16 de septiembre de 2019
16.09.2019

Lecciones de las inundaciones

16.09.2019 | 19:48
Lecciones de las inundaciones

La DANA de los pasados días ha causado importantes daños personales y materiales tanto en las comarcas centrales como en la Vega Baja del Segura que ponen en evidencia deficiencias de planificación y comportamiento ciudadano, pero también que disponemos de unos mecanismos de respuesta a emergencias altamente profesionalizados. La primera reflexión es que en toda la costa Mediterránea se suceden largos períodos de sequías con intensas precipitaciones en línea con lo que decía Raimon «al meu país la plutja no sap ploure». Por ello tampoco debemos de olvidar que un episodio de lluvias intensas tras muchos meses secos es de entrada necesario y bienvenido. El escenario alternativo era sin duda mucho peor. En ningún lugar del Planeta tan lejos del Ecuador se producen precipitaciones tan cuantiosas en 24 horas. A todo ello se suma el cambio climático que exacerba nuestro ya de por sí peculiar patrón de precipitaciones. La respuesta por tanto debe partir de reconocer que el agua es un recurso vital y valioso y que hay que tratara como tal y no como una amenaza, aunque su falta de gestión adecuada pueda acarrear peligros importantes.

La respuesta inteligente debe enmarcarse en la prevención y reducción de desastres internacionalmente acordada como el marco de Hyogo o la Conferencia de Sendai. Vivimos en un territorio con dos riesgos importantes – incendios e inundaciones – y toda la población debe tener unos mínimos conocimientos de cómo responder a ellos. Con ello podremos reducir el número de víctimas y las situaciones angustiosas y peligrosas como ponen de manifiesto el riesgo en que incurrieron quienes grabaron más de un video o fotos circulados estos días. La seguridad de las personas tiene que ser la prioridad absoluta y la autoprotección necesaria para evitar la distracción de los medios humanos que intervienen en una situación de este tipo.

Abordar el problema de fondo requiere analizar el ciclo del agua en su conjunto. Como en una cadena, se romperá por su eslabón más débil. El agua con mayor riesgo por velocidad y posibilidades de retención es la que se precipita sobre las montañas. Por ello el estado de los terrenos forestales es clave. En las comarcas centrales donde ocupan un porcentaje mucho más elevado que en la Vega Baja, su estado no es óptimo por los reiterados incendios que han padecido sobre todo en los 70, 80 y 90s. En unos lugares por reincidencia no hay cubierta arbórea, en muchos pinares jóvenes hiperdensos, pocos pinares adultos y mucha superficie de matorral, en pocos casos de densidad óptima. Una gestión forestal continuada e integradora de su función hidrológica podría haber contribuido de forma clave a que un porcentaje mucho mayor de la precipitación se infiltrase en los acuíferos recargándolos y evitar así flujos intensos y cargados de sólidos en suspensión (barro). Resulta substantivo aquí recuperar los trabajos que en su día hizo el ICONA en los 70 y 80s de corregir hidrológicamente los barrancos con muros y pequeños diques que retuviesen la escorrentía y los sólidos actuando también en terrenos privados mediante mecanismos similares a las ZAU realizadas para prevenir incendios.

Estas medidas serían todavía más importantes en la Vega Baja donde la vegetación arbórea está en el límite por su clima extremo. La Diputació d'Alacant ha venido realizando interesantísimos trabajos de restauración hidrológica-forestal generando microcuencas que además de retener el agua, favorecerían el desarrollo de los árboles y arbustos implantados. Hay que recordar dos de las claves funciones del arbolado: romper capas impermeables mediante sus raíces que ayuden a la infiltración del agua y generar una capa de humus que evite las costras impermeables típicas de los suelos calcáreos. En el ámbito de los terrenos agrícolas tenemos un problema por abandono de un lado y, de otro, pérdida de los bancales tradicionales que suponían una excelente protección frente a episodios como este. Recuperarlos y abordar la escorrentía en las zonas de cultivos intensivos resulta perentorio.

Nuestro sistema de embalses siendo suficiente en términos generales adolece de limitaciones, especialmente por el desplazamiento creciente de las precipitaciones a las zonas más próximas a la costa. Necesitaríamos de un considerable número de pequeñas presas que retuviesen en las zonas de mayor pluviometría –p. e. SE València, NE de Alacant o NW d Castelló- el agua a la mayor cota posible sea su destino su uso agrícola, aunque fuera a pequeña escala o complementariamente o para su infiltración así como reducción de avenidas. También hemos de identificar áreas inundables, sean húmedas o agrícolas que puedan funcionar como aliviaderos y recargar acuíferos en caso de grandes avenidas. Obviamente deberían compensarse los daños generados a los agricultores, pero su coste será una fracción de las alternativas (aljibes subterráneos o mayor inundación).

En las zonas urbanas, muy extensas en la Vega Baja, no hemos considerado adecuadamente dos cuestiones, liberar las zonas inundables y dar a los cauces el espacio necesario de un lado y, de otro, reducir al máximo la escorrentía. Si tenemos en cuenta los patrones de precipitación intensa de nuestras zonas costeras es irresponsable el grado de sellado de los suelos que hemos practicado. En el uso del espacio público o parkings al aire libre hay que invertir el concepto y sellar solo lo absolutamente imprescindible. Además, al no separar pluviales de aguas residuales toda la inversión realizada en depuradoras se va al traste en esos episodios cuando hemos de liberar las aguas sin depurar a los cauces por puntas de fluido que superan la capacidad de las depuradoras. Separar pluviales, al menos en obra nueva y rehabilitación más espacios públicos es urgente. Tampoco hace falta enterrar las pluviales que se pueden integrar como canales o acequias abiertas en el entramado urbano, en parte reconstruyendo lo que hubo antaño manteniendo un caudal mínimo permanente.

Los cauces además de tener las dimensiones necesarias deben estar libres de construcciones que impidan el fluido y dotados de vegetación de ribera tratada óptimamente para conjugar la conveniente retención de los fluidos y sólidos en suspensión, acelerar la infiltración y recuperar la biodiversidad y el paisaje sin aportar demasiados arrastres que puedan causar tapones en los ojos de los puentes. El predominio incontrolado de la caña oriunda de México generar muchísima biomasa que es fácilmente arrastrada por las aguas sin que aporte las ventajas de la vegetación de ribera además de su alta inflamabilidad en invierno. Es urgente sustituirla por vegetación de ribera bien diseñada y gestionada.

Finalmente hemos de recapacitar si el presente modelo territorial de desplazamiento de la población y la actividad económica a la costa es sostenible al ocupar grandes extensiones con riesgos importantes de inundación que se ve exacerbado por el sellado implícito del suelo que comporta cuando a pocos km hacia el interior se dispone de amplios territorios infrautilizados. El agua no hace sino poner en evidencia problemas subyacentes que vienen apareciendo en otros debates (incendios, despoblación) y cuya resolución nunca será satisfactoria si meramente nos centramos en los síntomas. Hemos de entender perentorio para su resolución reequilibrar el territorio a la vez de utilizamos con mucha mayor determinación la ingeniería verde en nuestras infraestructuras.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook