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Matías Vallés

Arrimadas, arrinconada

El bipartidismo instauró un machismo forzoso, la gran revolución feminista de Zapatero contó en algún momento con dos vicepresidentas del Gobierno pero sin invertir jamás los sexos de la cúpula. Rubalcaba aplastó a su antes protegida Carme Chacón, para demostrar que la virilidad es un requisito indispensable. A mediados de esta década, la disyuntiva se abrió a tres y cuatro bandas. No importa, todos los candidatos de 2015 y 2016 eran varones. Y la ultraderecha tampoco aterrizó bajo la batuta de una Marine Le Pen.

Cinco de cinco líderes varoniles, y ningún síntoma de que esta alineación vaya a cambiar en el inmediato futuro. El quinteto de formaciones estatales preserva una unanimidad ideológica, inamovible durante las cuatro últimas décadas. Dudan de su constitucionalidad, pero no de su adscripción uniforme a la testosterona. Ha habido una Rosa Díez, pero solo disfrutó de una condición episódica de figurante.

De ahí que el arrinconamiento de Inés Arrimadas en la ejecutiva cincuentenaria de Albert Rivera no pueda interpretarse como una casualidad, dado que se inscribe en una tradición inamovible. La candidata a las catalanas de 2017 obtuvo una primera plaza asombrosa, que todavía escuece a los independentistas pese a conjurarla con una mayoría absoluta. Sin embargo, la candidata de Ciudadanos jamás ejerció su papel de fuerza mas votada. Según una inveterada ley de la Cataluña reciente, culminó su objetivo y se fue de vacaciones. En su caso no se exilió en Waterloo, aunque la simbología puede mantenerse con su destino en Madrid.

En las elecciones al Congreso, la corajuda política que se enfrentó en solitario al secesionismo al completo se ha desdibujado a un ritmo alarmante. Podría incluso especularse con la intervención de Putin el envenenador en su ánimo alicaído, en su persecución de papeles cada vez más histriónicos en la gran parada gay. El lunes, Rivera le asestó el golpe definitivo al retirarle la palabra en su ejecutiva. Arrinconada Arrimadas como portavoz, se neutralizaba a una mujer que en 2017 debió desafiar los exabruptos en aumento de su líder, para extender más adelante su naturalidad catalana al resto del país. Un juguete roto. Rota, después de que la abandonaran en el Parlament con el trabajo más ingrato de España. Una infamia, por emplear la palabra más frecuente en labios de la diputada amordazada.

Rivera siente más celos de su cada vez más teórica número dos que de Pedro Sánchez, y la envidia es el combustible preferido por el líder de Ciudadanos. Sin embargo, sería injusto adjudicarle un comportamiento singular. Funciona mediante la ley no escrita de que los grandes partidos deben estar encabezados por hombres. Las indudables grandes mujeres son acordonadas en segundo plano, según el vademécum machista. Cero de cinco es una marca insostenible. Con la presencia creciente de mujeres en altos cargos, al menos dos del quinteto de partidos estatales deberían estar bajo la batuta femenina. En aplicación estricta de una ley de paridad abolida en la cima. La estampa resultante es tan anacrónica como ver a seis hombres entre los siete miembros del Tribunal Supremo del procés.

Peor todavía, arrinconar a una mujer como Rivera ha hecho con Arrimadas se convierte en requisito, en una prueba iniciática para alcanzar la posición preeminente en un partido estatal. Los líderes del Congreso se levantan sobre los hombros de mujeres gigantes, convenientemente humilladas para cercenar su ambición.Si se empieza por el PSOE, el duelo se estableció entre Susana Díaz y Pedro Sánchez. Ningún socialista tiene dudas sobre la corrección de la elección final, por lo menos antes de la votación de investidura. Sin embargo, la tostada del liderazgo siempre cae por el lado de la mantequilla.

También es posible que Pablo Casado supere en inteligencia y preparación a Soraya Sáenz de Santamaría y a Dolores de Cospedal. Estadísticamente tiene su gracia que, con un 67 por ciento de mujeres de acreditado carácter en liza, la victoria final favoreciera al único varón. Y nadie atribuiría al ganador unas virtudes, incluso físicas, por encima de sus rivales. El máster, en todo caso. Analizada la curiosa coincidencia de que Ciudadanos sacrifique a la ganadora de unas elecciones para consolidar a un perdedor incorregible, se puede alegar que Santiago Abascal no cuenta con una adversaria a su altura. Tiene la suerte de que todavía milita en otro partido, se llama Cayetana Álvarez de Toledo.

El caso de Podemos remite a las esencias freudianas. Irene Montero es la pareja de Iglesias pero también su antagonista, cuando rehúsa la oportunidad de convertirse a los 32 años en la vicepresidenta más joven de la historia. Solo quienes crean en la no interferencia electoral de Rusia sostendrán que este adelantamiento por la izquierda es ajeno a la cerrazón pétrea de su compañero de hipoteca. Piensen si no en François Hollande y Ségolène Royal.

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