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Camilo Sesto, el último emperador del pop romántico

A principios de la década de los setenta del siglo XX la voz potente de Camilo Sesto anunciaba la reconquista del pop romántico en los hits musicales españoles. Otro cantante valenciano, Nino Bravo, hacía otro tanto en esta cruzada melódica. Paradójicamente, tanto como uno, Camilo, como el otro, Nino, habían hecho sus primeras armas y aprendizaje musical en la explosión de los grupos de «música moderna», en el rock, que la Beatlemania había desatado urbi et orbi. Los ídolos ye-ye eran cosa del pasado y el nuevo neoromanticismo que parece abrazar la década de los setenta bajo el fenómeno cinematográfico-y literario- de Love Story acoge con entusiasmo el canto apasionado del cantante-creador, «algo de mí, algo de mí, se va muriendo, quiero vivir, quiero vivir». Por supuesto la canción, Algo de mí, hizo diana y la música pop española ya contaba con su príncipe melódico: Un joven cantante, en el que parecía ir a contracorriente su aspecto frágil y rostro aniñado con su voz potente y sensual. En medio de una década convulsa, con los cantautores poniendo a punto sus acordes críticos, Camilo Sesto se hizo un hueco en la primera linea musical. A su favor, que podía enamorar y seducir tanto a las hijas quinceañeras como a sus madres. O abuelas. Un cantante lo suficientemente familiar para cerrar los shows televisivos del sábado noche. A su lado, Raphael- y todavía sin explotar Julio Iglesias- parecía un cantante en blanco y negro de aquella televisión a punto de bendecir el color.

Durante varias décadas las canciones de Camilo Sesto han servido para celebrar bautizos, el primer, segundo o tercer amor, bodas y hasta algún funeral. Un público que se les ha cortado a su medida y momento sus canciones. En ese círculo selecto de cantantes y canciones prêt-á-porter, las melodías de Camilo Sesto ya forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones a uno y otro lado del Atlántico. No es extraño que cuando el boom de los karaokes, sus temas sean de los más solicitados en las veladas musicales. Si la denominación mainstream busca un excelente acomodo, este sin duda es en la figura de Camilo Sesto. Esta proyección popular, como no podía ser de otro modo, producirá cierta «prevencionitis» por parte de determinada crítica y círculos- nada nuevo bajo el sol- que al cabo de los años han acabado reconociendo el punch musical del cantante alcoyano. Los placeres culpables. El mismo Camilo sorprenderá a todos, cuando en el otoño de 1975, con el dictador agonizando, se suba a los escenarios para protagonizar con éxito el musical Jesucristo Superstar- con aviso de bomba por parte de la extrema derecha-, subiendo el listón interpretativo y artístico. No volverá a subirse al escenario, aunque el proyecto de una versión española de El fantasma de la ópera correrá intermitentemente durante un tiempo.

Con la muerte de Camilo Sesto desaparece una de las figuras claves de la edad de oro del pop español, esos años que van desde la década de los setenta a los primeros ochenta. La relectura de sus canciones por parte de las nuevas generaciones pone de relieve la permanencia de su obra musical. Su figura internacional, mucho antes que Julio Iglesias entonará su «Hey», llenando teatros y grandes escenarios de Nueva York, Los Ángeles, Méjico o Santiago de Chile, le acreditan en ese cuadro de honor de las grandes voces latinas del siglo XX.

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