19 de agosto de 2019
19.08.2019
De paso

Una maldición histórica severa

19.08.2019 | 20:05
Una maldición histórica severa

Aunque pretendía escribir sobre el asunto que anunciaba en mi artículo anterior, sobre si las Universidades constituyen sujetos fiables para los profesionales, profesores e investigadores que viven en ellas bajo el régimen de gobernanza actual, no puedo hacerlo. No me he repuesto todavía del estupor que sentí cuando, como mero espectador, escuché los discursos, actitudes y modos que se desplegaron en el acto de investidura de la nueva Presidenta de la Comunidad de Madrid, la señora Díaz Ayuso. Creo que ese acto es de máxima relevancia para la opinión pública española y en modo alguno constituye un asunto de interés regional. Por eso lo traigo a estas páginas con plena conciencia. En efecto, considero que ese acto es relevante para entender el futuro de nuestro país, y su ignorancia o su olvido puede ser fuente de importantes desgracias para la salud política, moral y cultural de la ciudadanía.
Ese acto nos afecta a todos porque, desde el principio, la señora Díaz Ayuso jugó con la identificación de Madrid con España. Madrid, como muro que contiene a la izquierda, ejemplo de lo que será el gobierno futuro del Estado, motor económico de España, garantía de la unidad de España; Madrid fue en su discurso la parte y el todo, el crisol de todas las virtudes, porque, he ahí la hazaña, en la mejor de las oportunidades para la izquierda ha sabido mantenerse firme entregando sus votos a un gobierno de la derecha. Díaz Ayuso hablaba desde luego como representante de esa derecha que ya ha acuñado la operación de sumar, y que hace un par de días sancionaba como el esquema futuro de la política española Vidal Quadras, ese hombre que acompañó a Aznar para que el PP no existiera en Cataluña, que fundó VOX, que se fue de él y que ahora, tras restar todo lo que pudo a su paso, apuesta por la Suma.
En cierto modo Díaz Ayuso tiene razón. La forma específica en que la Transición mantuvo el centralismo económico creado por el tardofranquismo ha hecho de Madrid el motor económico del país. La doble ventaja de tener las leyes más permisivas, con la importante ayuda de gastar allí la mayor parte de los impuestos de los españoles y mantener así toda una gran Administración estatal, hace de Madrid una potencia económica paulatinamente creciente, que deja atrás al País Vasco e incluso tendencialmente a Cataluña. Ese dispositivo económico es muy difícil de desactivar porque beneficia a una clase media más poderosa que la del resto de España, al contar con una mayor cantidad de funcionariado dependiente del Estado. Cuando la izquierda habla de ofrecer seguridad a la población, debe contar con que la estructura actual del Estado y el actual reparto del poder económico ofrecen garantías a una gran cantidad de madrileños, que difícilmente van a apostar por el cambio.
En Madrid no se necesita ideología para explicar estas cosas. Todo el mundo las tiene claras. La ideología se necesita para que las poblaciones de Castilla-León, de Andalucía o de la Comunidad Valenciana se impliquen para defender ese modelo, que sin embargo no garantiza en sus territorios los mismos beneficios. En eso también Madrid es el modelo. Pues ha sido capaz de poner en marcha una forma de argumentar que se muestra muy eficaz por el momento y que las demás formaciones políticas no han hecho nada por desmontar. Lo vimos en el acto de la investidura y fue entonces cuando la señora Díaz Ayuso manifestó su perfil con más nitidez. Entonces mostró que su mente está literalmente ocupada por una serie de consignas que ella dispara con la violencia indiferente del pinche de obra que lanza ladrillos al oficial mil veces al día.
Esa constitución ideológica de la nueva derecha del PP ya está preparada para sumar desde luego a Vox y a Ciudadanos, de los que no se diferencia en nada. Consiste no tanto en la materialidad de unas ideas fijas: como que en Navarra se ha dado el poder a ETA, o que España está en peligro de perder su unidad porque se negocia con los independentistas, o que está en peligro la libertad de enseñanza si no se aprueba el cheque escolar, por no hablar de las mentiras sobre el cambio climático. Lo importante no es el contenido de estas ideas, que permiten que alguien pueda ser representante político sin que se le escuche un argumento, un razonamiento, un matiz. No. Lo importante es la idea trascendental de todas ellas, a saber, que la izquierda es radical. Se lo dijo a Gabilondo, que no creía lo que estaba oyendo. Con todas sus letras: «Yo lo respeto a usted en lo personal porque tiene formas moderadas. Pero sus ideas son igual de radicales».
Sin pestañear, como un comulgante confesaría el milagro de la transustanciación, la señora Díaz Ayuso hace de Gabilondo un hombre de ideas radicales. Lo que quiere decir esto es sencillamente que la señora Díaz Ayuso no está en condiciones de entender la pluralidad democrática, ni desde luego puede de asimilar que la vida de las instituciones y los valores sobre los que convivimos tienen más de una interpretación clara; pero sobre todo no es capaz de entender que la complejidad de la vida social permite jerarquizar esos valores de formas diferentes, bien por razones intrínsecas, bien por razones coyunturales. Ese feo vicio de considerar como radical todo lo que no coincida exactamente con sus propias ideas nos permite augurar en la señora Díaz Ayuso una mente dogmática e inflexible, y tanto más cuanto más apariencia de inseguridad nos ofrezca. Si la izquierda entra e ese trapo, está perdida.
Lo vimos en otro detalle que revela algo más de la naturaleza y la estructura de su forma de argumentar. No se trata tanto de que reclamara la protección propia por su condición de mujer respecto de la verdad de determinadas alusiones que se han producido por parte de testigos en sede judicial acerca de créditos confusos e impagos; lo decisivo estuvo en la contradicción performativa con la que consumió la media hora última de su intervención. Sin duda, no habría caído en esa contradicción, que nos sumió en el escándalo, si hubiera tenido algo mejor que decir. Pero debe andar falta de argumentos, pues tras afirmar que no permitiría que su familia entrara en el debate público, la exhibió de forma deplorable durante los minutos siguientes, en un rosario melodramático de confesiones y de recuerdos que dejaron a su familia ya expuesta para siempre al escenario público. Esto sencillamente significa que ella está dispuesta a usar en público a su familia del modo más impúdico, usando a su favor de manera impropia aquello mismo que afeó a la oposición, que lo hizo con pudor, derecho y corrección.
Pero así parece que apunta la nueva clase política de la derecha. Una que ha llegado al nivel de ridículo en la actuación de la persona del portavoz de Ciudadanos. Durante toda la sesión de investidura se manifestaba eufórico, quizá porque ya preveía que pronto correría el escalafón, dado el papel de su jefe, el señor Aguado, en esta aventura. Sin embargo, cuando debía dejar de hacer muecas ridículas y comunicarse con la ciudadanía para comentar el nombramiento del nuevo Consejero de Justicia de la Comunidad de Madrid, que ya tuvo que ser apartado de la investigación de la Gürtel por parcialidad y de la Audiencia por conducta escandalosa, este mismo hombre de mímica locuaz, pone cara de circunstancias y dice que no tiene nada que comentar de ese nombramiento. Que lo haga el PP, ha dicho. ¡Como si no fueran a gobernar juntos en el mismo gobierno solidario!
Este tipo de gente es la que nos gobernará en caso de que haya Elecciones en noviembre y la opción Suma devolviera al PP a su origen y a su mayoría. Y si eso fuera así, entonces una maldición histórica severa caerá sobre las fuerzas políticas que no lo han impedido.

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