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Saben pactar... en negativo

Flota un amplio sentimiento de cabreo. Tras haber votado en primavera tres veces (en muchas comunidades autónomas cuatro), ahora se tendrán que repetir las elecciones generales. Y además estaremos con un gobierno en funciones cuando la OCDE prevé el menor crecimiento mundial de los últimos años. Y cuando el gobernador de un banco central asiático dice que el mayor peligro para la economía mundial es Trump, el líder más poderoso de la tierra. ¿Añadimos el miedo a un brexit sin acuerdo que zarandearía a Europa?

Quizás por eso Xavier Sardá escribió en El Periódico de Catalunya que si se repetían las elecciones no iría a votar. Pero luego ya ha dicho en La Sexta que sólo era una modesta presión. Y en la encuesta diaria de Josep Cuní y El Periódico, una gran mayoría afirmó el viernes que acudiría a las urnas. Pero la abstención puede subir. ¿A quién perjudicará más?

¿Por qué hemos llegado al absurdo de cuatro elecciones en cuatro años? He escrito que a los políticos actuales les falta capacidad de pacto. Y Pedro Sánchez tiene su cuota-parte de culpa. Su deber era formar gobierno y no lo ha hecho. El viernes se explicó en La Sexta, pero hay un preocupante ruido de fondo. Los líderes de hoy carecen de capacidad de pacto en positivo. Para construir. Pero sí saben -y bien- pactar el derribo de algo, con o sin razón. O, más grave, bloquear sin ningún otro miramiento la acción política. Y pactar sólo a la contra genera problemas.

La moción de censura de Sánchez fue un pacto en negativo para derribar a Mariano Rajoy, pero tuvo un motivo (la sentencia de la Gürtel) y, más relevante, no alteró la vida política porque al día siguiente Sánchez tomó posesión con todos los efectos. El fracaso de la investidura es fruto de la dificultad del pacto en positivo y también de los pactos (no explícitos) en negativo. Sánchez no fue elegido en julio por la coincidencia entre los tres partidos de la derecha, que votaron no, y Podemos, que se abstuvo. Se bloqueó su investidura y se le dejó a merced de Pablo Iglesias: o el líder del PSOE tragaba el gobierno de coalición, con vicepresidencia incluida, sobre el que no hubo acuerdo en julio -y con algún añadido más-, o había que repetir elecciones, paralizar el país hasta Navidades e irritar a la ciudadanía. ¿Hubo chantaje con base en un pacto tácito en negativo?

Ahora afirmarán que Sánchez no ha sabido articular una mayoría. Tienen razón. Y Sánchez argumenta que ya sería presidente de haber aceptado las condiciones impuestas por Iglesias, sólo sostenibles por la coincidencia en el no de la derecha y Podemos. Los dos bandos tienen razón. Sánchez no ha sabido pactar y PP, Cs, Vox y UP han elegido el bloqueo. Sánchez argumenta que ofreció a Podemos una coalición con vicepresidencia que Iglesias rechazó, que un gobierno con dos cabezas no podría durar mucho y no sería eficaz, y que hay diferencias sustanciales que hacen muy difícil un gobierno conjunto, pero sí permitían un acuerdo de legislatura.

Las diferencias están ahí. La gestión de la espinosa sentencia del Supremo sobre los políticos independentistas y la cuestión catalana son asuntos complejos. Sostener que hay que desinflamar para luego negociar un autogobierno que satisfaga a las dos terceras partes de los catalanes es muy distinto a apoyar un binario referéndum de autodeterminación. Y en política europea, Podemos no ha aclarado si estaba con Tsipras, que asumió la política necesaria para tener acceso a los indispensables créditos del BCE (y ha perdido las elecciones, pero tiene futuro), o con Varoufakis, que apostó por una rebelión griega contra Alemania y el BCE a riesgo de tener que salir del euro. Y el euro no es algo lateral, sino sustancial. No hablemos de Venezuela, donde parece que el empleo va bastante peor que aquí.

Que Pedro Sánchez afirmara que no podría dormir tranquilo con un gobierno con Podemos en los ministerios exigidos, es un dardo efectista y algo brutal, pero no deja de tener su fundamento. Ya estamos en campaña. El presidente del Gobierno ha decidido correr un alto riesgo. Quizás el pacto negativo en su contra no le ha dejado otro camino si quería ser un presidente con los poderes necesarios en una coyuntura nada fácil. Pero si su objetivo -ahora ya sin posible marcha atrás- es incrementar su mayoría para gobernar con coherencia precisará ser más convincente que durante el verano y dejar claro -sin ofender- que gobernar un Estado exige un mayor grado de coherencia que el pacto en una autonomía o en un ayuntamiento, aunque sea tan relevante como el de Barcelona.

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