Desde antes de darse la sentencia sabíamos que se preparaba una respuesta. Sólo la absolución se consideraba pertinente por los políticos independentistas con representación en el Govern. Así que el Gobierno del estado tenía hechos los deberes y había estudiado a qué problemas se tendría que enfrentar.

Desde el pasado lunes- lo del domingo fue un ensayo en la Estació de Sants- vivimos el despliegue de las masas en diversos puntos de las ciudades importantes de Cataluña. Era lo esperado. Lo del aeropuerto del Prat y lo del AVE estaba cantado porque era la imagen buscada para que saliera en los telediarios del mundo global y en las portadas de los medios impresos. Si afecta a vuelos internacionales y a extranjero, la protesta llega más rápido y cumple su objetivo. Es más contundente.

Por supuesto nada es fruto de la coincidencia ni de la espontaneidad. Se juega con los sentimientos, a flor de piel, pero el guiso ha sido recalentado desde hace tiempo, no diré desde hace dos años, sino desde antes del 1-O. Las entidades cívicas que prepararon las grandes manifestaciones, como ANC y Omnium Cultural tienen medios, canales y fuerza suficiente. Si los CDR son menos en número no diré que no estén más lanzados ni que puedan ser más duros de pelar. Habían demostrado su capacidad de movilización desde hace tiempo, cuando salieron con la estelada y reunieron cientos de miles, y también hace poco al celebrar el segundo aniversario del intento de llevar a cabo un referéndum ilegal a todas luces. Desde aquel momento al instante efímero de la declaración unilateral de independencia seguían una escaleta calculada al milímetro-no sin tensiones entre las diversas fuerzas, grupos políticos y líderes- y cumplían así «un mandato» dicen y repiten todavía hoy.

Desde el momento en que Artur Mas se puso en marcha tras las masas que se habían conformado la dinámica ha ido a más, por una inercia y su retroalimentación. De cómo el president se dejó llevar o debido a la crisis de CiU no le dejaba otra salida y luego tras su paso a un lado y la entrada en escena de Puigdemont, y la creación de Junts pel si, todo ha sido un programa llevado en la cresta de la ola. Un amigo sociólogo y fino observador, señala que todo este movimiento es una reacción a la globalización que en Cataluña tomó el color del independentismo y la bandera de la República Catalana. Tiene por tanto mucho que ver con el populismo.

Por lo ocurrido hasta hoy los objetivos están marcados, como el calendario, y todo ha sido analizado de antemano y cada parte conoce su papel, porque ha de ir paso a paso para calentar la caldera en la que se cueza la sociedad y aumente la tensión (la difusión de imágenes, las declaraciones, tan emocionales, añaden salsa, pero han de intentar mantener en vilo a los partidarios, lo más unidos posible). Hay previstos un pleno en el Parlament, ese día se verá un despliegue mayor, y luego una manifestación de las grandes, sino la mayor, es esperable, todo habrá colaborado a caldear los ánimos en el sentido de «todos a la calle».

La teoría sobre los movimientos de masa estaba de sobra servida y la práctica la ha llevado todo lo lejos que ha podido (de ahi la condena del Supremo, benigna según algunos, una venganza según sus partidarios). Todo subirá como un souflé e ignoramos hasta dónde llegará, cuál será la intensidad, el daño, y por tanto la respuesta estatal, proporcionada, legal y correspondiente. El tsunami va a calentarse bastante.