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Jorge Dezcallar

Argentina, al borde del abismo

De nuevo y ya es el cuento de nunca acabar. A mediados del siglo XIX el patriota cubano José Martí se preguntaba cuál sería la gran potencia americana del siglo XX y dudaba entre los Estados Unidos y Argentina. Se ve que era mejor como poeta que como profeta. Un buen amigo, embajador de la República Argentina, me decía un día que el problema no era el país sino sus habitantes, "veinticinco millones de boludos ", y ante mi protesta escandalizada se apresuraba a añadir que él se incluía entre ellos, añadiendo que la Biblioteca Nacional de Buenos Aires "tiene más empleados que libros, les llaman los ñoquis". Los ñoquis son una pasta barata que la gente come a fin de mes cuando ya no queda dinero para otra cosa "y a ellos les llaman así porque solo se les ve a fin de mes, cuando se acercan para cobrar".

A Borges no le gustaba nada el peronismo, ese movimiento heredero de un caudillismo personal que se ha abierto camino hasta el siglo XXI y que constituye un auténtico enigma pues abarca en su seno desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, pasando por el centro. Allí cabe todo. Un enigma en todo caso inevitable porque siempre acaba regresando. Por ejemplo, en este mismo momento el peronismo se encuentra en las dos candidaturas que se enfrentarán el próximo 27 de octubre. Si por un lado son peronistas Alberto Fernández y Cristina Fernández (de Kirchner), de la alianza "Frente de Todos", también lo es Miguel Pichetto, candidato a la vicepresidencia con Mauricio Macri en la coalición rival de "Juntos por el Cambio", que ha sido estrepitosamente derrotada en las primarias del pasado 11 de agosto (solo el 33% de los votos frente al 49% de sus rivales), dejándoles prácticamente sin opciones de futuro. Sea como fuere, allí todos son peronistas. O casi todos.

Menos Macri, que en 2005 ganó la presidencia a otro peronista, Daniel Scioli, y heredó un país lleno de problemas por falta de crecimiento, inflación, depreciación del peso, pobreza e incapacidad para pagar las deudas. Y no lo supo arreglar porque la realidad es que los problemas vienen de muy atrás, cuando la cabaña agropecuaria fue incapaz de competir con las de Australia o Nueva Zelanda y los tejidos sintéticos sustituyeron al cuero y a la lana tras la Segunda Guerra Mundial. La última crisis, en 2001, impuso un férreo corralito que restringió la capacidad de los argentinos de disponer de su propio dinero. Y ahora Argentina vuelve a estar al borde del colapso financiero. El día siguiente de las primarias la Bolsa cayó un 72% y el peso, que hace un año se cotizaba a 30 por dólar se desplomó hasta pagarse 60 pesos por cada dólar mientras la inflación interanual subía hasta el 50%. El candidato Alberto Fernández lo resumió diciendo al "Wall Street Journal" que Argentina está en "suspensión de pagos virtual", una situación que exigiría que Macri y Fernández dejaran atrás rivalidades y juntaran fuerzas para sacar al país del abismo hacia el que va. Pero el sistema político es perverso porque lo impide al obligarles a ambos a mantener su enfrentamiento con vistas a las elecciones del 27 de octubre y porque, por si fuera poco, el presidente que resulte electo no tomará posesión hasta el 10 de diciembre, prolongando aún más esta situación de parálisis que ya hoy es insostenible. El FMI concedió el año pasado a Argentina un préstamo de 57.000 millones de dólares, el mayor de su historia, que ahora Buenos Aires no podrá devolver en los plazos acordados mientras el país se ve nuevamente abocado a un sistema de control de cambios y a restricciones para el acceso a dólares, algo que resulta dolorosamente familiar a los argentinos.

Quedan muchas incógnitas en cuanto al futuro, comenzando por el nombre del presidente, aunque Alberto Fernández parezca tener todas las papeletas en su mano. No se sabe a qué va a jugar Cristina Fernández de Kirchner en su papel de vicepresidenta: ¿Se ceñirá a su papel institucional o tratará de mangonear a un presidente que fue su jefe de gabinete? ¿Será el nuevo equipo respetuoso con la división de poderes, incluso cuando la Justicia trate de casos de corrupción que están en la mente de todos? ¿Qué políticas económicas adoptará? Argentina es un gran país que nos es muy cercano y que está lleno de gente buena y trabajadora que ve otra vez el esfuerzo de toda una vida reducido a la nada, un país donde el 30% de la población vive en la pobreza y un 10% sufre hambre, un país que necesita reformas muy profundas frustradas por los intereses clientelistas de una clase política que se mira el ombligo y entre la que la corrupción no está ausente. Un país, en definitiva, bendito por la naturaleza y por la geografía pero que merece mejores políticos.

A España le toca muy de cerca cuánto allí ocurre por muchas razones. Nuestras inversiones alcanzaron casi los 10.000 millones de dólares en 2001 pero se redujeron a la mitad tras la expropiación en 2012 de YPF a Repsol, que puso de relieve lo descriptible que allí puede ser la seguridad jurídica. Aún así todavía somos el segundo inversor, solo detrás de los EE UU, con un stock acumulado de casi 6.000 millones de dólares en el que participan las principales empresas del Ibex y que explica que cuando Argentina se resfría nosotros estornudemos y que hace que nada de cuanto allí ocurre pueda sernos indiferente. Y eso al margen del parentesco.

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