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El lápiz de la luna

Timo nigeriano

Hace unos meses me regalaron un teléfono móvil porque al mío se le rompió la pantalla. No es una buena decisión ponerlo en el techo del coche para sacar algo del maletero cuando tu coche tiene forma de huevo. Ante mi desconcierto -trabajo mucho con el móvil y prescindir de él me suponía una faena- me regalaron uno fantástico de última generación. Pero claro, no era mi móvil -ya sé, he de trabajarme el apego- así que al mes arreglé la pantalla y volví a usar el mío. Varias personas de mi entorno me instaron a que pusiese el smartphone en una página de segunda mano y lo vendiese. Yo nunca había comprado -y mucho menos vendido- a través de ese tipo de portales pero me pareció una idea sensata. ¿Para qué iba a tener un móvil nuevo dentro de una caja si podía sacarle rentabilidad? Me descargué tres aplicaciones: Mil anuncios, Wallapop y Vibbo. Seguí los pasos: me creé una cuenta, subí fotos del producto, una breve descripción y lo publiqué. En menos de una hora tenía mensajes en las tres aplicaciones. Estaba tan contenta de poder concluir aquel proceso en el menor tiempo posible que me puse a contestar a los mensajes. La primera interesada era una señora que quería regalarle el teléfono a su marido. No me preguntó si estaba en buen estado, por qué lo vendía, ni intentó regatear el precio. Me pidió el número de cuenta y el correo electrónico para hacerme la transferencia ese mismo día. Yo seguía muy extrañada. ¿Quién paga por adelantado con tanta alegría sin preguntar? La mujer insistía, quería que le enviase los datos con rapidez y, lo que más me mosqueó, fue que me pidiera la dirección de email para, según ella, «completar la transacción». ¿Completar la transacción? Yo me debatía entre el «No seas desconfiada» y el «te van a tomar el pelo, querida». Así que guiada por mi instinto, que de paso he descubierto que si le hiciera caso me iría mejor, le dije que sí, que estaba buscando mi número de cuenta pero que mientras me diera ella los datos de envío porque tenía muy cerca de casa una oficina de Correos y podía enviarle el terminal esa misma tarde. No tardó ni medio minuto en facilitarme la dirección: Nombre: Adeoti Leke. Dirección: 25 Universidad de Colegio. U.I. Ciudad: Ibadan. Estado Oyo. País: Nigeria. ¿Nigeria? La mujer insistía en que ella correría con los gastos de envío, todo muy rápido, todo muy fácil, todo muy extraño. Así que puse la dirección que la señora me facilitó en internet y ¡bingo!, me encuentro con más de diez entradas todas bajo el título: «Timo nigeriano en segunda mano». El corazón se me encogió, luego recordé que no le había facilitado ningún dato y volvió a su estado natural. ¿En serio? ¿Había estado a punto de que me vaciaran la cuenta? Leí algunos de los testimonios y eran verdaderamente tristes. Pero la cosa no acabó aquí. La historia se repitió en las otras dos aplicaciones, obviamente ya me conocía las reglas del juego y no entré al trapo, pero tuve que bloquear seis cuentas con la misma cantaleta. He cancelado la venta del teléfono y he desinstalado las tres aplicaciones. Esa tarde descubrí que no estoy hecha para emociones tan fuertes. Eso sí, aunque nadie escarmienta en cabeza ajena, sean precavidos, los timadores andan siempre al acecho.

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