24 de julio de 2019
24.07.2019

El viaje a la Luna y el cambio climático

24.07.2019 | 19:52
El viaje a la Luna y el cambio climático

Como una canica azul, así se vio la primera imagen de la Tierra tomada por un ser humano desde la Luna. Fue en 1968, durante la misión Apolo 8, ese viaje a nuestro satélite en el que los tripulantes no llegaron a pisar el suelo lunar. Un año después, el éxito fue para el famoso trío Armstrong- Collins- Aldrins en el episodio que ahora cumple 50 años.

La impactante imagen tomada por el Apolo 8 contribuyó a impulsar una conciencia ambiental global, al 'materializar' la idea de finitud de nuestro mundo. Aunque parezca increíble, esto último todavía se está cuestionando por los terraplanistas. Así que mejor aportemos un poco de humor. Aquí va la última teoría que circula sobre el Cambio Climático: «El calentamiento global es debido al exceso de almas pecadoras quemándose en el infierno, ya que al ser la tierra plana y el infierno estar debajo de la misma, se produce un efecto sartén».

Del Apolo 8 al Voyager 1
Más tarde, en 1990, durante el viaje de la sonda Voyager 1, Carl Sagan consiguió que esta echara un último vistazo atrás antes de abandonar definitivamente el Sistema Solar, cuando estaba a 6.050 millones de km de la Tierra (La Luna, a unos 380.000 kilómetros). Y ahí quedó retratado, esta vez no como una canica sino como un 'punto azul pálido', nuestro planeta. El libro de Sagan, con ese mismo título, es muy recomendable. Si escuchan de su voz el breve mensaje sobre esa imagen, no quedarán indiferentes. «Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros»€ «En nuestra oscuridad -en toda esa inmensidad-, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos»€ «En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido€»

La conciencia ambiental mundial, que emergió a finales de los años sesenta, impulsada por movimientos socioculturales como el ecologismo, encontró en el impactante informe del Club de Roma de 1972 -»Los límites del crecimiento»- un cambio de interpretación determinante, poniendo las herramientas científicas sobre la mesa, alertando de lo que nos aguardaba si no se frenaba el galopante ritmo de crecimiento. Un crecimiento que presuponía la existencia de recursos naturales ilimitados. Los organismos internacionales empezaron a tomar nota. Pero varios de los límites se han ido sobrepasando y los efectos ya se están sintiendo.

Un artículo de Emilio Santiago Muiño, publicado en 2016 en la Revista de Occidente, hace un recorrido por las sucesivas actualizaciones, réplicas y críticas del citado informe, explicando los posibles escenarios a los que nos enfrentamos, según como actuemos frente al Gran Colapso.

¿La colonización espacial como solución?
Uno de esos escenarios parte de la hipótesis de que una tecnología muy desarrollada puede permitir el crecimiento de los recursos y de la capacidad de eliminación de residuos de manera exponencial. Con lo cual, la demanda industrial podría crecer al desaparecer cualquier limitación biofísica.

Y aquí, sigue el autor, «la única opción verosímil para que ese escenario pudiera desplegarse es la colonización espacial». O sea, echar mano de otros planetas.

No obstante, «existe un desfase insalvable entre lo naturalizado que tenemos la odisea espacial como siguiente paso en el proceso evolutivo humano y su viabilidad técnica real. Las películas nos han acostumbrado a pensar que el cosmonauta es el hombre o la mujer del futuro. Sin embargo, medio siglo después de su nacimiento, el programa de conquista del espacio ha resultado profundamente decepcionante€ demasiado pobre si esperamos en diez o veinte años explotaciones mineras en las lunas de Júpiter o en un siglo la terraformación de Marte»€ «La razón última de este fracaso es una inviabilidad económica que traduce una inviabilidad ecológica: salvar la gravedad terrestre y mantener vivos a seres humanos en condiciones tan radicalmente hostiles a la vida implica un derroche energético que solo puede ser asumido, y de modo testimonial, por sociedades energéticamente pletóricas».

Nuestro gozo en un pozo. Prefiero no contarles ahora cuáles son los otros escenarios que se nos presentan, para no amargarles las vacaciones.

Mientras tanto, apliquemos algunas medidas a nuestro alcance, exigiendo a nuestros nuevos gobiernos que abandonen de una vez por todas la maquinaria del crecimiento por el crecimiento, por ejemplo, en el urbanismo o en las infraestructuras, con un cambio radical del sistema de ocupación del suelo y de los transportes, asuntos que ya hemos tratado ampliamente en estas mismas páginas.

Pues, como sabiamente afirman los autores del informe del Club de Roma, «las ideas de límite, sostenibilidad, suficiencia, equidad y eficiencia, no son ni barreras, obstáculos ni amenazas. Son guías hacia un mundo nuevo...»


En memoria del colega y amigo Ramón Fernández Durán (1947-2011)

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook