Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

València es

Me hubiera gustado nacer en 1873, en la València del catedrático de Bellas Artes Pedro Barrientos, cuando hizo la proclamación oficial del Cantón valenciano en la plaza de la catedral, rebautizada como Plaza de la República Federal, y donde desfilaron 28 batallones de milicianos -sin armas- bajo el himno de La Marsellesa.

En vez de eso, nací cien años después, cuando la revolución social y las aspiraciones de la ciencia moderna y del progreso eran un eufemismo. De niño, mientras grababa en mi mente las imágenes que sólo se me revelarían, como lentas polaroids, años después, me hacía sin querer preguntas intensas. En una clase de ciencias naturales sobre los pulmones, cuando la profesora nos animó a profundizar sobre el tema, levanté la mano y pregunté ingenuamente: «¿Por qué respiramos?». Me valió tener que volver con mi madre para hablar en el despacho de la directora sobre mi comportamiento subversivo que cuestionaba la esencia misma de la vida. Otra vez, en el trabajo para el día de la madre, hice un retrato de ella que tuve que repetir hasta que estuvo a gusto de mi maestra. «Si le vas a hacer un regalo, no puedes pintar a tu madre gorda». Y yo no quería que mi progenitora pensara que al dibujarla estaba pintando a otra persona que no fuera ella, yo, que adoraba con naturalidad sus formas generosas y amables.

Comprendí enseguida que no se puede vivir al margen de la escolástica, sin participar en esos gimnasios donde a los niños se les ejercita para fortalecer su hipocresía. Libertad, fe, patria, democracia. Crecemos entre conceptos que se vuelven espurios, que no revisamos, que significan cosas que sus primeros inventores nunca tuvieron intención de decir y que se convierten en parte de nuestro idioma natural.

Cuando escuchamos las opiniones de los otros, no percibimos muchas veces que están trufadas de inexactitudes y lugares comunes donde uno puede verse en el mismo espejo de los demás para respirar satisfecho porque está bien informado. Pero uno sólo está bien informado cuando se hace preguntas. Las preguntas no son nunca tontas; sólo pueden ser tontas las respuestas. Hacer preguntas equivale a aprender a saber que, además de un intercambio químico de gases con el exterior, la respiración es un movimiento automático que se regula en el bulbo raquídeo, como la tos, el vómito y el estornudo, donde apenas puede intervenir nuestra voluntad.

El filósofo René Berthelot demostró que el error de conocer las cosas por la experiencia consiste en aplicar las mismas técnicas de pensamiento tanto a las cosas espirituales de nuestro interior como a las tangibles del exterior. En eso caemos cuando analizamos un tema no compuesto únicamente por elementos visibles al microscopio, sino al que le atribuimos la coexistencia de un alma.

Recuerdo asistir a aquellos temosos debates de València Vibrant sobre la imagen real de la «marca València». Sobre un sofá colocado sobre un estrado, los meritorios promotores culturales de la ciudad recitaban con eslóganes pasajeros lo que era para ellos nuestro concepto identitario global. Pero nadie se ponía de acuerdo sobre cuál de los tótems tribales definían mejor nuestra idiosincrasia y sus señas propias, ni si el lema patrio es «dos veces leal», «amunt València», «la tierra de la flores», «vergonya caballers», «això ho pague jo» o «per ofrenar». No comprender la diferencia entre la magnitud y la intensidad en los conceptos que usamos a diario -las más de las veces como arma arrojadiza- produce los pequeños roces que, como piedras colocadas en las vías del tren, hacen chocar a nuestros lingüistas, economistas, historiadores, políticos, artistas y gentes en general que desconocen que la identidad la perdimos el primer día que alguien de nuestra tribu dejó de lanzarle piedras en la cabeza a los neandertales.

Si añadimos la reverencia que se le hace a diario a las frases hechas, València es cualquier cosa que queramos que sea, más la que un «se» impersonal quiera presionar a que sea. En cuestiones de magnitud, somos ineludiblemente una ciudad de 789.004 habitantes, contando con usted, sobre una superficie de 134,6 km², de una intensidad poco variable, tendente hacia una histeria contenida que se desboca en grandes ocasiones sin causar cambios relevantes y a un sinuoso movimiento interior que se encomienda a Dios, a los genios maléficos, a la Fortuna y las recomendaciones de diversas bandas organizadas influyentes. Podemos medir más o menos cuál es el futuro de nuestra huerta, de sus aguas, o de sus habitantes, pero no su intensidad a base de palabras atómicas como «contexto» y «objetivos»; ni con opiniones comunes y locales sobre nuestra compleja personalidad, la bondad de los productos y la mediterraneidad de nuestras gentes; Ya Chamberlain dijo, hace años: «Quien en política exterior hace previsiones más allá de quince días, es un imbécil.» Y ¿qué quieren que se haga en València, ni en ninguna otra parte civilizada del mundo, si todo lo que tenemos en el plano real, desde lo inmobiliario a las naranjas, forma ya parte global de la libre, inconmensurable e indefinible política exterior? Lo que no se define, no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre. Lo dijo el físico británico William Thomson Kelvin. Antes que nada, definamos en todos sus parámetros qué ha sido y qué es ahora cada cosa que creemos propia. En este siglo, por reacción a los hábitos mentales de las pasadas décadas, se invierte el razonamiento de nuestros distantes padres. Un terraplanista se negó a mirar el telescopio de Galileo; otros negaron los transgénicos, contra los dictados de Mendel; se han evitado las vacunas en el colegio, obligando a todas las jóvenes generaciones a lidiar con el sarampión; la calle huele a orina como en la Edad Media. Eso ya se hacía en el pasado, contra la gran enemiga, la Ciencia. Hoy, además, se recurre a todas las mentiras de la pseudo-ciencia y de la pseudo-ética para negar la verdad y la belleza del espíritu. Y al bulbo raquídeo se le sigue olvidando para decir que respiramos por amor a Conchita, o porque nuestra propia esencia, intangible, improbable y valenciana, nos inspira a ello.

Compartir el artículo

stats