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Un tiempo vital (o letal)

Nací y crecí en una época y en un pueblo en el que el tiempo que se tardaba en salvar la distancia hasta el hospital más cercano era más mortal que el propio mal que aquejaba al enfermo que tenía que ser trasladado. De aquellas primeras décadas de mi vida, cuando el sistema sanitario distaba mucho de lo que después fue en cuanto a proliferación de instalaciones y a facilidad geográfica de acceso a ellas, recuerdo a mujeres que daban a luz en coches particulares camino del hospital cuando aún faltaba un mundo para llegar el paritorio. Y a madres y padres de amigos que posiblemente hoy seguirían aquí si la atención tras el infarto o el ictus que acababan de sufrir hubiera sido más rápida.

Eran apenas unos setenta kilómetros, aunque jalonados por varias travesías tortuosas, los que separaban la vida de la muerte. Y siempre que el desplazamiento acababa en deceso, lo que ocurría en muchas más ocasiones de las que podrían considerarse estadísticamente aceptables, se escuchaba el mismo lamento de los minutos que habían faltado para evitar unos fallecimientos aparentemente evitables.

Unos minutos vitales (o letales, según se mire) que, cuando hace tiempo que autovías y autopistas acabaron con las trampas de las carreteras convencionales, el Ministerio de Fomento ha decidido sumar a estos desplazamientos urgentes obligando a los vehículos sanitarios a hacer cola en los peajes como todo hijo de vecino para acreditar la emergencia del traslado. Un trámite que hasta esta ocurrencia del ministro Ábalos se solventaba sin demora mediante el sistema del telepeaje (el conocido como Via T) y que ahora, como sucedía en mi pueblo, puede marcar la diferencia entre seguir vivo o morir. Sólo que allí eso pasó hace muchos años.

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