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Matías Vallés

La primera condena a Franco

A falta de haberlo derrocado o incluso eliminado físicamente, la izquierda obtiene la victoria moral de haber enterrado a Franco dos veces. Domiciliará sus restos en una residencia ultraterrena más modesta, enésima víctima de la crisis. La familia del Generalitísimo arriesgó la leyenda del abuelo al encomendarse al Supremo, en la confianza de una sintonía que corresponde explicar a la institución. La maniobra frustrada se salda con la primera condena sosegada al dictador, en una sentencia que se aleja de las medidas cautelares que aplazaron el traslado de la momia, con fuerte aroma reaccionario. Como dijo el franquista Dalí, lo mínimo que se le puede exigir a una estatua es que no se mueva.

Es ridículo que un simple traslado de restos, corruptos o incorruptibles según el bando, haya merecido la intromisión del Supremo. Al margen de su sentido, el pronunciamiento también decreta la minoría de edad ciudadana, una condena a perpetuidad. El Tribunal ha tenido la astucia orfebre de labrar un voto sin fisuras, la unanimidad puede interpretarse como otro augurio sobre la dureza de la sentencia del procés en otra sala y Sala.

Sánchez no ha ganado las elecciones en el Valle de los Caídos, denominación que ha estado a punto de engrosar. Ahora bien, ha recibido un espaldarazo que lo devuelve a la pole position de las próximas generales. Un postmoderno tiene derecho a escandalizarse de que el tirano siga dirigiendo el ceremonial medio siglo después de su primera extinción, pero el PSOE obtiene un rédito abultado con una inversión mínima, muy lejana a las grandes conquistas sociales que hilvanó el infravalorado Zapatero. Los seis votos del Supremo se multiplicarán miles de veces. Por unos días se olvidará que Franco murió en la cama, que diseñó su sucesión y que pueden montarse partidos con su nombre. Que ganan escaños, al margen de la ubicación de las cenizas.

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