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Al azar

Amenábar pacifica a un Unamuno de Wikipedia

Hablaba Robert Graves del “mar incomunicable”. Don Miguel de Unamuno sería entonces el filósofo incontenible, y ninguna película puede aspirar a abarcarlo. Esta limitación de partida no afecta a Alejandro Amenábar, que ni siquiera se ha tomado la molestia de una documentación suficiente para enfrentarse a dos de los personajes más característicos de la España contemporánea, el filósofo y Francisco Franco.

El desastre de Mientras dure la guerra no alcanza a la dimensión de la contienda en que se inspira, pero suscita algún comentario. Puede deberse a que ningún cineasta que haya trabajado para Hollywood debiera atreverse con la Guerra Civil, según demostraba Por quién doblan las campanas. Sin olvidar la pretenciosidad de Amenábar, que pretende resolver los traumas actuales de su país mirando por el retrovisor. Se parece demasiado a los articulistas que se remontan a los años treinta a la mínima oportunidad, salvo que el director carece de la solvencia intelectual para afrontar la mudanza de década.

Mientras dure la guerra es cine español en el peor sentido de la expresión, una inducción al aburrimiento desde una presunta exaltación de los valores de la convivencia cotidiana. La citada categoría puede soportar otra película deprimente, pero los devotos de Unamuno tienen derecho a sentirse agraviados por el maltrato a su tótem. Amenábar y sus defensores quieren transformar al filósofo en un pacificador, cuando su pensamiento espasmódico no encarna la anhelada tercera vía, sino la liquidación de todos los caminos con la virulencia de un dinamitero.

Como mínimo, se debería haber argumentado la domesticación de un Unamuno más andarín que andariego, reducido a un niño travieso que no puede dejar de preguntar, más irascible que Greta Thunberg. En cambio, el armazón de la película se remite a un filósofo de Wikipedia, con Karra Elejalde menos preocupado por encarnar al mito que por olvidar su papel en Ocho apellidos vascos. El resultado es tan deprimente que Mientras dure la guerra consigue que Franco caiga más simpático que el rector de Salamanca. Buena parte de esta inversión de los aprecios se debe a la excelente interpretación de Millán Astray a cargo de Eduard Fernández, el nuevo Juan Diego.

Unamuno y Ortega son los pensadores españoles del siglo XX que han dejado una mínima secuela internacional. Los maestros mundiales en la investigación de la conciencia repican el “existo, luego pienso” como base de sus estudios. El personaje de Mientras dure la guerra no ejecuta ninguno de esos dos verbos.

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