23 de septiembre de 2019
23.09.2019

Cui Prodest

23.09.2019 | 19:36
Cui Prodest

Negar la violencia de género obedece a un tipo de rearme ideológico masculino con el que se pretende desactivar el avance del feminismo y obstruir el camino hacia la igualdad. Todo ocurrió delante de los medios de comunicación que grabaron y difundieron el rifirrafe que se produjo entre dos políticos ante una pancarta que negaba este tipo específico de violencia. Fue el jueves 19 de septiembre, a las puertas del Ayuntamiento de Madrid, solo un día antes de la convocatoria estatal #20S noche violeta. Una concentración que impulsaron más de setenta organizaciones feministas ante el repunte de la violencia machista, tras un verano especialmente trágico en nuestro país. La convocatoria no buscaba solo condenar la violencia contra las mujeres, que en efecto es algo condenable, sino tomar conciencia de su existencia y de la emergencia de aplicar medidas mayores para erradicarla. Las cifras lo demuestran con total crudeza.

Se equivocan, pues, quienes piensan que la violencia machista es algo inexistente o de épocas pasadas. Lo constató ya la Organización Mundial de la Salud en 1996, después de comprobar estadísticamente el aumento de la incidencia de lesiones intencionales que afectaban a mujeres y niñas de todas las edades y de todos los países. Precisamente fue la OMS la que adoptó la definición de violencia contra las mujeres para declararla un problema de Estado y de salud pública a fin de desarrollar programas de salud preventivos. Por eso, a estas alturas del milenio, abrir un debate negacionista sobre la violencia de género indica tanto ignorancia como irresponsabilidad y más si lo plantea la clase política.

¿De dónde viene ese afán de negar lo evidente y no querer llamar a las cosas por su nombre?. Especialistas en igualdad se han apresurado en responder estas preguntas dirigiéndose a ambos políticos que protagonizaron la escena del rifirrafe. Sin embargo estos ni siquiera se darán por aludidos. Lo más probable es que MILPEUSsabiéndolo, no lo quieran reconocer. No interesa cambiar los mecanismos de control social sobre las mujeres al servicio del patriarcado. De hecho el discurso que niega la violencia machista contiene una carga ideológica importante. Es más, forma parte de la visión interesada de la realidad del grupo social que tiene intención de dominar. De ahí que la ideología sea el conjunto de ideas, imágenes y valoraciones condicionadas histórica y culturalmente, que utiliza la sociedad para justificar su propio mundo. Y dado que el poder se ha perpetuado en masculino, es lógico que si ve tambalear su hegemonía se aplique en combatirlo, creando incluso para ello el término falaz de «ideología de género» con el que invierte el sistema masculino de dominio patriarcal.

Por este motivo, parafraseando a Séneca en la tragedia Medea, quizá convenga preguntarse Cui prodest: ¿a quién beneficia o quién saca ventaja en negar lo evidente?. Es lo que ocurre en las series policíacas ante un asesinato. La primera cuestión que se plantea es saber quién saca beneficio o ventaja del delito cometido. En estos casos es útil saber si la víctima deja una herencia sustanciosa o una póliza de seguro cuantiosa. De este modo, hechas las pesquisas pertinentes, se resuelve pronto el crimen. Pero lo que ocurre a nivel penal, también vale a nivel político y puede servirnos de brújula para orientarnos y esclarecer el asunto. De ahí que quepa preguntarnos qué grupo social se beneficia de negar un tipo de violencia específica que se ejerce sobre las mujeres en razón de su sexo y por el hecho de ser mujer.

Como se sabe, dentro del paradigma patriarcal, las virtudes que les corresponden a las mujeres son la abnegación, la entrega, la obediencia incondicional y la paciencia hacia los hombres a quienes han de ver y sentir como sus superiores. No hace falta ahondar mucho para descubrir que la herencia que está en juego en el patriarcado, es la situación ventajosa que detentan los hombres frente a las mujeres. Y tampoco hay que dar muchas vueltas para que salte a la vista que las víctimas tienen nombre de mujer. Son las mujeres las que mueren asesinadas y junto a ellas en muchas ocasiones su propia familia.

No ocurre al revés, no son los hombres quienes mueren asesinados, demostrándose así las desiguales relaciones de poder entre los sexos que aún existen en la sociedad. Por este motivo, por más que sigan en el empeño de negarlo, la realidad de las víctimas no puede desmentir que la violencia de género es el tipo de violencia más generalizado que existe en el mundo. Por eso mismo, a los representantes políticos hay que exigirles que tengan claro que la violencia contra las mujeres no es un tipo de violencia que pueda entenderse como si fuese un mero conflicto privado, intrafamiliar o doméstico. Se trata de una violencia estructural y sistémica. Se trata de un problema de Estado y de salud pública y quienes no lo reconocen así, no plantean bien el problema en términos políticos y están lejos de solucionarlo.

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