejar de hacer propaganda política y religiosa, se hicieron cortesanos para adular la vanidad de aristócratas y mercaderes adinerados. Se pasó así del retrato fanfarrón al halagador y la costumbre ha llegado a nuestros días, aunque ante la popularización de la fotografía (incluidos los "selfies") no le ha quedado más remedio que refugiarse en los encargos de las instituciones públicas, que cuentan con galerías de retratos solemnes de quienes las han dirigido a lo largo de los años. En algunos lugares podían permitirse retratistas de mayor calidad, y así hay algún director del Banco de España pintado por el mismo Goya, uno de los mejores retratistas de la pintura universal porque pintaba no solo el físico sino el alma y carácter del retratado, como muestra su magnífica "Familia de Carlos IV", que refleja tanto la estulticia abúlica del monarca como la fealdad soberbia de la reina y la ambición obtusa del príncipe de Asturias. Y como entre nosotros la Historia se reinventa en el mejor estilo orwelliano, el Parlament de Cataluña ha retirado el retrato del Rey Felipe VI e imagino que para cubrir el hueco se debaten entre colocar uno del "Fugado de Waterloo", cuya alborotada cabellera hace pensar en un Boris Johnson moreno (al fin y al cabo, uno quiere salir de Europa y el otro de España), o si poner el del inefable Quim Torra, actual presidente de la Generalitat, que ofrece la ventaja de ser un ejemplar de pura raza catalana. Yo no dudaría.

Viene esto a cuento del descubrimiento de un retrato de Velázquez que se consideraba perdido desde hace más de doscientos años y que cuando reapareció se confundió inicialmente con una obra de la escuela flamenca. Es un cuadro fuerte y sobrio de Olimpia Maidalchini Pamphili, que era sobrina y amante del Papa Inocencio X (Gianbattista Pamphili), del que Velázquez hizo un inquietante retrato que revela inteligencia y desconfianza y ante el cual el tiempo parece detenerse. Se encuentra en la Galería Doria-Pamphili, en la romana Vía del Corso, y sus ojos inquisitivos no dejan de mirarte mientras te mueves a su alrededor. Tras verlo Olimpia le pidió a Velázquez que la pintara también a ella, aprovechando que el pintor estaba en Roma, donde se alojaba en el Palazzo di Spagna,

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook